IX
El primer poema de encargo lo escribí aquella noche
en que por no ceder aunque la culpa era mía
me dejaste plantado en mi orgullo.
Si supiera escribir, rezongaste llorando,
mientras recogías intenciones,
bragas y deseos debajo de la cama.
Cuando te fuiste me miré en el espejo
y vi un rostro muy desorientado.
Salí del lugar para advertir que eras tú
la que se reproducía entre los pliegues,
llenaba los recovecos de mi imaginación,
pedía similitud en toda cara,
impidiéndome otro quehacer que el pensar a tu lado.
Solo con mi desazón, tus argumentos resurgían
provistos de mazo y sólido atractivo,
arrinconándolos, sin medirse, a los míos,
y un aroma de hembra enamorada
era el único adorno respetable
de esta pensión de mala suerte.
Así que tu vacío me ocupó todo el día,
comí lo poco que había en la heladera
y al hacerse de noche, aún espero
a que vuelvas, me perdones, que reincidas.
(Poemas de encargo, Angel Manuel Arias, abril 2005)
