Casi todo el mundo cree que «la verdad es la verdad, dígala Agamenón o su porquero«, porque así lo aprendimos de Las coplas de Juan de Mairena, como fruto de la inspiración de Antonio Machado.
Por eso, en momentos en que la mal llamada «clase política» (1) está revuelta porque, al dar los primeros pases de vals, se han descubierto rotos, comezones y huellas -de ratas, ratones y polillas- en los vestidos de fiesta con los que nos las prometieron tan felices, no está de más recordar que, unas pocas líneas más abajo de aquellos versos, Machado nos desvela que el porquero no está de acuerdo ni con la máxima, ni con Agamenón. (2)
Argumentan algunos políticos, saliendo de sus casillas un tanto aturullados, que, como si fuera previsible y lógico, ellos no tienen nada que ver ni con cobros ilegales, ni con cuentas oscuras, ni con comisiones indecentes.
Expresando lo que resulta también obvio, añaden otros, con aire de poner picas en terrenos vedados a quienes estaríamos menos dotados, que están orgullosos de pertenecer a la «muy noble profesión de la política».
Y los que más se atreven a aventurarse en arenas movedizas, elucubran para su coleto que «el problema está en la Ley cicatera que rige la financiación de los partidos políticos». Emocionante indicación que, cuando se les solicitan los detalles, se desdibuja en naderías, dado que «todo lo dicho lo fue como simple hipótesis, elucubración propia», y , aunque prometía tanto el titular, resulta que están solos, carecen de pruebas y, respetuosos con el derecho y la libertad de expresión, es la justicia la que tiene la palabra y el periodismo de investigación quien ha de hacer todo el trabajo.
He buscado en internet y son muchos los momentos en que políticos de todo cuño han querido reivindicar la bondad de su dedicación, comparable, desde luego, a tantas otras que resultan también muy necesarias -y, la mayoría, imprescindibles- para avanzar con tino hacia algún sitio de cobijo seguro en este valle de discordancias. Por citar solo algunas: abogado, fontanero, ingeniero, médico, marino, aparejador, bombero…de entre tantas. Todas estas profesiones, nobilísimas. Las citadas a modo de ejemplo, y miles de otras más, casi tan viejas como la sociedad que las precisa.
No conozco a ningún porquero, y ni siquiera estoy seguro si los que cuidan cerdos admitirían hoy esa denominación para su profesión. Pero, como diletante ocasional del resultado de su trabajo, defenderé en cualquier foro que es nobilísima.
Por eso, después de atender a las confusas razones de Agamenón, me he puesto del lado del porquero. Porque, no siendo la verdad de Agamenón, la misma que la del porquero, y entendiendo que, en el fondo, no por lavarse con más frecuencia las manos, se es más limpio, todo se reduce a una cuestión de ambientes.
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(1) Porque no hay «clase», sino «clases», y dentro de cada una, grupos, subgrupos, grupúsculos y hasata individualidades.
(2) Sigue: «Agamenón. – Conforme./ El porquero. – No me convence».
