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¡Seguridad! (Segunda parte)

30 enero, 2022 By amarias Deja un comentario

En lo que parece la vispera de una confrontación militar (escribo ésto en la tarde apacible del domingo 3o de enero de 2022), comentar sobre la seguridad desde una perspectiva general -aunque con la visión restringida de un ciudadano europeo que tiene sus únicas fuentes de información en los medios públicos-, es, al mismo tiempo, temerario y atractivo.

No quiero limitarme en estas breves notas, sin embargo, a la seguridad que pudiera derivarse de los medios para evitar o reducir el alcance en carnes propias de un conflicto bélico que se acepta como premisa que no se ha iniciado.

La historia del mundo está repleta de desgraciadas evidencias de que los Estados, los pueblos y las tribus, son capaces de  enfrentarse hasta la extinción o rendición del contrario, por motivos que, en su origen, y vistos con perspectiva, parecen inexplicables o perfectamente eludibles. El libro de Margaret Macmillan, 1914, glosando con detalle la escalada de despropósitos que condujo a la primera guerra mundial, debería ser libro de lectura obligada para interesados en conocer cómo se gesta una catástrofe de gran alcance y para todos aquellos que, desde posiciones de responsabilidad, se creen capaces de controlar una incipiente tensión modulando el uso de la fuerza.

La seguridad de ciudadanos y bienes, a nivel global, es responsabilidad de los Estados, es decir de sus gobiernos e instituciones funcionariales. Si pensamos en la relación entre Estados, sus actuaciones para favorecer la convivencia recíproca y resolver por la vía de la diplomacia y la negociación, las eventuales tensiones que generen los conflictos de intereses antes que adquieran dimensiones mayores, abarcan un espectro muy amplio.

Existen las vías diplomáticas, el espionaje, la dotación de una fuerza y Ejércitos propios, los acuerdos entre Estados para actuar conjuntamente en caso de agresión de un tercero y las organizaciones de defensa, empresariales, culturales o humanitarias. Hasta las competiciones deportivas, los congresos y ferias de turismo, las exhibiciones conjuntas de armamento y los acuerdos de investigación y desarrollo de fármacos, artefactos y trasgénicos, forman parte de los instrumentos para focalizar tensiones y, por supuesto, evitarlas.

Si se diera la intención de asegurar que, en caso de conflicto que no le afecte directamente, una nación (sinónimo aquí de Estado) no se vea involucrada por disputas ajenas, la manera -bastante ingenua- de expresar que se mantendrá al margen, es declararse como neutral, pacifista o no alineado. Suiza, desde la derrota de Napoleón, se presentó ante el mundo como país neutral «de manera perpetua». Su entrada en la ONU en 2002 y su obligación de sumarse, desde entonces, a los acuerdos sobre las sanciones que emanen de ese Organismo, (y aspiró incluso a un puesto en su Consejo de Seguridad) plantea dudas a los politólogos, especialistas en derecho internacional y a los filósofos, sobre el carácter y valor real de esa neutralidad.

Al margen de que un Estado o colectividad se declare como pacifista, ello no les exime ni libra de ser atacados. Si, dentro del mismo gobierno, una parte del mismo apoya exhibiciones de fuerza (envío de medios humanos, armamento y vehículos militares) frente a otros países que pueden desembocar en conflicto bélico y, por otra, algunos ministros y portavoces defienden mantenerse al margen, esta dicotomía patológica creará desconcierto en la ciudadanía y debilitará la coherencia internacional del apoyo. Pero no evita que la decisión se interprete inequívocamente como voluntad de participar como elemento disuasorio y, si llegara el caso, beligerante, aportando sus fuerzas al bloque al que se pertenezca y, exponiéndose, por tanto, a ser atacado directamente.

Representantes cualificados de partidos de la izquierda española, incluso desde los Ministerios que detentan, se han manifistado como pacifistas y contrarios a la voluntad expresada por el presidente de Gobierno de apoyar a la OTAN, en su contrapunto a lo que se ha dado en llamar amenaza rusa a la independencia de Ucrania, reforzando el envío de material bélico y efectivos humanos a la frontera oriental de este organismo. Esta falta de homogeneidad es inaceptable, debilita nuestra posición como país y nos presenta como socios poco fiables. (1)

España, en el terreno de la seguridad colectiva, necesitaba una revisión ordenada y urgente de prioridades, amenazas y medios. La nueva Estrategia de Defensa Nacional dará importancia a la integración de las Comunidades Autónomas en el modelo de actuación y concretará el catálogo de recursos para dejar claras las líneas de acción frente a las amenazas, cuyo creciente carácter híbrido no se le oculta a nadie. La falta de organización en el abordaje de la pandemia de la COVID ha dejado claro que es imprescindible cambiar la metodología e integrar a todos los estamentos bajo un mando único en caso de amenaza global.

No es (solo) un cometido de naturaleza militar, sino que abarca responsabilidades y medios de toda la sociedad, aunque la creciente tensión internacional, con Estados que se han dotado de medios detructivos de gran alcance e intensidad, ha vuelto a poner el énfasis -en los paises que fueron terreno operativo de la segunda guerra mundial- sobre la necesidad de tener un Ejercito propio en la Unión Europea. A finales de noviembre de 2021, el jefe de la diplomacia comunitaria, Josep Borrell, ha hecho llegar a los servicios de inteligencia de los países de la Unión un documento que presenta una nueva estrategia de defensa, impulsando una fuerza de acción rápida autónoma.

Aunque desligado de su carácter exclusivamente militar, y vinculado a la necesidad de defenderse de amenazas de naturaleza híbrida, cibernéticas, químicas, biológicas, entre otras, parece necesario volver a la formación defensiva de la población en general. Cuando en España (y otros países) el servicio y enseñanza básica militar era obligatoria, algunos jóvenes se declararon objetores de conciencia. Como sucede con casi todos los pioneros, los primeros que se manifestaron contrarios fueron encarcelados y sufrieron diversas penalidades y represalias; después, la obligación languideció y, desde hace varias décadas, el servicio militar dejó de ser obligatorio). Los Ejércitos pasaron a estar formados solo por profesionales (vocacionales o voluntarios), reduciendo su músculo personal (escuché a un general expresar que tenemos un «Ejército bosai») y cada vez más se confía la defensa a la perfección del armamento, del equipamiento y los medios disuasorios, incluídos los nucleares y, asímismo, se potencia el empleo de medios logísticos, software sofisticado y material de inspección y ofensa no tripulado.

Urge un planteamiento general, sólido y asumido por la mayoría, de las estructuras de defensa. La seguridad colectiva exige dotarse de un músculo y una potencia de actuación propia y vincular esa facultad autónoma a los medios de que dispongan los Estados aliados. No se trata de ver a otros Estados como potencialmente enemigos (aunque, al considerar las amenazas, se deberá cualificar cuidadosamente su nivel de agresividad contra nuestros intereses), sino tener clara la manera de reaccionar ante una agresión de cualquier tipo con los medios al alcance.

Ser pacifistas no nos libra de estar amenazados ni, por supuesto, de ser atacados. No será por misiles de cabeza nuclear, sino por secuestro de claves y cuentas bancarias, ataques con virus y bacterias debilitantes o letales, generación de pánico o intranquilidad por asesinatos y atentados, suspensión de suministros esenciales para nuestra economía, etc. Lo que los militares llaman envío de «botas sobre el terreno» (fuerzas militares luchando con armas más o menos convencionales sobre el espacio físico) tienen ahora un valor reducido. Han pasado a ser exhibiciones de prudente poderío, asimilables a los bufidos de berrea o al despliegue de plumas de machos de combatientes, con pretensiones de distracción sobre los métodos más sutiles y eficaces de derrotar al enemigo.

Ojalá nunca tengamos que gritar «¡Seguridad, seguridad!» porque ya nos parezca imprescindible contar con ella, porque será demasiado tarde.

—

(1) Las versiones de la situación, por parte de rusos y prorusos y proamericanos y atlantistas, difieren sustancialmente. No tengo ahora el propósito de analizar esas discrepancias. Me pregunto, sin embargo, si la OTAN ha evolucionado para ser bastante más que un organismo militar y la naturaleza de los intereses de Ucrania para integrarse en ella o en la Unión Europea.

Publicado en: Actualidad, Ejército, Política Etiquetado como: armas nucleares, Borrell, ejército, Estrategia de Defensa, guerra híbrida, seguridad, Ucrania, Unión europea, virus

¡Seguridad!

28 enero, 2022 By amarias Deja un comentario

La preocupación por la seguridad personal ha crecido tanto que las empresas que se ofrecen para garantizarla figuran entre las mayores oferentes de empleo. Han proliferado,  entre otras,  las opciones de estar protegido contra ladrones de viviendas, asaltantes callejeros y merodeadores de mala catadura aunque, por lo que tengo leído y oído, no tanto como las de ser robado, asaltado o ser víctima casual de un tiroteo entre narcotraficantes, terroristas y la policía o el grupo de control de fronteras.

La oferta de seguridad alcanza a establecimientos bancarios, comercios, restaurantes o medios de transporte público y privado. Es cierto que, en particular, los Bancos han puesto mucha distancia mecánica entre sus empleadoso y nuestro dinero (mediante autómatas, dobles claves, programas de acceso prácticamente ininteligibles, canales virtuales, reducción de oficinas y bancarios, etc.), pero se nos ha hecho habitual encontrar a la puerta y en el interior de comercios e instalaciones de todo tipo, hombres y mujeres de uniforme con tolete y esposas que se pasean por los locales con mirada inquisitiva o saltan como un resorte si el detector de metales de la puerta lanzan un pitido.

No tengo claro cómo se realiza la selección de trabajadores de muchas de estas compañías, porque no parecen, a primera vista, con sus uniformems de otra talla,  tipos que, si tuvieran que vérselas a la carrera tras un ladrozuelo o reduciendo a puñetazos a un presunto infractor (al margen de que les aconsejaría que se tentaran la ropa antes de hacer alarde de ninguna habilidad física que pudiera dañar a personas), salieran ganando. No son ni altos, ni tienen aspecto de ser fuertes ni de estar físicamente preparados; algunos parecen a punto de entrar en fase de jubilación o ser amigos del encargado de contratración. A lo mejor son expertos en artes marciales o tienen conexión permanente con el grupo de primos de Zumosol, pero tengo dudas sobre la forma cómo garantizan «nuestra» seguridad.

Durante algún tiempo estuve convencido de que los preferidos para llevar la placa de «Seguridad» eran quienes hubieran pertenecido a los cuerpos ad hoc del Estado y sus diversas Administraciones públicas (ejércitos, policías, guardias civiles…) o, por lo menos, hubiera actuado como encargados de controlar la entrada de las discotecas y los puticlubs habiendo dedicado antes, durante o después, muchas horas a la musculación y siendo duchos en la ingesta de anabolizantes.

Ahora, en el que los incumplidores de las normas han proliferado, la crispación aumentó y los pequeños delicuentes (poseedores de perros que no retiran sus cacas o los llevan a los paques y alcorques para disimular su obligación de recogerlas; fumadores recalcitrantes, bebedores  convulsivos, especies múltiples de engorrinadores sin perdón de nuestras calles, expertos en mezclar residuos que no corresponden en los contenedores; etc) rivalizan en número e impunidad con los grandes delincuentes (falsificadores de cuentas de resultados; mafiosos que se dedican al negocio de falsificar marcas, robar autos, apoderarse de joyas, traficar con drogas y armas; cárteles para acordar precios; políticos que favorecen a sus amigos y afiliados; etc), pregunto: ¿nos han orientado a defender nuestra seguridad, la que más nos interesa, con nuestros propios medios y decisiones?

Mientras aclaro mi respuesta, me propongo escribir en mi siguiente Comentario sobre la Seguridad general, la que se refiere a la tranquilidad que supone verse libre de guerras, invasiones, atentados terroristas, catástrofes naturales y/o provocadas, etc.

(seguirá)

Publicado en: Actualidad, Seguridad Etiquetado como: compañías de seguridad, delincuencia, hurtos, robos, seguridad

Ejército y sociedad civil (4)

30 diciembre, 2017 By amarias Deja un comentario

El Estado de seguridad está en auge, como sustituto potente del Estado social, amenazando incluso el Estado de derecho. La percepción de peligros y la difusión de situaciones de riesgo aumenta de forma imparable, alimentada desde todos los ámbitos, pero especialmente, desde los centros de poder, tanto los próximos como los remotos.

La valoración de una situación de seguridad es clave y por ello, la presentación del riesgo no suele ser ni inocente ni inocua. La mayor parte de las veces, se trata de conducir la sensación y forzar la interpretación, resaltando los elementos que se desea aparezcan como relevantes y ocultando o adulterando otros.

Por supuesto, el riesgo tiene, sobre todo, una dimensión personal, y la protección frente a él que deseamos afecta a lo que tenemos próximo, afectiva y físicamente. A los poderes públicos, en una posición que es traslado magnificado de lo que se espera que haga el «pater familiae» para proteger a los suyos, se les exige que reduzcan los riesgos a cero, lo que abre un campo estupendo para la manipulación, ya que no es posible vivir sin riesgo.

Cualquier incidente sobre la seguridad -provocado por catástrofes naturales, actuaciones humanas, fallos técnicos- despierta de inmediato dos actuaciones derivadas: las autoridades políticas o empresariales prometerán que dedicarán todo el esfuerzo a descubrir las razones del fallo, perseguir a los culpables y garantizar que no volverá a suceder. Con ello se tratará de contrastar otra actuación inevitable: el incremento del miedo, del temor a que situaciones parecidas generen los mismos problemas, encontrará agoreros fieles de nuevos desastres, que propondrán todo tipo de opciones, intoxicando el espacio de opinión.

Por supuesto, la sensación de peligro es inversamente proporcional a la distancia a la causa y guarda relación con su carácter concreto o difuso y el tiempo de generación del riesgo. Miles de ahogados en Bangla Desh o millones de personas amenazadas de muerte por la sequía en el Sahel tienen menor importancia que la caída de un árbol que haya provocado heridos en el Parque de al lado. La predicción de que la temperatura media de la Tierra se elevará más de dos grados centígrados en un par de decenas de años no tiene la misma importancia que la escasa lluvia caída el último verano.

Estas consideraciones, aunque generales, afectan a la valoración de los riesgos y amenazas que fundamentarían la misión de los Ejércitos. En un contexto de Estados pacíficos, de objetivo de paz duradera -aunque sea una mera elucubración-, las actuaciones preventivas o defensivas forman el eje de las medidas de Defensa.

La Seguridad Nacional española identifica doce riesgos o amenazas: Conflictos armados, Terrorismo, Ciberamenazas, Crimen organizado, Inestabilidad económica y financiera, Vulnerabilidad energética, Proliferación de armas destrucción masiva, Flujos migratorios irregulares, Espionaje, Emergencias y catástrofes, Vulnerabilidad del espacio marítimo y Vulnerabilidad de las infraestructuras críticas y servicios esenciales. Todas ellas tienen fundamentos serios, pero la percepción particular de los mismos por la ciudadanía es muy diferente: invito al lector a realizar su propia valoración y contrastarla con la dedicación de los media a cada una de ellas.

La intervención de los Ejércitos en acciones exteriores con fines que se podrían considerar estratégicos -en lo político, que es, en fin, lo económicos-, cuenta con ejemplos modernos. Aunque el principio de estas actuaciones debiera ser tratar de reducir o evitar el crecimiento del conflicto o riesgo detectados, las intervenciones en Irak, Afganistán o Bosnia de las fuerzas internacionales han venido a confirmar que son capaces de convertirse en un problema en sí mismo.

Las acciones en el exterior han pasado, sin embargo, a constituir el núcleo principal de las intervenciones de los Ejércitos de los países occidentales que pueden considerarse como tradicionales, aunque su actuación sea la de fuerza pacificadora. En escenarios de conflicto bélico o grave tensión civil, las fuerzas desplazadas (especialmente, las terrestres, las llamadas en el argot militar, de «bota en tierra») corren riesgo de verse involucradas en acciones guerreras, padecer un atentado con efectos mortales o muy graves, y perder efectivos materiales, además de tener que asumir gastos de intendencia, transporte, munición, etc.

Para reducir el riesgo de pérdida de vidas humanas propias, las intervenciones en terceros países, además de ser previamente justificadas ante los organismos internacionales (como norma) tienden a descansar, cada vez más, en medios que son lanzados desde la distancia y manejados con control remoto. La sofisticación de medios permitiría (ha permitido, de hecho) incluso eliminar al dictador, al sátrapa o al líder que se pretende derrocar, reduciendo la repercusión a la población civil y los daños colaterales…inmediatos. El mapa de países en situación de guerra civil o asimilable no se ha visto disminuido, sin embargo.

La complejidad de las situaciones lleva a algunos analistas a defender que, para ayudar a resolver las tensiones sociales que están en la base de las guerras civiles, es imprescindible llevar a efecto programas de cooperación estructural permanente. No es una medida fácil de llevar a efecto, puesto que en zonas de conflicto, las Organizaciones No Gubernamentales corren graves riesgos de ser objetivos bélicos, y ello supone que deban ser protegidas por fuerzas militares o que sean los propios militares los que ejecuten os programas de cooperación. Ni qué decir tiene que la consolidación de este tipo de acciones está cambiando, y cambiará aún más, el sentido de los Ejércitos y la formación que deben recibir los militares.

(continuará)


Una preciosa hembra de roquero rojo (montícola saxatilis) parece preguntarnos por la razón de haber invadido su territorio. A primera vista (y a contraluz), el inexperto ornitologista  aficionado podría confundirla con un mirlo joven, por sun tamaño y comportamiento, e incluso se puede encontrar semejanza con una collalba gris de gran tamaño.

 

Publicado en: Actualidad, Ejército Etiquetado como: amenazas, colaboración internacional, defensa, ejército, fuerzas de choque, riesgos, seguridad

Otras gentes:(4) Gentes del libro

29 agosto, 2017 By amarias Deja un comentario

Según la versión clásica del Islamismo y su relación con el derecho, «gentes del libro» son aquellos que practican una de las tres religiones monoteístas que tienen su base en el Antiguo Testamento: cristianismo, judaísmo e islamismo, considerado por todas ellas un libro sagrado.

Cuando  la península ibérica estuvo casi totalmente bajo dominio musulmán, estas gentes o pueblos Libro (gente de la dhimmah) vivían bajo la protección del sultán, siendo sus derechos y deberes diferentes, pudiendo practicar su fe y mantener determinadas prerrogativas a cambio de impuestos, que eran muy superiores para los no islamistas.

La reaparición de la yihad, guerra santa por causa de Dios, -invocada por fanáticos del Islam que, en versiones bastante incoherentes entre sí e ininteligibles desde una posición moderna y deontológica, pretenden implantar una interpretación rígida de los preceptos supuestamente transmitidos por un arcángel al profeta, y no dudan en inmolarse o cometer atentados indiscriminados contra poblaciones que disfrutan de la libertad que han traído la implantación de sistemas democráticos y, en general, oficialmente no confesionales-, ha conmovido la sensación de seguridad de las democracias occidentales.

El vertiginoso envenenamiento de las pacíficas concepciones del Islam, en que, como se esfuerzan en repetir creyentes, admiradores o antiguos educandos en esa religión, se basan sus preceptos, ha aportado incomprensión y recelo hacia todos los practicantes de la doctrina de Mahoma.

Nos sentimos directamente amenazados por estos fanáticos, y, en la confusión entre creyentes y radicalizados, muchos ven en cualquier musulmán -incluso en quienes tienen aspecto árabe, cobrizo o negroide- un potencial sospechoso, un enemigo de nuestra libertad.

Contagioso, el mal está extendido por doquier y no resulta posible identificar una sola causa de la difusión de adeptos a esa doctrina herética. Se propaga utilizando promesas de placeres terrenales y futuros, concentrando extorsiones que implican manejos de dinero y poder, adobando mentiras, lanzando amenazas y provocando terror; es alimentado por drogas, robos y saqueos, no desdeña el ejercicio de autoridad malsana, se cuela como presión de grupo contra crédulos, necesitados, iluminados o sicópatas, supone la falsificación de la historia y el desprecio a la interpretación humanista del Corán, se apoya en la marginación y pobreza reales, crea y mantiene guetos, ritos y vestimentas que separan y se retroalimentan.

Cierto que quienes invocan el nombre de Alá, para embarcarse en acciones terroristas que han causado ya decenas de miles de víctimas civiles (en el sentido o acepción de «no militares») proliferan con mayor intensidad en países en los que la religión islámica es oficial o de seguimiento mayoritario, pero desde el atentado de las Torres Gemelas en Nueva York, son muchos, harto frecuentes, y con efecto mediático muy alto por sus características de actuación indiscriminada, los individuos radicalizados que actúan en Occidente y,  especialmente, en Europa.

El atentado sufrido por pacíficos transeúntes de las Ramblas de Barcelona, el 17 de agosto de 2017, perpetrado por un grupo de individuos, al parecer dirigidos por un imán de Ripoll, y cuya extensión y número aún no está completamente clarificado, ha puesto de manifiesto demasiadas cosas para dejarlas en la nube de la ignorancia. He aquí algunas:

  1. Los terroristas yihadistas, son la mayor amenaza actual contra la seguridad ciudadana. Puede que no consigan amedrentar ni afectar a la libertad ambulatoria de la inmensa mayoría, pero la diversidad de sus métodos y su misma existencia, con células que se han formado y crecido en el territorio europeo (y, en lo que más nos afecta, español), y, por tanto, camufladas como «ciudadanos normales», exige una actuación policial y de las fuerzas de seguridad, coordinada, seria, inteligente, completa. Esta actuación ha de desarrollarse también, contando con la colaboración ciudadana: hay riesgo también de radicalización de fanáticos en la permisividad y la excesiva  tolerancia cuando está en peligro nuestra vida y la de ciudadanos pacíficos, que nada quieren entender ni saber de esa antihistórica, antiética y criminal iniciativa religiosa. Se nos pide que no nos amedrentemos, y puede que, en general, se consiga -aunque las limitaciones ya existen, y los gastos extras por la seguridad, aumentan-, pero debemos también ser vigilantes y actuar defensivamente ante el riesgo. Ignorar al otro, al semejante, genera un espacio de ocultación para el diferente, el potencial asesino, el fanático que usa la religión como justificación mortífera.
  2. La falta de coordinación policial, los errores y omisiones en la transmisión de información sobre individuos peligrosos o en vías de radicalización, es inadmisible. Da lo mismo que sean treinta mil o cien mil los radicalizados con perfil criminal. Las redes de información, en una época digital y de comunicaciones, han de funcionar a la perfección y no hay excusa para que no haya sido así, para que no sea así. Cierto que la policía no puede vigilar a todo sospechoso (no sería admisible legalmente), pero los atentados han demostrado que no existen «lobos solitarios», sino grupos coordinados, dirigidos por cabecillas extremistas, educados en la interpretación elucubrante de la doctrina de Mahoma, amparados en su libertad -la nuestra, la que deseamos para nuestra sociedad- para urdir actos terroristas.
  3. Nuestra sociedad, devenida fundamental agnóstica, e incluso crítica de valores históricos vinculados a la religión cristiana, ha caído en la trampa de una excesiva tolerancia. Nuestros representantes públicos se abrazan sonrientes con sátrapas y tiranos nuestras ministras y empresarias se ponen la mantilla o visten «con recato» para no contrariar o escandalizar con la exhibición de su cabellera, sus brazos o piernas al descubierto…y aquí nos hemos acostumbrado a la visión de una pobre mujer cubierta con velo hasta las cejas y con un paño que tapa hasta la menor curva de su sobrepeso, acompañada por un tipo en camiseta que mira sin ocultar su apetencia rijosa ante cualquiera fémina infiel en pantalón corto.
    En fin, si queremos abortar definitivamente esta lacra que nos ha surgido, abandonemos -al menos, de momento- la idea de llevar a la democracia a países islámicos, aplaudiendo primaveras árabes conducidas por un par de centenares de jóvenes voluntariosos concentrados en una plaza pública.  Controlemos el comercio de armas  (también, al detalle), preocupémonos de la verdad de la integración de los inmigrantes y mejoremos hasta el límite la bondad de nuestra policía contra esa delincuencia organizada, que no dude en utilizar cualquier medio para atentar. Y alertemos a los pacíficos contra los excesos de confianza.
  4. Y, como cristianos, judíos, agnósticos o practicantes de cualquiera de los múltiples
    caminos para solucionar nuestra necesidad de explicar nuestra existencia, podemos recordar lo que ya Gilles Kepel en 2000 escribía en su libro «La Yihad» -aparte de algunas equivocaciones de perspectiva que se detectan desde la evolución posterior del terrorismo islámico, al que daba por prácticamente finiquitado-: «El declive de la ideología abre a los musulmanes un vasto espectro para determinar su futuro y emanciparse del corsé dogmático (…)» enlazando con la tradición de sus sociedades que «se caracteriza  por una extrema plasticidad en cuanto a las mutaciones del universo».
    Esta plasticidad es la que debería unir, hoy más que nunca, a las gentes del libro, con los agnósticos, y los demás creyentes, en la ética universal que, para muchos -entre los que me cuento- es la doctrina suprema del ser humano.
    —-
    Mientras estaba a la caza de una buena fotografía de avutardas, en Villafáfila, esta  avecilla vino a posarse sobre un murete cercano, con graciosos revoloteos. Es un macho de lavandera boyera (motacilla flava), con su plumaje de verano, que gusta de los campos de alfalfa, para criar, y que abandonara en el invierno.

La hembra y el ave joven  pueden confundirse con la bisbita campestre, que tiene el mismo porte, mismos hábitats (en tierras pan llevar ibéricas).

 

Publicado en: Actualidad, Política, Religión Etiquetado como: islamismo, libertad, libro, motacilla, policía, radicales, Ramblas, religión, seguridad, terroristas, vigilancia, Villafáfila

Seguridad frente amenazas (y 3)

8 enero, 2017 By amarias 2 comentarios

agateadorcomun

Según apreciación certera de Zygmunt Bauman, «parece que miedo y modernidad sean hermanos gemelos. o incluso gemelos siameses, y de una especie que ningún cirujano (…) podrá separar sin poner en riesgo la supervivencia de ambos hermanos» (1).

En otro momento de la interesante conversación-entrevista a la que le somete Leonidas Donskis, expresa que «vivimos en un estado de alerta permanente derivado de múltiples peligros». Esta multiplicidad de amenazas y su puesta en evidencia, de forma que todos seamos conscientes de su presencia entre nosotros, es alimentada por intereses muy diversos y aparentemente inconexos. El punto de unión entre todas ellas es nuestra debilidad, la confirmación de la vulnerabilidad de nuestra precaria satisfacción, y, como consecuencia, la generación de la angustia especial que mezcla sentimientos de desconfianza y necesidad de protección.

He empezado esta serie de reflexiones apuntando a la importancia tradicional de los Ejércitos en relación con la protección frente a las amenazas de otros Estados. Estado implica reconocimiento de un orden internacional, asumido como base para la convivencia, pacífica o beligerante, y con órganos reglados que toman decisiones respecto a él y a los ciudadanos de su territorio.

Este orden se ha visto deshecho en múltiples pedazos, desde el mismo momento en que una parte creciente de la ciudadanía desconfía de sus dirigentes, duda del valor de la democracia, los valores tradicionales, la religión, el honor, la Patria. Todo parece haberse vuelto hacia la individualidad, a la necesidad de proteger, no lo que es ajeno a nosotros, sino el círculo más personal, más íntimo: lo mío, mi familia, mi propiedad, mi entorno más cercano.

No solo eso: la información con la que se nos bombardea a diario nos ayuda a creer, confirmando la validez de la creencia, que lo demás no importa, y cuando más alejado, menos aún. Manejamos la información con despego singular; cierto que tenemos mucha, pero la consumimos de inmediato -buena o mala, especialmente si tiene esta última categoría-. Solo cuando la amenaza se ha hecho realidad en nuestro círculo, la afrontamos por unos instantes, incluso magnificándola, hasta que la «autoridad oficial» nos tranquiliza con medidas desproporcionadas, costosísimas, y, con seguridad, inútiles, porque no han sido meditadas, ni tienen otro objetivo que hacernos pasar rápidamente la página de nuestro miedo concreto, para que vuelva a ser difuso.

Tengo que volver a alguna de las ideas expresadas al comienzo de mis reflexiones, para expresar que nuestro sistema de actuaciones no aborda la solución a las amenazas más importantes. Si se tratara de realizar una aproximación sistemática de los riesgos con los que se ve confrontado el habitante de clase media de los países más ricos del Planeta, habría que enumerar, no ya entre los principales,  sino como sustanciales, la amenaza del inminente cambio climático, y la inestabilidad derivada de una economía en crisis que no es cíclica, sino estructural, con generación de desempleos y desajustes laborales de magnitudes tremendas.

No hay debate real ante estas amenazas, ni existe verdadera intención de paliarlas ni atender a sus consecuencias. El incremento de temperaturas del Planeta se estima, por algunos serios científicos, ya imparable -porque no se tomaron medidas a tiempo- y se especula, con fundamento, que el nivel del mar superará un metro respecto al actual antes de final de siglo.

Los desequilibrios frente a la producción y el empleo, alimentados por la fiebre obsesiva del consumo, no han servido para analizar las consecuencias de la globalización de los mercados, la mano de obra barata en algunos países y la visión cortoplacista de la creación de empleos con única base en el sostenimiento ficticio de la sociedad de bienestar, cuya quiebra es inminente.

Lejos de abordar de inmediato medidas correctoras, se sigue dando pábulo a argumentos simplemente negacionistas o recalcitrantemente optimistas, situándolos al mismo nivel que los críticos, a los que se califica de pesimistas -«la Tierra atravesó períodos de glaciación en el pasado en los que el hombre no tuvo influencia alguna» o «la economía está mejorando y se crearán millones de empleos»-. No importa que la realidad se concrete en cambios estacionales insólitos y  que la generación de empleos no alcance, ni de lejos, a igualar ni en cantidad ni en calidad a los perdidos por la tecnificación y la globalización.

En todo caso, afrontar éstas y otras amenazas implica adoptar medidas y organización de medios y recursos que, además de cuantiosos, tienen que ver con nuevos centros de decisión: ya sean económicos, industriales, sociales,…Ni siquiera hace falta que tengan cara y ojos ni posean el refrende de la autoridad ética, técnica o humanística. Internet lo iguala todo, y ayuda a difundir un miedo nuevo, que afecta a nuestra propia identidad, aunque, al mismo tiempo, ofrece el caramelo de compartirla, exhibiéndola, con desconocidos. Las redes terroristas, los círculos infractores, la delincuencia internacional, saben utilizar esta herramienta, tan bien o mejor que quienes la utilizan para «fines legítimos»…alimentar nuestra ansia de consumo.

La seguridad ciudadana está afectada en múltiples frentes y su protección sugiere la necesidad de nuevos mecanismos. Poco que ver con el pasado. Las fuerzas denominadas del orden -uno aquí, por conveniencia de mi relato, Ejército, policía, inteligencia, en cierta medida, la diplomacia…- son llamadas, con frecuencia alarmante, no a resolver los conflictos (que no sería en ningún caso su función), sino a sofocar las manifestaciones del descontento, mejor dicho, de las consecuencias de las amenazas no cubiertas: paros masivos, cierres de empresas, ausencia de protección de desfavorecidos, etc., exacerbados, legítimamente, porque el individuo, ahora, ya no tiene confianza en resolver la situación de precariedad de forma aislada. Tiene miedo, y su miedo convierte a sus manifestaciones en amenaza para otros sectores de la población que, mientras tengan el poder, pretenden ejercerlo ordenando actuaciones de las «fuerzas del orden».

Hay amenazas que parecen más fáciles de cubrir, porque se presentan de forma externa al territorio. La creciente presión de la migración provocada por el hambre, guerras y conflictos ha provocado medidas muy elementales: erección de barreras (comerciales y físicas), muros con o sin cuchillas, sirgas, y la concentración en las fronteras de agentes represores.

No se resuelve así el problema de fondo, quiá -la terrible desigualdad de información, medios y tecnologías, que ha puesto de manifiesto la globalización y la difusión de la información que presenta el bienestar del que disfrutan otras sociedades- . Solo se pretende abortar las manifestaciones, antes de que afecten al propio territorio, intentando salvaguardarlo. Inútil actuación, puesto que el problema de fondo permanece inatacado y, por tanto, crece. Por una parte, se generan nuevas formas de violencia y de sofisticado rechazo a esas invasiones «pacíficas». Por otra, la debilidad y la explotación de la misma por nuevos agentes en el territorio de los migrantes, se exacerba. La «ayuda al desarrollo» se dedica a levantar muros más altos, o a enviar fuerzas de pacificación entre tribus enemigas en Estados sin ley, sin orden.

Hénos aquí en la base de la cuestión. Cualquier riesgo, precisa medidas para eliminarlo o reducirlo, pero esas medidas han de ser adecuadas. En la esfera de las decisiones individuales, el ámbito se ha visto muy restringido; no vale como garantía educarse bien, aplicarse mucho, ser disciplinado con el sistema.  ¿Quién sabe a qué situación se enfrentarán nuestros hijos, no digamos ya nuestros nietos? ¿Cómo orientarlos? ¡Los grandes centros de decisión se han hecho herméticos, la inteligencia colectiva, más torpe! ¡La Universidad no sabe qué enseñar, en realidad, y repite viejos esquemas inútiles, pero emponzoñados de nepotismo y autofagocitación!

Podemos, en principio, reducir mucho el riesgo de que alguien no deseado penetre en nuestro domicilio: alarmas, puertas blindadas, cámaras de vídeo, vigilantes armados. Podemos creer que las tediosas revisiones de equipaje garantizarán que nuestro avión no saldrá disparado por los aires por una bomba que algún descerebrado colocó en su maleta. Tal vez, si suprimimos el tránsito de todo vehículo pesado y amontonamos bloques de hormigón frente a los paseos, eliminaremos la cruel posibilidad de que un fanático enajenado al que prometieron un cielo con huríes no lance un camión contra la multitud en fiestas.

Lamentablemente, acabaremos descubriendo que eliminar totalmente la manifestación de una amenaza es imposible. Nuestra única opción es acotar significativamente las que detectemos y tratar de enfocar las acciones al fondo, al núcleo donde se generan.

La antes enunciada, y bien detectada, amenaza de un cambio climático global, implica decisiones que trascienden de los Estados y, para que resulten efectivas, deberían ser asumidas y satisfechas por la colectividad internacional en su conjunto. Difícil situación, sin antecedentes históricos. La necesidad de modificar de forma drástica y urgente el empleo de hidrocarburos, tanto para la producción de energía eléctrica como combustible preferente para los vehículos, es un reto inmenso. Solo que no caben medidas parciales: serían ineficientes y, en el mejor de los casos, genuinamente egoístas: salve quien pueda.

La normalidad aparente no puede servir de placebo para la tranquilidad. Hay amenazas que están creciendo y estallarán. La desigual distribución de los recursos hídricos, en relación con la población demandante, es ya fuente de conflictos, puesto que el agua es elemento sustancial para la vida y el desarrollo de casi la totalidad de las actividades productivas. Solo que, aún con mayor virulencia que en el pasado, los conflictos por el agua trascenderán de la escala local para alcanzar dimensiones muy graves en ciertas zonas. La disponibilidad del agua ocasiona ya, incluso en países avanzados (véase, España), conflictos serios entre consumidores, y la fijación de un precio justo al recurso está permanentemente sujeto a polémica.

¿Cuál es, en fin, el papel que cabe reservar a los Ejércitos ante nuevas amenazas, en las que no se puede hablar genuinamente ni de la necesidad de defender el propio territorio ante una fuerza organizada, ni aún menos, atacar el de un Estado para sojuzgarlo?

La respuesta es compleja y delicada, y solo puedo apuntar aquí -para no extralimitarme en mi conocimiento de la cuestión- que exige un cambio sustancial de posiciones. Se están empleando recursos militares como fuerzas de paz o como refuerzo (más o menos solapado) a una de las facciones en litigio en países terceros.

No veo futuro a estas actuaciones (en medio-largo plazo). Las decisiones eficientes han de pasar por la ayuda económica y tecnológica y por la implantación (no forzada, asumida por la población residente) de la democracia, que suponga eliminar los focos dictatoriales, reducir desigualdades, favorecer la explotación de recursos propios, elevar fuertemente los niveles educativos y técnicos. Tendrá que eliminarse, por supuesto, cualquier sospecha de injerencia espuria por parte de potencias militares que se sientan autorizadas para participar en conflictos ajenos. Habrá que ser contundente con el control de venta de armas a países terceros. Y, en fin, tendremos que asumir colectivamente que, ya que no se ha sabido actuar de otra manera, vivimos bajo la amenaza constante de una Destrucción Mutua Asegurada.

Termino, pues, con la apelación a la recuperación de los ámbitos de libertad que garanticen el desarrollo de la sociedad y del individuo. La necesidad de seguridad no debe coartar nuestro deseo de libertad consciente, plena. Debemos poner en orden las amenazas y confrontarlas con los medios puestos a disposición para sofocarlas.

El papel de los Ejércitos, de la industria de Defensa, de la diplomacia, de la inteligencia, de las telecomunicaciones, y las múltiples interrelaciones entre los estamentos que tienen que ver con la seguridad, debe ser revisado. No es cuestión de escuchar una sola opinión (y, menos, tan poco cualificada en el tema como la mía), pero el abordaje del tema es urgente, e imprescindible.

Los nanodrones están ya en avanzada gestación y nosotros no podemos seguir con estos pelos.

(1)»Ceguera moral. La pérdida de sensibilidad de la sociedad líquida», Zygmunt Bauman y Lenidas Dnskis, Wd. Paídos, 2015

FIN

—

El ave que hoy utilizo como complemento ornitológico (excéntrico) a mi Comentario principal es un agateador común (Certhia brachydactyla). Es una suerte encontrarlo, tanto por u relativa escasez en nuestros predios como por su capacidad mimética, a la que añade su pequeñez. Pesa alrededor de 10 g y mide poco más de 12 cm. Por el plumaje moteado diría que es un joven, a la busca de insectos xilófagos en el jardín comunitario. Su pico, fuertemente curvado hacia abajo, pone de manifiesto su especialización en hurgar bajo la corteza suelta.

Si se tiene ocasión de oir al macho de estas aves singulares en momento de flirteo, sorprenderá por sus floreos argumentales, que pretenden resultar, como propio de todo seductor, irresistibles para el objeto de su adoración.

Cuando me encontraba haciendo las prácticas de alférez en Mallorca, estando de jefe del retén de incendios, fuimos advertidos de un incendio que se había presentado en una zona montañosa de la isla, y a la que se nos ordenó acudir a sofocarlo. Me dirigí hacia allá, con la rapidez que nos concedieron los vehículos todo terreno que tenía a mi disposición, con el equipo de soldados de reemplazo que se encontraban en el cuartel. Pronto me convencí que la principal función que me correspondía era la de conseguir que ninguno de aquellos jóvenes resultara lesionado. Así que, manteniendo una prudente distancia respecto al frente de fuego, ordené que se talaran algunos árboles, para improvisar un cortafuego.

Lo hicimos con ardor, disciplina y dedicación insuperables.

Sofocado el fuego, por la intervención experta del cuerpo de bomberos y varios vecinos voluntarios, me sentí profundamente afectado cuando el propietario del terreno, reclamó mi presencia. Me dio un abrazo y me felicitó efusivamente: «Mi sincero agradecimiento a Vd. y a su compañía, alférez. Me han librado de esos árboles que me impedían la vista del mar desde mi chalet y que el alcalde se empeñaba en prohibirme cortar».

 

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Amenazados por la seguridad

26 diciembre, 2016 By amarias Deja un comentario

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La probabilidad de que seamos víctimas de un atentado perpetrado por un fanático islamista conduciendo el camión que acaba de robar a punta de pistola, ha aumentado en los últimos años. Sigue siendo, desde luego, muy pequeña (sin necesidad de calcularla con exactitud, intuyo que será del orden de trillonésimas) (1).

Sin embargo, y especialmente a los que vivimos en la inopia occidental, nos preocupa muchísimo. Por supuesto, muchísimo más que los atentados mortíferos que se producen casi a diario en aquellos países en donde el credo musulmán ha estallado en facciones irreconciliables y a los que no hace mucho tiempo aún, los Estados más ricos de la desunida Europa consideraban colonias.

No quiero minimizar el tema, sino que trato de ponerlo en su dimensión, si es que podemos realizar ese ejercicio de ponderación.

Es lógico que nos preocupe la seguridad, aunque lo es menos que identifiquemos seguridad con la necesidad de protegernos frente a los ataques indiscriminados, que son, por consenso, aquellos que se producen contra la «sociedad civil». Esta construcción sesgada del concepto ha desarrollado en nuestro entorno la desagradable sensación de que corremos riesgo en cualquier sitio, y de que cualquiera puede vulnerar nuestra paz individual. Desde el de las Torres Gemelas, cada nuevo atentado se apoya sobre la escalera de los precedentes, y la inquietud sube peldaños, a pesar de los mensajes estereotipados que apelan a mantener la calma, e incluso antes de que se investigue la autoría y sus perversas razones.

La amenaza de la seguridad es, paradójicamente, el reflejo irónico de la situación. Con el mismo título que ahora utilizo, un profesor de la National Law School of India University, Chandan Gowda, escribía en 2007, un lúcido artículo sobre el tema, que rememoraba una escena de la película Milana, de la productora Kannada, en la que, el protagonista, al atisbar un mendigo ante el complejo residencial de Bangalore, en donde tenía un apartamento, gritaba, angustiado: «¡Seguridad!».

La tensión entre la sensación de poder y la ansiedad por sentirla amenazada, crece, no solo por las amenazas reales sino, también, aunque no me atrevería a exponer taxativamente que como razón principal,  porque los «encargados de la seguridad» se encargan de potenciarla, generando pro doquier la necesidad de protección, porque todos tenemos algo que perder, desde propiedades a la vida.

Animados por esta corriente alcista de inseguridades, en todas partes -grandes centros comerciales como pequeños comercios del ramo, vagones de metro y entradas de discotecas tanto como de restaurantes, entidades financieras como filantrópicas, estadios deportivos de la capital del reino como ferias de pueblo de chicha y nabo- se ven personas uniformadas, ataviadas con porras, pistolas, esposas y walkietalkies,  dispuestos, «a defendernos».

Solo que hemos perdido la referencia, y no sabemos ya bien de qué nos defienden.

En realidad, deberíamos saberlo, pues la respuesta se encuentra en la formulación de la propia pregunta. Reconozcámoslo: nos defienden de nosotros mismos. Porque todos nos hemos convertido en sospechosos, y aceptamos el ser observados como tal por cualquier agente, sin importarnos su cualificación, formación e intención, la mayor parte como detentadores improvisados de una autoridad de procedencia difusa.

Como el enemigo potencial es genérico, así lo son los supuestos medios de defensa y, en consecuencia, adquiere una complejidad y diversidad indefinida el elenco de quienes se arrogan tanto la decisión de protegernos como la de protegerse ellos. Hemos convenido, en un apriori ridículo, que nuestro mundo está poblado por presuntos delincuentes. Puede ser el vecino, el colega de empresa, un miembro de nuestra familia, o el mismo ministro de Interior. Nos parece ahora imposible  discernir qué circunstancias o móviles transformarán al inocuo prójimo en un estafador, un ladrón o un asesino.

Para salvar nuestra honestidad puesta en entredicho, dóciles hasta extremos indescriptibles, dejamos, con rostro impávido, que el billete de cincuenta euros que entregamos a la cajera para pagar la compra del supermercado, recién salido de la máquina expendedora de la entidad bancaria que especula con nuestro dinero, sea paseado una o diez veces por la máquina detectora de falsificaciones. Haremos cola, sumisos como borregos camino del esquileo, para pasar por un arco de la vergüenza antes de entrar en el recinto de exposiciones o conferencias, prestos para vaciar de los bolsillos el llavero, la billetera y depositarlos junto al cinturón y el móvil en una bandeja. Por supuesto, casi nos desnudaremos, después de despedirnos de la colonia y el botellín de agua mineral, antes de abordar el avión que nos deberá conducir hasta cualquier destino, porque nos han convencido de que así disminuye el riesgo de que la máquina voladora no explotará a medio camino.

La desconfianza se habrá generalizado, pero los resultados prácticos son mínimos frente a la versatilidad del mal que nos acecha, atento a descubrir agujeros en la malla protectora. Vigilaremos, sí, al vecino, pero solo para enclaustrarnos más en nuestro  miedo al otro, aislándonos. Nos protegeremos en el anonimato, en la masa impersonal, renunciamos a nuestra individualidad, para no ser detectados.

Y, para colmo, ni siquiera sabríamos qué hacer, si nos aventuráramos a actuar como miembros voluntarios de una Stasi descabezada,  con el resultado de nuestra improvisada investigación. ¿Denunciarlo a la policía? ¿A qué policía, si admitimos que es inoperante, y que se limitará a rellenar un formulario cuyo desarrollo posterior nos causará solo molestias? ¡Si, cuando somos víctimas de un robo, nos llenan la casa de polvo en busca de huellas que no conducen a ningún resultado!

Mejor no actuar, no saber, no querer, mantener un perfil bajo con el que pretender pasar desapercibido. No hay que fiarse de nadie y, en especial, de aquellos que tienen otro color de piel, hablan otra lengua, manifiestan otra forma de pensar, tienen afinidades culturales, sociales, sexuales o patológicas que no compartimos, pertenecen a una agrupación social o deportiva distinta a la de nuestra devoción, profesan o se confiesan próximos a una religión diferente, vienen de otro pueblo, ciudad, provincia o nación…

—

(1) Si alguien quiere tomar la molestia de estimarla con más exactitud, -reto tipo de las aplicaciones del teorema de Bayes para calcular la probabilidad de sucesos condicionados-, tenga en cuenta que la población mundial se acerca a los 7 mil millones de individuos, de los que no más de un 15% son devotos, en variados niveles, de la religión musulmana. De entre éstos, habiendo incluido como seguidores del Alá de Mahoma a algunos a los que no habría que calificar, sensu strictu,  de tales, no parece razonable  admitir que más de cien mil estén fuertemente radicalizados. En elucubración aún más exigente, no deberíamos admitir que más del tres o cuatro por ciento de entre ellos estuvieran dispuestos a inmolarse, al mismo tiempo o después (abatidos por la policía en un control posterior) de haber cometido un atentado. Si, además, imponemos la condición de que ese estúpido fanático suicida tenga la oportunidad de asaltar a un camionero, apropiarse de su vehículo, conducirlo a toda velocidad por el paseo de una ciudad en la que se esté celebrando una fiesta o una ceremonia multitudinaria, y que nosotros nos encontremos casualmente en ella, las opciones de que seamos utilizados como bucos emisarios de su hiperdevota imbecilidad, son realmente escasísimas. De trillonésimas.; es decir, de 1 entre un trillón, que es 1 millón de billones, la unidad seguida de 18 ceros.

(2) Las lavanderas son aves que señalan el fin del otoño entre nosotros, y nos llegan, en buena parte migrantes, para ocupar durante el invierno espacios próximos a los tíos y aguazales (bellísima palabra, que sirve para significar los charcos de lluvia), pero también parques y jardines, en donde se consagran a una búsqueda incesante de insectos, con pasos acelerados y vuelos cortos, moviendo su cola como una agachadiza.  A diferencia de la mayoría de las paseriformes, y a pesar de estar casi todo el tiempo moviéndose a ras de suelo, no parecen tenernos miedo, y se dejan aproximar por niños y adultos curiosos, para moverse súbitamente, con un aletear rápido, posándose un par de metros más allá, lanzando ocasionalmente un grito suena como «tsii», mas bien metálico.

Las lavanderas son, como su nombre sugiere, más fáciles de encontrar junto a las corrientes fluviales relativamente tranquilas, en donde encuentran más fácil alimento. En algunos sitios, se las llama pajaritas de las nieves, pititas. Entre aficionados a la ornitología, se distingue a las dos especies más comunes, según el color de su plumaje, como motacilla alba o cinerea (esta última, llamada popularmente lavandera cascadeña, es menos abundante, con obispillo y vientre amarillos)

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Cuento de invierno: Viviendo entre amenazas

19 febrero, 2014 By amarias Deja un comentario

El nombre de País de la Tranquilidad no debiera llamar a engaño. Aquella época alegre y despreocupada, en la que -según decían las antiguas crónicas- bastaba con meter, con mínima pericia, la mano en el arroyo más cercano para sacarla con una trucha atrapada entre los dedos, o los frutos de los melocotoneros y naranjos se pudrían en el suelo porque nadie se molestaba en agacharse a cogerlos, había quedado atrás.

El País de la Tranquilidad estaba, hoy en día, sometido a muchas amenazas. Era una sensación difusa, imprecisa, pero que había cobrado cuerpo en todos sus habitantes. que se habían vuelto recelosos.

La fama que habían adquirido tampoco les beneficiaba, porque seguía siendo un atractivo irresistible para los habitantes de otros países, en los que la hambruna, la falta de recursos y la desesperación eran aún superiores.

-Ayer, a pleno día, han robado en casa de mi vecino -era un comentario que podía oírse en la mercería de la esquina, mientras la propietaria del negocio envolvía los seis botones que le acababa de comprar una cliente, y que iban destinados a ser cosidos en una chaqueta de ante a la que había hecho recortar los faldones en una sastrería especializada en arreglos, regentada por unos comerciantes cochinchinos.

-Dice la policía que los ladrones son bandas organizadas extranjeras que disponen de llave maestra de cualquier puerta de seguridad -ratificaba, en otro lugar y momento, exponiendo su información, el encargado del concesionario de automóviles a la cajera, quien le acababa de traer un café con azúcar de la máquina expendedora y con la que, dicho sea de paso, tenía una relación sentimental.

-En un programa de televisión han explicado que esos individuos envían la fotografía de las cerraduras a una empresa italiana y, a vuelta de correo,  contra reembolso, les mandan la llave maestra. Actúan en grupos de tres personas, y mientras uno vigila la calle, los otros dos entran en el piso. Prefieren pisos altos, van directamente a la habitación principal  y usan la escalera, no el ascensor, para evitar el encuentro con un vecino – podría ser la explicación que, para completar el dibujo del panorama, ofrecía el técnico en comunicaciones avanzadas que había sufrido un ERE la semana pasada y estaba esperando. mientras tomaba una cerveza,  que, de un momento a otro, le avisaran de que su esposa se había puesto de parto.

El Comité de Seguridad del País de la Tranquilidad estaba al tanto de la preocupación ciudadana y, por eso, llevaban reuniéndose, en una sesión de las llamadas permanentes, desde hacía más  cinco años. Habían avanzado mucho en su tarea: tenían localizadas muchas de las amenazas, y detectado la mayoría de las vulnerabilidades.

-Antes de tomar una decisión -expresó aquel día de enero su Presidente, repasando sus notas- es imprescindible establecer prioridades, puesto que nuestros recursos son muy limitados.

-La mayor amenaza a la que nos enfrentamos es, sin duda, la del cambio climático, que puede derretir los polos, elevar la altura del mar más de seis metros, inundar los pueblos costeros y calentar la  superficie de la Tierra en más de seis grados.

-No estoy de acuerdo -replicó el Jefe del Estado Mayor de los Ejércitos-. El riesgo más alto que sufre nuestra sociedad es el de la guerra atómica, en la que los países del arco fanático quieran probar la eficiencia de sus armas nucleares atacando uno de nuestros aliados.

-Quiá -mantuvo, con firmeza, el Comisionado de la Federación de Empresarios que, por cierto, venía de declarar ante el Tribunal justiciero por una presunta apropiación de las cuotas de los asociados, y que habría empleado en un viaje a las Hébridas con su concubina-. El máximo peligro de nuestra sociedad es la invasión de los productos corniculianos, a precios ridículos, porque sus salarios son la décima parte de los de nuestra clase trabajadora.

A pesar de que llevaban tantas reuniones, analizando amenazas y vulnerabilidades, no conseguían ponerse de acuerdo en establecer las prioridades, porque todos los peligros les parecían de muy alta importancia. Cuando ya declinaba el día, un asistente muy joven que, al parecer no había sido invitado porque no formaba parte del Comité, dijo en voz muy alta:

-¿Será de alguno de Vds. un todoterreno azul que se está llevando la grúa?

Hubo un silencio, y varios de los presentes salieron corriendo, asustados.

FIN

 

 

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Guachimén

27 noviembre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Aquí los llamamos guardias de seguridad, y nos hemos acostumbrado a verlos en múltiples lugares. En los aeropuertos, suburbanos y estaciones de autobús o ferrocarril, en los establecimientos comerciales, en las oficinas de las entidades financieras, en las asambleas de todo tipo, a la puerta de las discotecas, en cualquier acontecimiento que suponga congregaciones más o menos multitudinarias. No pertenecen a los cuerpos armados del Estado ni a los de cualquiera de las Administraciones públicas: no son miembros del Ejército, ni policías, ni guardias civiles.

Defienden intereses particulares. Sobre todo, los de los propietarios de los locales de negocio: controlan sus entradas y salidas, realizan cacheos con arcos voltaicos o con sus manazas a los visitantes sin atender a sus razones, abren sus bolsos y desparraman sus pertenencias con morbosa ostentación y, en casos particulares, pueden retener circunstancialmente a los presuntos infractores de leyes no siempre escritas.

Su función principal no es actuar, -se dice- sino disuadir, amedrentar con su sola presencia, sus corpulentas estructuras, sus pistolones, sus gestos amenazadores, a los posibles malos para que no osen penetrar en los recintos que protegen. Pero, en realidad, están destinados más bien a llevar tranquilidad a los pacíficos, para que consuman sin temores.

Desde antes de que se hicieran habituales entre nosotros, ya conocíamos de su existencia, porque, en muchos países en los que la seguridad personal no está en absoluto garantizada y se concentra la gente de bien, -en los restaurantes, y salas de fiestas-, sobre todo, se encontraban apostados a la entrada, luciendo sus aparatosas escopetas, unos tipos a los que se llamaba vulgarmente guachimén (watchmen). Mantenían a raya a los posibles delincuentes, creando un espacio protector para los que disfrutaban en los locales, haciéndoles creer que nadie les interrumpiría en su gozo, y que, del camino de su coche blindado al interior del local y viceversa, no les ocurriría nada que hubieran de lamentar, salvo la resaca posterior para recuperarse, tal vez, de sus cogorzas.

Un reciente artículo de Manuel Vicent(EP 24 nov 2013) me trajo a la memoria a los guachimén. En esencia, como tengo dicho, especiales guardias de seguridad que garantizan, con su presencia pistolera, que las gentes que disponen de medios suficientes para disfrutar de un buen rato fuera de casa en un lugar de alterne, no serán molestados por los que, ya que no los tienen, pueden sentirse tentados a irrumpir en sus vidas aguándoles la fiesta.

El artículo, que se publica en la columna de colaboraciones de la última página, se titula «Zombis». Los hay, escribe Vicent, «pobres y ricos». La reflexión del articulista es sencilla, pero demoledora: Mientras en la sociedad española aumenta, a pesar de lo que ven los ojos oficiales, el número de pobres, de desharrapados, de gentes que no ganan para vivir, hay unos cuantos que disfrutan de bonanza. Estos últimos, son los «zombis ricos», que «entran y salen de los restaurantes, joyerías y tiendas exclusivas en las millas de oro, aparentemente felices».

Aquí está el tema. La sociedad se está separando en dos sustratos, que se están disociando, como sendos precipitados químicos, de la masa que forma la mayoría silenciosa, el disolvente en el que están embebidos. Están, por un lado, los que no ven motivos de preocupación por la crisis (al contrario), que no son muchos e incluso son algunos menos de los que ya eran; y, por otro, los más pobres, que son bastantes más de los que ya eran y que no ven finales de túneles, sino solo oscuridades hondas.

Vicent cree ver en los ojos de los zombis ricos, un asomo del temor de que, mientras ríen, felices, en los bares y restaurantes, como si nada fuera con ellos, les estén observando los ojos de los que pasan hambre, y, que «su fiesta sea asaltada mañana por una turba de mendigos»

Puede que a esos que no quieren ver la desgracia ajena, tapados los ojos por su propia opulencia, crean erróneamente que el tema no va con ellos, y estén tentados de llamar a más y a más guachimén para que los protejan mientras disfrutan, zombis, aislados de lo que pasa fuera. Podrán hacer construir muros más altos, instalar en sus bordes cuchillas y concertinas ordenar a los guardianes que repartan más mamporros.

Se equivocan si hacen eso, se están equivocando porque lo hacen ya. La solución al posible conflicto entre zombis ricos y pobres tiene que venir por otros lados, no de más guachimen ni muros de aislamiento. De esa forma no se evitará el «estallido social» del que «algunos advierten que la carga explosiva está ya en el aire a la espera inminente de la chispa» capaz de producirlo. (1)

Estamos en un país civilizado, ¿no? Hemos aprendido de la historia, ¿no?

—
(1) Los entrecomillados provienen todos del texto de Manuel Vicent.

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Cuento de otoño: Optimo y Posible

19 noviembre, 2013 By amarias2013 1 comentario

Esta es la historia de dos amigos, que se llamaron Optimo y Posible. Estaban siempre juntos, lo que no se debe interpretar como que estuvieran siempre de acuerdo. Optimo era, como su propio nombre indica, exigente, perfeccionista, severo y un tanto plasta. Posible era pragmático, intuitivo, hedonista y bastante descuidado.

En realidad, para qué vamos a ocultar la verdad: Optimo y Posible solo estaban de acuerdo en sentarse a analizar las opciones de hacer cualquier cosa. Llegado el momento de ponerlas en práctica, cada uno seguía su camino. Lo habían hecho siempre así, desde niños: había que ver a Posible jugando con un taco de madera, y convenciéndose de que tenía un coche entre las manos y a Optimo, afanado en sacar lascas con una navajita de las que regalaban para la Primera Comunión a varios pedazos de roble, en la pretensión de fabricar un Alfa Romeo como los de la tienda de Maese Trillo, propósito que, como se puede suponer, no conseguía culminar.

Cuando se hicieron mayores, ambos, que habían terminado brillantemente la carrera de ingeniería (opción superior), se emplearon en sendas empresas energéticas y, como eran brillantes como centellas, no tardaron en llegar a jefes de departamento. A Optimo se le encomendó la dirección del departamento de Máxima Rentabilidad y Responsabilidad Social Corporativa, en una empresa de energía eólica.

A Posible le asignaron el departamento de Opciones Inmediatas y Seguridad Garantizada en una empresa de energía nuclear.

Si el lector está preocupado algo, aunque sea muy poco, por las cuestiones energéticas, podrá deducir que los altos ejecutivos de las empresas habían acertado bastante bien al nombrar a cada uno de nuestros protagonistas guardando atención a sus cualidades sicológicas más aparentes, lo que permitía atisbar el éxito de sus respectivas gestiones futuras.

Sin duda, los test de respuesta a situaciones simuladas que debería encontrarse posteriormente en la vida real (seguir una secuencia numérica, adivinar hacia qué lado se orienta la próxima figura en una serie de polígonos, deducir quién es el más simpático de una relación de delincuentes, etc.) había permitido detectar lo más relevante de sus personalidades.

Como se conocían tan bien, sin embargo, y eran tan brillantes, dedicaron mucho tiempo a analizar el trabajo del otro, poniendo serias objeciones. Cuando se reunían en la Comisión Mixta para tomar decisiones respecto al futuro, Optimo no solo defendía lo buena que era la energía eólica, la necesidad de aumentar las subvenciones hasta que fuera rentable y la vinculación social de su empresa con los animales vertebrados, sino que expresaba, sin venir a cuento, que la energía nuclear era peligrosa, productora de residuos altamente contaminantes y, a pesar de lo que se creía por el vulgar de los mortales, obsoleta.

Por su parte, el ingeniero Posible, metiéndose a su vez en el terreno de su amigo el ingeniero Optimo, dedicaba algo de tiempo a expresar que las centrales nucleares eran inversión de utilización probada, inmediata y segura, incluso por los importantes estudios que se estaban realizando en centros de investigación confidenciales sobre el control de los residuos de alta radioactividad. La mayor parte de su intervención, cuando tenía público, la concentraba en opinar que la energía eólica era una tecnología trivial («de chicha y nabo», era su expresión concreta, junto a «conocida desde los tiempos de Carracuca»), cara a rabiar y de producción caprichosa e impredecible como la propia naturaleza, por lo que no es que necesitase una energía de apoyo, sino que si alguna fuente energética debería ser marginal, era la de los molinillos de acción ventosa.

El Presidente de la Comisión Mixta, que era licenciado en derecho y economía con matrícula de honor en todas las asignaturas, pero no entendía mucho de tecnologías (aunque algo había aprendido en los seis meses que le habían encargado tan importante posición), se desesperaba con las interminables discusiones. No conseguía que se pusieran de acuerdo y tampoco se encontraba con conocimientos para tomar una decisión, habida cuenta, además, de que los intereses que había detrás de cada una de las empresas que representaban Optimo y Posible eran de lo más complejo, que es lo mismo que decir, delicado.

Los dos parecían tener razón, porque los argumentos que ponían sobre la mesa (mucho más elaborados que lo que reflejamos aquí, pues esto es solo un relato resumido, como una especie de Resumen Ejecutivo de esos que nadie lee, porque son obvios), estaban bien construidos y eran convincentes como puñetazos de campeón de los pesos welter al de los pluma, o pellizcos de monja teresiana a la niña de ojos verdes, por poner solo dos metáforas que no vendrán a cuento, pero encajan de maravilla, literariamente hablando.

Así que, como ambos defendían bien sus parcelas, razones y elucubraciones, y nadie estaba dispuesto a quitárselas ni a ponérselas por capirote o saltárselas por encima o por debajo de los ijares, el País de los Propósitos Bien Intencionados, desarrolló una estructura energética duplicada. Redundante, como es su nombre técnico más preciso. Excesiva o desproporcionada, como se indicaría si fuera el caso de hablar para andar por casa.

Llevados de la mano de Optimo, llenaron el país de aerogeneradores, allí donde había la menor brizna de viento, artefactos de dudoso valor estético que ventilaban con sus aspas los campos y las dehesas (cuando hacía viento), pero pocas veces podía aprovecharse tanta energía como proporcionaba la madre de todos los vientos, pues no se necesitaba.

Por supuesto, conducidos por Posible hacia las bondades de la energía nuclear, mantuvieron en actividad las centrales existentes, perfeccionaron las técnicas de tratamiento y, en su caso, ocultación en las profundidades abisales, de los residuos más contaminantes, y, por supuesto, aunque no se consiguió vencer el parón nuclear decretado in illo tempore, exportaron la tecnología (utilizando simuladores avanzados) a países mucho menos desarrollados, lo que creó algunos puestos de trabajo temporal de alta especialización en el extranjero. Sin embargo, como la producción de energía era excesiva para las necesidades del país, que se encontraba (debíamos haberlo dicho al principio, pero va ahora) en una isla y estaba sumido en una depresión sicológica, la mayor parte del tiempo las instalaciones estaban paradas o casi, aunque por motivos de garantía de seguridad, las inversiones de mantenimiento alcanzaban cifras muy elevadas.

Pasaron unos años, y Optimo y Posible se hicieron algo mayores, por lo que, llegada la edad de cincuenta y cinco años (o así), ambos pasaron a la situación de pensionistas, siendo sustituidos por gente más joven que tenía mucho que aprender. Habían conocido a varios Presidentes de las Comisiones Mixtas y podían estar contentos de haber defendido, cada uno, su parcela, y conseguido creación de valor para los accionistas de sus respectivas empresas.

Coincidían frecuentemente en el Centro de Mayores, donde aprendían a bailar chotis y a freir un huevo, leían los periódicos del día y hacían sudokus y mandalas cada vez más complicados.

Era una tarde de otoño y todo invitaba a la filosofía.

-Debemos estar satisfechos de haber cumplido con nuestro deber -dijo, de repente, Optimo, que parecía haber estado meditando sobre la influencia de la sustitución del cangrejo de río autóctono por el americano en el gusto de la paella valenciana.

-¿Qué deber teníamos, Optimo? -preguntó Posible a su íntimo amigo, levantando los ojos de la máquina tragaperras en la que había conseguido cien mil puntos y dos corazones. Preparaba automáticamente su contraataque, guiado por la costumbre.

-¿Y tú me lo preguntas, Posible? -Optimo se había quedado por un momento con la mente en blanco, porque empezaba a afectarle el Alzheimer, y tardó en encontrar una respuesta-. Defender, con toda nuestra ilusión y conocimientos, que sabíamos hacia dónde íbamos.

-Pues aquí estamos -dijo en voz casi inaudible el otro, ocupado en obtener el tercer corazón, que suponía un premio de diez euros-. Así que nos equivocamos.

La lluvia, que repicaba en los cristales, recordaba algo al poema de Antonio Machado, ese de la monotonía. Y aunque era otoño, parecía una tarde parda y fría de invierno.

(Nota.- Este Cuento no refleja necesariamente mi opinión personal al respecto, limitándose a ofrecer un motivo de distracción; si el lector encuentra en el mismo motivos para la reflexión, debe considerarse el único culpable de tener tan buen criterio).

(FIN)

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En vos confío

7 marzo, 2013 By amarias2013 1 comentario

El «estallido» de varias botellas de oxígeno en la Clínica La Milagrosa de Madrid, en donde está hospitalizado el Rey Juan Carlos, convaleciente de una operación de hernia discal, ha desatado especulaciones sobre el origen de ese incidente, que causó al menos cinco heridos, y obligó a desalojar la unidad de cuidados intensivos.

Sucedió el 6 de marzo de 2013,a las 7h 45 min. Las crónicas del reino indican que innmediatamente, se desplazaron al sitio cinco dotaciones de bomberos, cuatro ambulancias del SAMUR, varios coches de policía, un hospital de campaña, se acordonaron las calles y aceras (la Clínica está situada en el centro de la ciudad), y se atendió a los afectados por las inhalaciones de humo y por las quemaduras de vapor.

No se más. La dirección del Hospital ha afirmado que, «se informará de las causas de incidente tan pronto se conozcan» y que «a partir del medio día el Hospital funciona normalmente», sin que «en ningún momento la seguridad del Rey se ha visto amenazada«.

La mía, sí. El Rey y la mayor parte de sus súbditos podrán dormir tranquilos, pero yo no.

Vengo denunciando, desde hace varios años, ante los organismos llamados competentes, que la manipulación de gases licuados en los hospitales y clínicas de Madrid -y no solo en los centros hospitalarios y supongo que también en toda España, porque la desidia es mal de general propagación- no cumple con las medidas de seguridad. Lo hice incluso en los periódicos, enviando fotografías de irregularidades y, en un caso, de un accidente, que he tenido la ocasión de presenciar en directo.

Sin mucho éxito, aunque debo reconocer que, en algunos casos, se han reforzado los muros de contención ante eventuales implosiones o explosiones de gases, se han incorporado carteles más grandes o cegado algunas ventanas por las que se arrojaban, inconscientemente, colillas encendidas sobre los depósitos sucios.

Las irregularidades, en mi opinión técnica, son múltiples: situación de depósitos de oxígeno de gan tamaño sin guardar las distancias mínimas -con las propias dependencias hospitalarias, incluso-, o sin que se indiquen (ni, por supuesto, cumplan) las limitaciones de acceso o la prohibición de fumar en sus proximidades; cargas mientras se produce el tránsito de peatones y coches; suciedad de todo tipo en los recintos donde se produce la carga y manipulación; almacenaje conjunto de botellas de gases licuados diferentes, y sin los adecuados anclajes; válvulas en mal estado; etc.

En la época de la anterior dictadura, las familias se pasaban de piso en piso unas imágenes de las que la más popular era la del Corazón de Jesús, que se entronizaba en los hogares. «Corazón de Jesús, en Vos confío», era la jaculatoria más socorrida, por la que se invocaba la protección permanente del Altísimo, en pretendida evitación de todo mal.

En esta sociedad no creyente, indolente y ácrata, confiamos ahora en que la casualidad nos proteja. Es decir, seguimos desconfiando de la obra bien hecha, en la seriedad de los controles, en el cumplimiento de la normativa, para apelar a la protección de lo desconocido.

En cada frontispicio, en cada despacho funcionarial, en cada dependencia municipal o empresarial, en cada hogar, con letras en tinta simpática que la hacen invisible, parece que hay escrita esta frase increíble:

«Venerable Casualidad, en vos confío y a vuestra invisible protección me someto, para que no suceda ese accidente del que, conociendo los riesgos, no hago nada por evitar. Y si, como por pura Probabilidad es seguro que acabará sucediendo alguna vez, te ruego que, por mor del inextricable Azar, me pille lejos, para no tener que ofrecer explicaciones».

Publicado en: Sanidad, Sociedad Etiquetado como: bomberos, clínica La Milagrosa, gases licuados, heridos, hospital, imcumplimiento, implosión, Juan Carlos, Madrid, manipulación, oxígeno, quemaduras, seguridad

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