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¡Seguridad!

28 enero, 2022 By amarias Deja un comentario

La preocupación por la seguridad personal ha crecido tanto que las empresas que se ofrecen para garantizarla figuran entre las mayores oferentes de empleo. Han proliferado,  entre otras,  las opciones de estar protegido contra ladrones de viviendas, asaltantes callejeros y merodeadores de mala catadura aunque, por lo que tengo leído y oído, no tanto como las de ser robado, asaltado o ser víctima casual de un tiroteo entre narcotraficantes, terroristas y la policía o el grupo de control de fronteras.

La oferta de seguridad alcanza a establecimientos bancarios, comercios, restaurantes o medios de transporte público y privado. Es cierto que, en particular, los Bancos han puesto mucha distancia mecánica entre sus empleadoso y nuestro dinero (mediante autómatas, dobles claves, programas de acceso prácticamente ininteligibles, canales virtuales, reducción de oficinas y bancarios, etc.), pero se nos ha hecho habitual encontrar a la puerta y en el interior de comercios e instalaciones de todo tipo, hombres y mujeres de uniforme con tolete y esposas que se pasean por los locales con mirada inquisitiva o saltan como un resorte si el detector de metales de la puerta lanzan un pitido.

No tengo claro cómo se realiza la selección de trabajadores de muchas de estas compañías, porque no parecen, a primera vista, con sus uniformems de otra talla,  tipos que, si tuvieran que vérselas a la carrera tras un ladrozuelo o reduciendo a puñetazos a un presunto infractor (al margen de que les aconsejaría que se tentaran la ropa antes de hacer alarde de ninguna habilidad física que pudiera dañar a personas), salieran ganando. No son ni altos, ni tienen aspecto de ser fuertes ni de estar físicamente preparados; algunos parecen a punto de entrar en fase de jubilación o ser amigos del encargado de contratración. A lo mejor son expertos en artes marciales o tienen conexión permanente con el grupo de primos de Zumosol, pero tengo dudas sobre la forma cómo garantizan «nuestra» seguridad.

Durante algún tiempo estuve convencido de que los preferidos para llevar la placa de «Seguridad» eran quienes hubieran pertenecido a los cuerpos ad hoc del Estado y sus diversas Administraciones públicas (ejércitos, policías, guardias civiles…) o, por lo menos, hubiera actuado como encargados de controlar la entrada de las discotecas y los puticlubs habiendo dedicado antes, durante o después, muchas horas a la musculación y siendo duchos en la ingesta de anabolizantes.

Ahora, en el que los incumplidores de las normas han proliferado, la crispación aumentó y los pequeños delicuentes (poseedores de perros que no retiran sus cacas o los llevan a los paques y alcorques para disimular su obligación de recogerlas; fumadores recalcitrantes, bebedores  convulsivos, especies múltiples de engorrinadores sin perdón de nuestras calles, expertos en mezclar residuos que no corresponden en los contenedores; etc) rivalizan en número e impunidad con los grandes delincuentes (falsificadores de cuentas de resultados; mafiosos que se dedican al negocio de falsificar marcas, robar autos, apoderarse de joyas, traficar con drogas y armas; cárteles para acordar precios; políticos que favorecen a sus amigos y afiliados; etc), pregunto: ¿nos han orientado a defender nuestra seguridad, la que más nos interesa, con nuestros propios medios y decisiones?

Mientras aclaro mi respuesta, me propongo escribir en mi siguiente Comentario sobre la Seguridad general, la que se refiere a la tranquilidad que supone verse libre de guerras, invasiones, atentados terroristas, catástrofes naturales y/o provocadas, etc.

(seguirá)

Publicado en: Actualidad, Seguridad Etiquetado como: compañías de seguridad, delincuencia, hurtos, robos, seguridad

Avellanas podridas

25 febrero, 2021 By amarias 3 comentarios

Estas últimas semanas, las imágenes de grupos de jóvenes, muchos de ellos enmascarados (que no con mascarillas), arrancando adoquines y pesadas papeleras metálicas para arrojárselas contra policías, nos han impresionado. Al menos, a ciudadanos como yo, que tenemos el orgullo de ser la inmensa mayoría de este país -desde los Pirineos hasta Gibraltar, desde el Mediterráneo hasta el Atlántico y la frontera con Portugal- que mantenemos la firme convicción de que la convivencia se basa en el respeto a la ley y a las personas y que la libertad de expresión debe tener sus límites y en ningún caso ampara la violencia.

Límites que no se precisa que sean impuestos por leyes ni reglamentos, sino que se trazan desde la decencia moral, la inteligencia, la ética universal, el buen gusto y las pautas para una convivencia pacífica que dimanan de la educación y el respeto a la dignidad colectiva y a las creencias de los demás.

Los sucesos de los últimos días, en donde unos energúmenos se manifestaron con extrema violencia, esgrimiendo con insolencia que defienden la libertad de expresión, al entenderla conculcada ad líbitum, esto es como les pareció, por la entrada en la cárcel de un delincuente. Que este trasgresor sea rapero de corto alcance intelectual, no le exculpa de ser delincuente habitual. Amenazó e hirió a un testigo que declaró contra él en sede judicial, agredió a policías y viene expresando, en cancioncejas sin  gusto ni ritmo, que su ideal de libertad pasa por maltratar y hasta asesinar a personas relevantes, declararse en rebeldía frente a la ley, ensalzar la URSS de Lenin como modelo  de gestión y convivencia y todo ese barullo mental le lleva a animar a usar la violencia como única salida contra la opresión que, según grita, nos domina.

La existencia de esa avellana podrida es, por sí misma, preocupante, en nuestra tolerante sociedad. Pero alcanza las cotas de máxima alarma cuanto comprobamos que hay miles de jóvenes y adolescentes dispuestos a ejercer su concepto de libertad de expresión utilizando el vandalismo contra comercios y entidades bancarias y arrojando contra las fuerzas del orden adoquines, papeleras de metal y todo tipo de objetos potencialmente dañinos contra su integridad física.

Tengo curiosidad por conocer la identidad, la procedencia social y la formación intelectual de estos insurrectos, revolucionarios de mentirijillas, que tienen tal concepto aberrante de la libertad de expresión. Satisfaría mi deseo de información correcta, saber si son la punta del iceberg del tremendo paro juvenil que asola nuestra sociedad, o pertenecen a un grupo organizado, sostenido económicamente por fuerzas desestabilizadoras.

Y, desde luego, me pregunto qué nos está pasando, cuando un grupo de individuos, con suficiente impunidad para que solo se consiga retener a menos de una decena en cada una de esas algaradas, pueden ocupar tanta atención mediática, hostigar a la propia policía, robar en establecimientos comerciales sin ser identificados, destrozar cientos de miles de euros de mobiliario urbano y bienes públicos y privados e…irse de rositas.

Son, como Hazel (que significa avellana en árabe), avellanas podridas de nuestro actual sistema político y social. Un ejemplo de la permisividad oficial y consecuencia palpable de la destrucción del orden y la legitimidad que se propicia, incluso, desde las instancias gubernamentales.

Publicado en: Actualidad Etiquetado como: agresión, avellanas, delincuencia, desórdenes, Hazel, policía

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