«Cuando todavía estábamos entre vosotros, os dimos esta norma: el que no trabaje, que no coma» (Segunda Carta de San Pablo a los Tesalonicenses, 3-10).
En un país con más de 6 millones de desempleados, no he encontrado una frase que refleje con mayor empaque y rotundidad que, en un día como hoy, la población «trabajadora» y, en especial, los responsables de las asociaciones sindicales y empresariales, los jerifaltes de los gobiernos de las cosas públicas como de las privadas, y por contagio expansivo, toda la comunidad de los que tengan aún trabajo, no tienen ningún motivo para celebrar nada.
No hay ninguna conquista del pasado que nos pueda hacerse sentir orgullosos, ninguna perspectiva de futuro que nos sirva de tranquilidad. La sociedad debe analizar con seriedad su forma de valoración del trabajo y, muy posiblemente, cambiar sus premisas.
Ya. No necesito ser un experto en los temas bíblicos para entender que el bueno de Pablo pretendía animar a sus fieles a que no remonolearan, dieran todos el callo, y que, si alguien pretendía holgazanear y tener asiento frente al puchero, le castigaran dejándolo sin las lentejas, o al menos, sin postre.
Podía servir, incluso hasta no hace mucho, para poner en claro que el avance societario es tarea de todos, teniendo en cuenta que no contábamos ni con la información de lo que se estaba haciendo con los frutos de nuestro trabajo, ni podíamos barruntar siquiera las consecuencias de la globalización, ni había trascendido demasiado desde las catacumbas del capitalismo (y sí asimilábamos la vergüenza de haber comprobado que el socialismo convergía con él). Tampoco era posible comprender qué razones tenían los gobiernos de los estados que se decían amigos para utilizarnos como rehenes de sus intereses
Se han caído los velos. La situación es hoy, tan distinta de la imaginada como ideal, que no valen fórmulas celestiales ni apelaciones mágicas. El trabajo remunerado, como forma de repartir una parte de las plusvalías generadas por la colectividad entre los que contribuyeron a ello, ha evidenciado su profunda crisis.
En resumen acelerado: No hay trabajo bastante, el que hay es de cualificación variable y oscura naturaleza y (esto no es tan nuevo) su distribución y retribución se controla por centros de poder que lo administran en su principal beneficio.
Tanta desolación intelectual, no me impedirá poner un acento, sin nostalgia, en aquella infancia en que alguien se encargaba de proporcionarnos la educación que debería haber servido para hacernos posteriormente sus cómplices.
Pongo el ejemplo en una canción de aspecto inocente, tomada de la película de Blancanieves y los siete enanitos. Estos últimos eran mineros (no creo que de ahí venga mi vocación) y trabajaban, como sabe el lector, en una mina de diamantes. Resulta muy onomatopéyica la versión inglesa: «To dig, dig, dig, dig, dig, dig, dig is what we really like to do. It ain’t no trick to get rich quick»…que terminaba así: «But we don’t know what we dig ‘em for».
La versión española era esta: «Cavar en la mina quiero yo, cavar no acabas nunca no. Cavar de sol a sol, más con todo te puedes arruinar si pierdes el control. .. y sin saber porqué razón, cavamos con ilusión».
Propongo a mis lectores el ejercicio de comparar la exacta traducción del original inglés con la adaptación con la que se encandiló a los niños españoles (he comprobado que en otros países hispanoparlantes se utilizaron otras letras).
Y, aunque no lleguen a alguna conclusión, dénle, por un instante, un par de vueltas a este pensamiento con inevitables tintes ácratas: Primero de Mayo, Día Internacional del Ayuno.
