
A los animales, e incluso a las cosas, se los llega a coger cariño. Se de familiares y amigos que han llorado la pérdida de un perro o un gato con tanta intensidad y verosimilitud como si fuera de la familia (no me atrevo a poner el nivel más alto). La devoción a algunos objetos, que mantenemos durante décadas como recuerdo de quién sabe qué situaciones, es también conocida.
Reconozco, arrojándome la primera piedra, que soy incapaz de desprenderme, por ejemplo, de las decenas de libretas en las que, por inveterada costumbre, fui anotando durante años, apuntes de conferencias, conversaciones telefónicas, notas de las reuniones en las que participé.
Federico era un pollo. No recuerdo cuando apareció en nuestra vida familiar, en uno de los veranos que pasábamos en el pueblo. Supongo que habría sido adquirido junto a otras decenas de pollitos destinados a mejorar el sabor del arroz, cuando hubieran adquirido el tamaño suficiente para alcanzar la categoría de pollo tomatero.
La peculiaridad de Federico consistía en que acudía cuando lo llamábamos. No importa lo lejos que estuviéramos de lugar en donde sus compañeros engordaban ciegamente, a base de maíz, harina de trigo y gusanos que recogían del recinto de gallinero, si alguien gritaba: «¡Federico!», al poco rato acudía presto, moviendo sus alas para impulsarse con aún mayor rapidez.
Para los niños de la casa, aquel pollo era un juguete especial, con el que hacíamos las inevitables pruebas de confirmación del fenómeno. Si estábamos en el jardín, y Federico se encontraba (porque así lo habíamos dispuesto) en la azotea, el animal, al instante de ser invocado, se lanzaba con arrojo propio del capitán Trueno desde lo alto, para venir al lado de quien lo hubiera llamado.
Ni qué decir tiene que el pollo sobrevivió a sus compañeros. Cuando tuvimos que volver a Oviedo, yo, como capitán de la patrulla que formaba junto a mis hermanos, di instrucciones precisas de cómo debería cuidarse, porque no tenía dudas que, al año siguiente, convertido en un gallo hecho y derecho, aquél ave singular estaría en condiciones de generar una estirpe de prodigiosa inteligencia (a nivel avícola, por supuesto).
En las cartas que dirigía puntualmente a mi abuela y tía, que habían quedado hasta comienzo del invierno en la casa de campo, me interesaba por el estado del pollo, y recibía tranquilizadora información de que progresaba adecuadamente. En mi imaginación infantil, hasta creía que, con el aumento del cerebro propio de la edad, Federico sería capaz de otras habilidades, a poco que se le enseñara.
Grande fue mi decepción cuando, a principios de diciembre, tuve ocasión de hacer una breve visita al pueblo. Federico no estaba. Después de una investigación en la que tuve que utilizar mis habilidades policíacas, se me reconoció que, el mismo día de nuestra marcha, Federico había corrido detrás del coche y había sido atropellado por un camión. Se me había ocultado la información, se me dijo, para no disgustarme. «Mejora hubiera sido haberlo echado a un arroz», dijo el casero, manifestando su insensibilidad.
Así terminó la historia del único ave con inteligencia emocional que conocí. Las demás gallinas con las que me crucé en mi existencia me parecieron, sin excepción, estúpidas.
Por ejemplo, es proverbial la incapacidad que tienen las gallinas para esquivar los automóviles, al contrario, por ejemplo, que las urracas, los cernícalos, los cuervos y hasta los gorriones.
Un día en que volvíamos de Guitiriz, en donde había acompañado a mi padre a visitar una concesión de caolín que prometía hacernos millonarios -jamás se cumplieron, lamentablemente, sus predicciones-, ya al atardecer, avistamos, detenidas en la carretera, picoteando alegres, un grupo de perdices. Mi padre, que conducía -yo tendría doce años-, en un hábil movimiento de volante, consiguió atropellar a dos de ellas.
Cuando nos disponíamos, con emoción, a recoger la caza, apareció una señora con muy malas pulgas que nos afeó el que hubiéramos matado a dos de sus gallinas conduciendo tan temerariamente.
Después de una discusión, en la que venció, sobre todo, la vergüenza de la torpe apreciación que habíamos tenido sobre la naturaleza de los pollos, mi padre consintió en abonar unas pesetas por las fallecidas.
Con fingida dignidad, cuando la campesina le ofreció quedárselas, renunció a tal cosa, con un: «Que le aprovechen a Vd. señora, que a nosotros no nos gusta el pollo, que somos más de pescado». Y seguimos, tan campantes, sin referirnos al incidente.
Hace unos años, alguien puso una mascarilla a la estatuilla de Arturo Soria, el insigne urbanista, que preside el viaducto sobre la avenida de América. «Menos mal que estoy muerto» rezaba el letrero que acompañaba al acto reivindicativo de una ciudad con atmósfera más limpia.
En Madrid gobierna desde va a hacer dos años la alcaldesa Manuela Carmena, que me da la impresión que ha adoptado un perfil más bajo que al inicio de su mandato. Hace unos días se terminó el plazo para que los madrileños votáramos si queríamos que la Gran Vía se peatonalizara y que el billete de transporte público fuera único, para autobús y para metropolitano.
Bien está mantener al personal entretenido. Hoy mismo, una algarabía de bocinazos colapsó la calle Arturo Soria. A golpe de claxon y griterío, acompañados de varias decenas de coches policiales, motoristas de la nacional y urbana, una respetable (en tamaño) caravana de coches y autobuses de las academias de conductores pedían, por lo que pude deducir, que se hicieran exámenes, ya.
Lo que ya no se es si a Arturo Soria, estatua, le colocaron algún cartel esta vez. Yo no pude sacar el coche del garaje y tampoco fui capaz de concentrarme en mi trabajo, por el ruido. Había quedado a comer con un amigo, y cuando fui a coger el metro, resulta que no había servicio, al menos durante media hora, según anunciaba la megafonía. Las opiniones entre los que esperaban en vano, se repartían entre los que creían que era debido a la huelga de conductores y los que argumentaban que alguien se había arrojado a las vías.
Salí de la estación y fui andando.
