La preocupación por la seguridad personal ha crecido tanto que las empresas que se ofrecen para garantizarla figuran entre las mayores oferentes de empleo. Han proliferado, entre otras, las opciones de estar protegido contra ladrones de viviendas, asaltantes callejeros y merodeadores de mala catadura aunque, por lo que tengo leído y oído, no tanto como las de ser robado, asaltado o ser víctima casual de un tiroteo entre narcotraficantes, terroristas y la policía o el grupo de control de fronteras.
La oferta de seguridad alcanza a establecimientos bancarios, comercios, restaurantes o medios de transporte público y privado. Es cierto que, en particular, los Bancos han puesto mucha distancia mecánica entre sus empleadoso y nuestro dinero (mediante autómatas, dobles claves, programas de acceso prácticamente ininteligibles, canales virtuales, reducción de oficinas y bancarios, etc.), pero se nos ha hecho habitual encontrar a la puerta y en el interior de comercios e instalaciones de todo tipo, hombres y mujeres de uniforme con tolete y esposas que se pasean por los locales con mirada inquisitiva o saltan como un resorte si el detector de metales de la puerta lanzan un pitido.
No tengo claro cómo se realiza la selección de trabajadores de muchas de estas compañías, porque no parecen, a primera vista, con sus uniformems de otra talla, tipos que, si tuvieran que vérselas a la carrera tras un ladrozuelo o reduciendo a puñetazos a un presunto infractor (al margen de que les aconsejaría que se tentaran la ropa antes de hacer alarde de ninguna habilidad física que pudiera dañar a personas), salieran ganando. No son ni altos, ni tienen aspecto de ser fuertes ni de estar físicamente preparados; algunos parecen a punto de entrar en fase de jubilación o ser amigos del encargado de contratración. A lo mejor son expertos en artes marciales o tienen conexión permanente con el grupo de primos de Zumosol, pero tengo dudas sobre la forma cómo garantizan «nuestra» seguridad.
Durante algún tiempo estuve convencido de que los preferidos para llevar la placa de «Seguridad» eran quienes hubieran pertenecido a los cuerpos ad hoc del Estado y sus diversas Administraciones públicas (ejércitos, policías, guardias civiles…) o, por lo menos, hubiera actuado como encargados de controlar la entrada de las discotecas y los puticlubs habiendo dedicado antes, durante o después, muchas horas a la musculación y siendo duchos en la ingesta de anabolizantes.
Ahora, en el que los incumplidores de las normas han proliferado, la crispación aumentó y los pequeños delicuentes (poseedores de perros que no retiran sus cacas o los llevan a los paques y alcorques para disimular su obligación de recogerlas; fumadores recalcitrantes, bebedores convulsivos, especies múltiples de engorrinadores sin perdón de nuestras calles, expertos en mezclar residuos que no corresponden en los contenedores; etc) rivalizan en número e impunidad con los grandes delincuentes (falsificadores de cuentas de resultados; mafiosos que se dedican al negocio de falsificar marcas, robar autos, apoderarse de joyas, traficar con drogas y armas; cárteles para acordar precios; políticos que favorecen a sus amigos y afiliados; etc), pregunto: ¿nos han orientado a defender nuestra seguridad, la que más nos interesa, con nuestros propios medios y decisiones?
Mientras aclaro mi respuesta, me propongo escribir en mi siguiente Comentario sobre la Seguridad general, la que se refiere a la tranquilidad que supone verse libre de guerras, invasiones, atentados terroristas, catástrofes naturales y/o provocadas, etc.
(seguirá)


