El precio de contaminar y el homenaje polaco
Estoy hojeando un libro de casi 300 páginas, lleno de cifras y cuadros, que recogí el viernes, 14 de junio de 2013, a última hora de la mañana, de las oficinas de Endesa-Enel situada en esa avenida desestructurada de Madrid que alguien tuvo el humor ácido de llamar «Ribera del Loira».
El volumen se titula: «Análisis de datos de emisiones de CO2 en España. Entidades sujetas a la Directiva 2003/87/CE. Período 2011 y contexto global». Su autor es Arturo de las Heras.
La información recogida en ese libro proviene de otras fuentes, y el mérito del autor -grande- es haber estructurado los datos, proporcionando así elementos que facilitan sacar las consecuencias.
Podía, desde luego, sacar las mías, pero el Secretario de Estado de Medio Ambiente, Federico Ramos, me ha proporcionado un titular al que no puedo resistirme: «Si voy a Varsovia me harían un homenaje.»
¿Por qué? Porque nos hemos visto obligados a comprar a Polonia, para cumplir -mal que bien- los compromisos del programa de Kyoto, grandes cantidades de cuotas de carbono, y, al parecer, cuando estaba caro (1) . Ahora, con la crisis, vamos mucho mejor, sin necesidad de comprar tanto, porque no consumimos tanta energía y tenemos el sector de la construcción hecho unos zorros: las cementeras, válganos Dios, si los precios de la unidad de CO2 equivalente alcanzaran los niveles de 20-30 €/t, podrían ser rentables vendiendo sus derechos.
En fin que «cumpliremos» -dijo el Secretario de Estado- con la obligación de incrementar solo un 15% el CO2 equivalente de las emisiones de las industrias sujetas a la Directiva.
En realidad, nada nos salvará, a escala mundial, de que la temperatura media de la Tierra suba 6ºC en 2050, porque, para obviar ese escollo, habría que reducir un 5 o 6 % -¡anual!- las emisiones globales y hasta ahora, como mucho -entre 2000 y 2011, la intensidad de carbono global se redujo solo en un 0,8%. Lo dijo, en las últimas intervenciones del acto, la Directora de Sostenibilidad y Cambio Climático de PwC, Mari Luz Castilla.
Nos queda, pues, una única opción, a la que los responsables de los Gobiernos mundiales se están apuntando con gran interés y su más que cuestionable solvencia: «Reducir las previsiones de los objetivos y modificar las cifras de calentamiento más probables». (¡!)
Es una historia apasionante, la de este final de la Humanidad, y es una lástima que no pueda disfrutarla (ella, aunque yo, y espero que todos los que ahora estamos vivos, no llegaré a verlo) desde fuera.
Recogí, pues, el libro, que me dieron en una bolsa reciclable y, como no hubo vino español ni cervecita andaluza, ni nada frío, salvo la despedida a los asistentes (mayoritariamente, empleados de Endesa-Enel, llamados a la carrera), para irme acostumbrando al calor, enfilé el tórrido sendero de asfalto que conduce hasta mi casa, a la que llegué, tras una hora de camino con mis zapatos de cuero negro, mi corbata, y mi traje de quedar bien, exhausto, pero con resuello bastante para abrir la nevera y premiarme con una lata de refresco.
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(1) El invento de atribuir derechos de contaminación o cuotas anuales de Carbono (CO2 equivalente) a las industrias de producción de energía eléctrica, siderometalúrgica y cementeras, como contaminadoras de gases invernadero más fáciles de controlar -pero que no llegan al 40% de la contaminación total-, y establecer un mercado secundario, libre, para los derechos sobrantes, es un fracaso. Contrariamente a las previsiones de los optimistas, que predijeron una estabilización en torno a 20/30 €/t, muy lejos de los idealistas, que hablaron de un coste social para este índice de entre 70 a 120€/t, cayó a menos de 1 €/t en 2012. Hasta el más escéptico de los ambientalistas sacaría punta fina a este lápiz de despropósitos.

