Estas últimas semanas, las imágenes de grupos de jóvenes, muchos de ellos enmascarados (que no con mascarillas), arrancando adoquines y pesadas papeleras metálicas para arrojárselas contra policías, nos han impresionado. Al menos, a ciudadanos como yo, que tenemos el orgullo de ser la inmensa mayoría de este país -desde los Pirineos hasta Gibraltar, desde el Mediterráneo hasta el Atlántico y la frontera con Portugal- que mantenemos la firme convicción de que la convivencia se basa en el respeto a la ley y a las personas y que la libertad de expresión debe tener sus límites y en ningún caso ampara la violencia.
Límites que no se precisa que sean impuestos por leyes ni reglamentos, sino que se trazan desde la decencia moral, la inteligencia, la ética universal, el buen gusto y las pautas para una convivencia pacífica que dimanan de la educación y el respeto a la dignidad colectiva y a las creencias de los demás.
Los sucesos de los últimos días, en donde unos energúmenos se manifestaron con extrema violencia, esgrimiendo con insolencia que defienden la libertad de expresión, al entenderla conculcada ad líbitum, esto es como les pareció, por la entrada en la cárcel de un delincuente. Que este trasgresor sea rapero de corto alcance intelectual, no le exculpa de ser delincuente habitual. Amenazó e hirió a un testigo que declaró contra él en sede judicial, agredió a policías y viene expresando, en cancioncejas sin gusto ni ritmo, que su ideal de libertad pasa por maltratar y hasta asesinar a personas relevantes, declararse en rebeldía frente a la ley, ensalzar la URSS de Lenin como modelo de gestión y convivencia y todo ese barullo mental le lleva a animar a usar la violencia como única salida contra la opresión que, según grita, nos domina.
La existencia de esa avellana podrida es, por sí misma, preocupante, en nuestra tolerante sociedad. Pero alcanza las cotas de máxima alarma cuanto comprobamos que hay miles de jóvenes y adolescentes dispuestos a ejercer su concepto de libertad de expresión utilizando el vandalismo contra comercios y entidades bancarias y arrojando contra las fuerzas del orden adoquines, papeleras de metal y todo tipo de objetos potencialmente dañinos contra su integridad física.
Tengo curiosidad por conocer la identidad, la procedencia social y la formación intelectual de estos insurrectos, revolucionarios de mentirijillas, que tienen tal concepto aberrante de la libertad de expresión. Satisfaría mi deseo de información correcta, saber si son la punta del iceberg del tremendo paro juvenil que asola nuestra sociedad, o pertenecen a un grupo organizado, sostenido económicamente por fuerzas desestabilizadoras.
Y, desde luego, me pregunto qué nos está pasando, cuando un grupo de individuos, con suficiente impunidad para que solo se consiga retener a menos de una decena en cada una de esas algaradas, pueden ocupar tanta atención mediática, hostigar a la propia policía, robar en establecimientos comerciales sin ser identificados, destrozar cientos de miles de euros de mobiliario urbano y bienes públicos y privados e…irse de rositas.
Son, como Hazel (que significa avellana en árabe), avellanas podridas de nuestro actual sistema político y social. Un ejemplo de la permisividad oficial y consecuencia palpable de la destrucción del orden y la legitimidad que se propicia, incluso, desde las instancias gubernamentales.



