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Buen día, mi Cáncer

4 febrero, 2017 By amarias 5 comentarios

Los enfermos de cáncer y nuestros acompañantes sabemos que hoy, el 4 de febrero, es el Día Mundial del Cáncer. Tengo diagnosticado desde hace ya un año y medio un cáncer óseo metastásico, de origen prostático, que me está siendo tratado en el Hospital Ramón y Cajal, en Madrid. La atención que estoy recibiendo en ese Centro, tanto por el equipo médico como por el auxiliar es impecable. Igualmente, no tengo sino elogios y agradecimiento para el personal del Hospital de Día Pedro Muguruza.

He recopilado como un documento único los Consejos para acompañantes y para enfermos de cáncer que publiqué, en este mismo blog. Creo que pueden ser útiles y, desde luego, agradecería su difusión.

Guia para acompañantes y para enfermos de cáncer

Querría, además, con esta ocasión, llamar la atención sobre el grave riesgo de deterioro súbito de la atención sanitaria en España. El esfuerzo de los facultativos, el derroche de empatía y dedicación personal no puede ocultar estos graves problemas, que, por lo que tengo contrastado, son comunes a toda la sanidad española.

Primero.- La gestión de los recursos sanitarios es débil, insuficiente y, en muchos aspectos, inexistente. Es especialmente grave en cuanto a la renovación del personal sanitario, y a la satisfacción de los derechos laborales de los empleados. Resulta patético, alarmante y descorazonador, saber que existen responsables médicos de departamentos hospitalarios que están contratados como interinos, o no se les reconocen sexenios, o incluso, tienen precarios contratos que se renuevan cada año. La situación es aún más grave a niveles auxiliares: conozco casos en los que el contrato que se les ofrece es mensual.

Segundo.- Los servicios de analítica, exploraciones radiológicas, tratamientos, etc., están gestionados, en abrumadora mayoría, por eficiente -incluso, eficientísimo- personal sanitario, pero que se encuentra en edad de jubilación o que ya la ha superado hace uno o más años. Su experiencia, conocimientos, simpatía y proximidad al paciente, son sustanciales. Sostienen la calidad asistencial más perceptible por el paciente. No existe, sin embargo, la dotación necesaria para su reemplazo (ya exigible legalmente), y, con plena consciencia del problema, pero sin que tengan interlocutores con capacidad de resolverlo, ven con preocupación que pasa el tiempo sin que se haya contratado a personal sustituto, al que pudieran trasladar su saber hacer, garantizando así la calidad en la continuidad de su servicio. Cuando un colega recibe, por fin, la baja laboral por jubilación, los que aún no la tienen o no alcanzaron la edad, ven aumentada, sin más, su carga de trabajo. No pueden ser sustituidos en igualdad por jóvenes de segundo o tercer año de las escuelas de enfermería, ni siquiera por recién egresados sin experiencia suficiente. Es imprescindible un programa serio de reemplazos. Los pacientes están sufriendo, y sufrirán aún más, las consecuencias. Los profesionales, también, porque se les confronta con situaciones de estrés evitables.

Tercero.- Los equipos físicos no son sometidos, con la regularidad exigible, a los programas de mantenimiento preventivo o paliativo adecuados y, algunos, están señaladamente obsoletos, deteriorados, o no se corresponden con la máxima calidad tecnológica del momento. En consecuencia, no siempre las exploraciones realizadas a los pacientes tienen la calidad requerida, se obtienen datos confusos o equivocados, algunas máquinas están colapsadas y otras esperan sine die la revisión que las vuelva a poner en uso.

Cuarto.- Existen salas en donde los pacientes a la espera del tratamiento se hacinan, en espacios manifiestamente insuficientes. Es una situación variable, según especialidades: algunas, en condiciones que no dudo en considerar tercermundistas, es decir, dramáticas, generadoras de tensiones y malestar, cuando no afectando a las necesidades de intimidad que exigen las exploraciones médicas. Aquí se detecta también, junto a la escasez de medios, la necesidad de coordinación. Cierto que se advierten esfuerzos (variables según las autonomías, pues no hay que olvidar que la atención sanitaria está transferida) para conseguir la informatización total de los servicios, de las citas, del control asistencial, de las operaciones, de los ingresos y estancias hospitalarias…pero falta una supervisión médica (reforzada por un equipo multidisciplinar con capacidad y experiencia), pragmática, inteligente, para evitar duplicidades, esperas, repetición de ensayos innecesaria; en fin, para coordinar recursos y alcanzar la  eficiencia óptima, relacionada con el máximo bienestar y la menor carga emocional de pacientes, acompañantes…y sanitarios.

Quinto.- Es necesario hacer referencia, en estas notas, a la investigación oncológica española, al tratamiento de la información disponible y a la coordinación de los centros hospitalarios y los de investigación. Se debe actuar, al menos, a nivel español, aunque sería deseable oficializar la relación con centros internacionales, confiada hoy a la inquietud e impulsos personales de los facultativos más concienciados de los efectos saludables de una buena coordinación sanitaria. La tremenda presión sobre los facultativos que están en contacto con los pacientes impide, o dificulta gravemente, el que puedan dedicar tiempo a la búsqueda de información, atender a su propia formación (en un sector que perfecciona métodos y tratamientos casi a diario), sin depender casi exclusivamente de las presiones o consejos de las farmacéuticas , y, aún peor, sin encontrar respuesta general a la exigencia de coordinar la investigación y centralizar y potenciar el sereno análisis de los millones de datos que se acumulan en los expedientes sanitarios. Cierto que tenemos figuras cualificadas y reconocidas, incluso mundialmente, pero me estoy refiriendo a la necesidad de impregnar todo el sistema sanitario, especialmente en lo oncológico, de un espíritu común, y hacerlo de manera oficial, reglada, no confiándola a los impulsos personales -originados por su deontología propia-, de los profesionales, que, por su naturaleza, serán de alcance limitado.

Me consta el esfuerzo que se está haciendo por parte de una mayoría del personal facultativo. No quiero, además, que se interprete que este mensaje de urgencia, implica -sensu contrario- ensalzar la atención privada respecto a la pública. En absoluto. Al contrario. Tenemos una sanidad pública excepcional, y, en general, mejor que la privada: en experiencia, cualificación, atención, medios, y dedicación facultativa al paciente.

Los centros hospitalarios, además, no son hoteles y lo que deben ofrecer es, ante todo, asistencia para la curación de enfermedades y dolencias, material quirúrgico, tratamientos avanzados, etc. Valoro, por supuesto, el que la habitación en donde tengo que tratarme o recuperarme de una intervención fuera individual y que mi cama (tal vez con el sistema elevador en malfuncionamiento) sea ubicada en una sala múltiple, separada de otras con mamparas o sábanas, que los servicios sanitarios estén inmaculadamente limpios a cualquier hora del día, que se encuentren libres de cucharachas y dípteros (y, de un elenco de bacterias patógenas), y me encanta, claro que funcionen los dispensadores de jabón y haya papel en ellos. Aplaudiría que los ascensores que me llevan a las plantas no se encuentren permanentemente colapsados, la siñaléctica sea actuaizadal y precisa y que las cabinas donde debo prepararme para la exploración no estén en los pasillos.

Pero eso no es tan importante como que el hospital donde me atienden de mis dolencias tenga un personal facultativo de primera línea y con equipos modernos e información totalmente actualizada. Al menos, cuidemos eso. Presionar para que la calidad asistencial sanitaria no se desplome es responsabilidad de todos, no solo de los pacientes; desde luego, no solo de los sanitarios.

Buen día del cáncer, amigos,

 

Publicado en: Actualidad, Sanidad, Sociedad, Tecnologías Etiquetado como: cáncer, dia, hospital, oncología, pacientes

En el día de la mujer trabajadora, haciendo un repaso

9 marzo, 2016 By amarias Deja un comentario

Hace 5 años, en mi blog Alsocaire, escribía esta entrada:
«En el día de la mujer trabajadora, haciendo un repaso»
08 de marzo de 2011 –

Ni siquiera lo que es objetivamente bueno, lo es sin matices.

El reconocimiento de la igual capacidad de ambos sexos, venida de la posición menos rotunda de no discriminación de la mujer y, en algunos sectores, encastrándose hacia la insolente discriminación positiva, no tuvo un camino fácil desde el desprecio hacia lo femenino.

Porque la mujer se consideró, en una mutación de valores provocada en no se sabe bién en qué momento de la historia, más débil, más frágil, menos inteligente. Un objeto hermoso; alguien necesitado de protección especial; un ser de poco o ningún valor, no apto para la guerra, aunque sí para el trabajo; una esclava; una prostituta o un objeto carnal; un estorbo; la mitad en valor de un varón…

No alardeemos de nuestra hipotética sensibilidad para defender lo más adecuado para resolver todos los casos. Hay anécdotas archirepetidas que sirven para apuntar hacia luces y sombras, abriendo polémicas que resultan muy del gusto de los que a todo le quieren dar la vuelta sin profundizar en el meollo.

En su momento (ayer, 1931, Congreso de los Diputados), cuando se abrió -con las reservas de quien no está seguro de que el vino no se haya agriado después de cientos de años en las barricas abandonadas en los sótanos de lo que es más urgente, oportuno o conveniente- el debate sobre el sufragio femenino, Victoria Kent y Clara Campoamor, las dos únicas diputadas de aquella República heroica, discreparon sobre lo que era mejor. Ambas tenían razón, posiblemente.

Se nos llena hoy la boca con la defensa de la paridad de sexos en los Consejos (mujeres: Alicia y Esther Koplowitz y las hijas de la segunda, Ana Patricia Botín, Amparo Moraleda, María del Pino, Covadonga O´Shea,…; pero también podíamos apuntar a cómo se eligen los hombres más capaces, tantas veces después de pasar los filtros del linaje y calibrar la fuerza de los dineros).

Nos llevamos las manos a la cabeza ante tanta violencia de género (aquí corren más peligro las Merylin, Betsabé, Celia Ignacio,…; pero no se puede generalizar: entre los asesinos hay gentes de orden con permiso de armas, amantes despechados hábiles con la navaja o el martillo).

Estamos aún lejos de las 3 mujeres asesinadas a diario, en escalofriante promedio, en Turquía, (ese país cuya cercanía nos es imprescindible a la Europa bamboleante). Puede que lleguemos, si nos obstinamos en hacer publicidad de la locura, del desprecio al otro, de la «prostitución consentida», de «fórmulas para disfrutar plenamente del sexo» en las que la mujer cuenta como adminículo. Puede que lleguemos, si animamos a los adolescentes a que sigan los instintos de su naturaleza… y si, desde las alturas, confundimos igualdad de género con técnicas de folclore electoralista.

A favor del trabajo de la mujer, por supuesto. Pero, aún más, a favor del acceso sin trabas a la cultura, a la formación, al ocio. A favor de que la mujer, a igualdad de tarea, gane lo mismo que el varón de idéntica capacidad y desempeño, por supuesto. Pero no a costa de que el («gran») empresario se beneficie más porque tenga la opción de elegir entre mayor oferta de trabajo.

A favor de que la mujer pueda realizarse con un trabajo adecuado, digno (qué palabra), leal, útil, remunerado adecuadamente. Claro. Pero no presentando como si fuera un logro su acceso a los Ejércitos, al frente de las batallas, a los trabajos más duros, las tareas de máximo riesgo. Y también a favor de otras formas de realización que no impliquen necesariamente trabajar para otro, sino por otros. Para varones como para hembras.

Hay tanto por hacer…se cuelan tantas voces que distorsionan el mensaje. Convivimos con tantas trampas, que a veces, creyendo avanzar, giramos en tiovivo.

 

Publicado en: Mujer Etiquetado como: celebración, dia, mujer, mujer trabajadora

Cuento de primavera: Una celebración singular

1 mayo, 2014 By amarias Deja un comentario

En el reino de Valgamediós se celebraba la Fiesta del Trabajo. Había sido una conmemoración muy importante, equivalente a la del día de la Inmaculada, el Corpus o el Jueves Santo. Con el transcurso del tiempo, sin embargo, esas fiestas seguían siendo motivo de jolgorios, aunque ya nadie recordaba el motivo.

Especialmente curioso era la situación generada en relación con esa Fiesta del Trabajo. Se la llamaba así porque, de acuerdo con la costumbre ancestral, se exaltaba el hecho -aunque surgían dudas acerca de su verdadera existencia histórica- del día, perdido en la memoria colectiva, en que a todos los valgamediosinos en edad de trabajar, y con ganas de hacerlo, les había sido posible encontrar un puesto de trabajo «digno, adecuado a su formación y sus necesidades».

Ese logro se atribuía a siglos de lucha sindical, durante los cuales, según rezaba el imaginario, se había estado presionado con contundencia, unidad y juego de cintura, a la «clase empresarial». Se presentó, durante muchos años, como demostración de la fuerza, el poder y la efectividad que conseguían quienes dependían de su trabajo para poder vivir, si estaban unidos.

¿Frente a quién?. El dilema parecía resuelto. La inmensa mayoría debería defender sus intereses (trabajo a cambio de remuneración, remuneración a cambio de bienestar) frente a un grupo minúsculo, pero potentísimo, formado por los empresarios, también conocidos como  capitalistas, a los que solo preocupaba la obtención del máximo beneficio, mezquino objetivo en el que estaban auxiliados por algunos de los más listos y capacitados, que habían estudiado en centros de formación y sectas misteriosas cómo conseguirlo.

Si bien muchos habitantes de Valgamediós no conocían los orígenes de lo que celebraban, lo más preocupante ya no era eso. Tenían un grave problema: no había, prácticamente, trabajo. Tal vez algunos creían que si se trataba de un dios, Trabajo volvería si lo invocaban con fuerza.

¿Cómo se había llegado a esta situación? Al principio, evolucionó suavemente. Durante algunos años, las mejoras tecnológicas fueron reduciendo sustancialmente la cantidad de trabajo disponible; las máquinas venían a reforzar el trabajo de operarios y oficinistas, que se sintieron muy satisfechos porque su actividad era más descansada y de mayor calidad.

De pronto, un día, miles y miles de valgamediosinos se encontraron con que fueron despedidos. Las máquinas y los que se encargaban de su correcto funcionamiento -que eran muy pocos- ocuparon su sitio, y a ellos se les consideró amortizados.

-No hay problema -se les tranquilizó, de forma anónima- os facilitaremos conseguir otra formación y os seguiremos pagando algún tiempo.

Así fue como muchos aprendieron a ser cocineros, camareros, peluqueros, modistos, programadores y delineantes de chichas y nabos, etc. Algunos se hicieron emprendedores con el dinero que habían recibido como indemnización

Demasiado tarde, advirtieron que esas tareas, que se consideraban «auxiliares», eran pan para hoy y hambre para mañana. Muchas de ellas, además, habían sido declaradas anteriormente indignas y abandonadas en manos de inmigrantes, mujeres y desnortados, como las de cuidar ancianos, atender a infantes, limpiar cacas y cristales, pasear al perro y a la abuela, etc.-

Para los que habían abierto una peluquería, pronto resultó evidente que la competencia era feroz y que el negocio no existía.

Las actividades denominadas «cualificadas» exigían, por otra parte, una especialización y formación continua y, además, al crecer la oferta, por la ley de la demanda, su remuneración disminuía.  Había que estar poniéndose continuamente al día para entender el manejo de los equipos, máquinas y programas que mentes privilegiadas de países donde se concentraban las mejores Universidades e Institutos Tecnológicos, estaban desarrollando sin parar.

Muchos fueron los que sucumbieron, física y mentalmente: por desánimo, por desorientación, por ignorancia, por despecho. Las causas fueron tan variadas, que resultaba imposible enumerarlas a todas.

Los debates para analizar posibles soluciones no daban el resultado apetecido, pero proporcionaban una visión sociológica muy interesante.

-No puedo más. He aprendido ya catorce lenguajes informáticos, asistido a diez cursos de robótica, y ampliado mi formación con tres diplomas de gestión óptima de recursos físicos, y me he vuelto a quedar sin empleo. Me dicen siempre oficialmente que mi puesto está amortizado y que tengo que reconvertirme-comentaba, en la reunión semanal de Intercomunicación de Perspectivas con Propósitos Permanentes de Encontrar Soluciones Proactivas y Protopragmáticas (IPPESPP), una mujer de treinta y tres años, que se había presentado a los asistentes como madre soltera de un bebé de cuatro meses.

-Mi caso es peor -hablaba un hombre de cuarenta y siete años, divorciado, ingeniero nuclear, que expresó haber estado residiendo los últimos cuatro años en Ghuanzou, en la China meridional-. Me quedé sin trabajo, junto con todo mi equipo, porque la multinacional que me empleaba estima ahora que los ingenieros locales, a los que yo formé, pueden hacer lo mismo o mejor, pero con la mitad del salario. Y no tengo derecho a subsidio de paro, porque la empresa dejó de pagar la contribución que correspondía.

-Nada de lo vuestro es comparable a lo mío -se levantó el que, aunque confesó tener sesenta y siete años, aparentaba casi ochenta-. No tengo pensión.  Recibo treinta vales de pan, dos kilos de sardinilla y sesenta frascos de cola azucarada de una institución benéfica. La residencia geriátrica en la que está mi mujer, enferma de Alzheimer, carece de servicio regular de agua y su ocupación es del 300 por ciento. Cultivo de tapadillo patatas, acelgas y zanahorias en una parcela del parque del Mediodía, y recojo restos de comida de los contenedores de basura. Perdonadme si hiero vuestra sensibilidad, pero desearía morirme -concluyó.

-¿A qué te dedicabas? -preguntó uno de los asistentes, que llevaba un libro de poemas de Rainer Marie Rilke en una mano.

-La pregunta importante no es esa -le contestó el anciano-, sino ¿para qué estamos haciendo todo esto?

A unas cuantas decenas de metros de allí, los representantes sindicales de Valgamediós habían conseguido reunir a algunos cientos de personas, y repetían, con voces tonantes, el mismo discurso que los años anteriores. Había banderolas de colorines, y varias pancartas con leyendas en las que podía leerse: «Agrupación Sindical Renovada de Carbuncos de Abajo», «Sindicalistas por la Unidad Definitiva» y «Parados del Mundo, jodéos» (Esta última había sido retirada por la organización).

-Hemos hablado con la clase empresarial y nos ha prometido que es probable que no haya más reducciones de puestos de trabajo, o que las que sea forzoso realizar, debido a la coyuntura, sean de empresas en donde no haya miembros de los sindicatos mayoritarios. Podemos afirmar rotundamente que tenemos garantizado nuestros puestos de trabajo. No debemos temer que la crisis nos afecte a nosotros. Incluso estamos negociando un acuerdo específico para conservación indefinida de los derechos de los representantes sindicales.

Una mujer que estaba siguiendo desde una terracita el despliegue de discursos y banderas, gritó, y su pregunta resonó, hecha ecos, en la plaza:

-¿Para qué estamos haciendo todo esto?

No había, como quedó escrito, muchos empresarios en Valgamediós. Era muy difícil organizar una actividad partiendo de cero, y las posibilidades de perder el dinero y el trabajo resultaban tan altas, que muy pocos valgamediosinos se habían atrevido a crear una empresa propia.

Si lo hacían, no importa se tratara de un bar, una mercería, una peluquería o un taller de artesanía local, desde ese mismo momento, pasaban a ser considerados capitalistas por los demás, y, como en un acto reflejo, no dudaban en ponerles todo tipo de zancadillas, para hundirles lo que llamaban «el negocio»: compraban los productos que aquellos ofrecían en las grandes cadenas, o en comercios orientales o los recuperaban del armario de la abuela, alegando que eran de mejor calidad, más atractivos o más baratos, o la excusa que se les ocurriera de repente.

No todo era negativo: había jóvenes que habían conseguido, gracias a su creatividad e ingenio, inventar algo. Se les podía ver, con su mercancía expuesta a la luz del sol, en el Valle de los Inventores, esperando que acudiera algún comprador, como quien vende baratijas. Cuando llegaba la noche, muchos se emborrachaban y, con la fuerza del alcohol y de los dopantes, seguían creando y alimentando ilusiones.

A la entrada del Valle de los Inventores, alguien había colocado una cinta con esta leyenda:

Why are we doing all these things?

Los propietarios de los grupos multinacionales, integrantes del cártel Biggest World Tycons (BWT) se encontraban celebrando también el Día del Trabajo en un lugar no determinado de un paraíso fiscal.

-Levanto mi copa -expresó, al final de la comida anual, su Presidente, Theo Lattim, con evidente satisfacción- porque los próximos años sigan en este camino emprendido, ya imparable, de incremento exponencial de beneficios. Estamos a punto de conseguir que la mano de obra se haya reducido a carácter testimonial en los países antes desarrollados, ahora concentrados en el consumo. Conseguiremos captar todos sus ahorros y los seguiremos invirtiendo en crear empresas en los países emergentes, donde sus trabajadores son dóciles a pesar de sus bajos salarios.

Resultó un momento desagradable para la concurrencia, -que su hija, Patricia Kolomoski, atribuyó a la mezcla explosiva de senectud y alcohol- cuando su padre, que seguía siendo presidente honorario de un imperio comercial que extendía sus redes por toda Africa, Asia centroccidental, Estados Reunidos Americanos y Restos Nucleares de la Vieja Europa, se levantó de su silla, tambaleante, vertió el contenido de su copa sobre el impoluto mantel, y preguntó en voz alta:

-¿Sabe alguno de Vds. para qué hacemos todo esto?

La Fiesta del Trabajo siguió celebrándose un año más.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias, Sin categoría Etiquetado como: cuento, cuentos de primavera, desempleo, dia, exaltación, sindicatos, trabajo

Primero de Mayo, Día Internacional del Ayuno

1 mayo, 2013 By amarias2013 4 comentarios

«Cuando todavía estábamos entre vosotros, os dimos esta norma: el que no trabaje, que no coma» (Segunda Carta de San Pablo a los Tesalonicenses, 3-10).

En un país con más de 6 millones de desempleados, no he encontrado una frase que refleje con mayor empaque y rotundidad que, en un día como hoy, la población «trabajadora» y, en especial, los responsables de las asociaciones sindicales y empresariales, los jerifaltes de los gobiernos de las cosas públicas como de las privadas, y por contagio expansivo, toda la comunidad de los que tengan aún trabajo, no tienen ningún motivo para  celebrar nada.

No hay ninguna conquista del pasado que nos pueda hacerse sentir orgullosos, ninguna perspectiva de futuro que nos sirva de tranquilidad. La sociedad debe analizar con seriedad su forma de valoración del trabajo y, muy posiblemente, cambiar sus premisas.

Ya. No necesito ser un experto en los temas bíblicos para entender que el bueno de Pablo pretendía animar a sus fieles a que no remonolearan, dieran todos el callo, y que, si alguien pretendía holgazanear y tener asiento frente al puchero, le castigaran dejándolo  sin las lentejas, o al menos, sin postre.

Podía servir, incluso hasta no hace mucho, para poner en claro que el avance societario es tarea de todos, teniendo en cuenta que no contábamos ni con la información de lo que se estaba haciendo con los frutos de nuestro trabajo, ni podíamos barruntar siquiera las consecuencias de la globalización, ni había trascendido demasiado desde las catacumbas del capitalismo (y sí asimilábamos la vergüenza de haber comprobado que el socialismo  convergía con él). Tampoco era posible comprender qué razones tenían los gobiernos de los estados que se decían amigos para utilizarnos como rehenes de sus intereses

Se han caído los velos. La situación es hoy, tan distinta de la imaginada como ideal, que no valen fórmulas celestiales ni apelaciones mágicas. El trabajo remunerado, como forma de repartir una parte de las plusvalías generadas por la colectividad entre los que contribuyeron a ello, ha evidenciado su profunda crisis.

En resumen acelerado: No hay trabajo bastante, el que hay es de cualificación variable y oscura naturaleza y (esto no es tan nuevo) su distribución y retribución se controla por centros de poder que lo administran en su principal beneficio.

Tanta desolación intelectual, no me impedirá poner un acento, sin nostalgia, en aquella infancia en que alguien se encargaba de proporcionarnos la educación que debería haber servido para hacernos posteriormente sus cómplices.

Pongo el ejemplo en una canción de aspecto inocente, tomada de la película de Blancanieves y los siete enanitos. Estos últimos eran mineros (no creo que de ahí venga mi vocación) y trabajaban, como sabe el lector, en una mina de diamantes. Resulta muy onomatopéyica la versión inglesa: «To dig, dig, dig, dig, dig, dig, dig is what we really like to do.  It ain’t no trick to get rich quick»…que terminaba así: «But we don’t know what we dig ‘em for».

La versión española era esta: «Cavar en la mina quiero yo, cavar no acabas nunca no. Cavar de sol a sol, más con todo te puedes arruinar si pierdes el control. .. y sin saber porqué razón, cavamos con ilusión».

Propongo a mis lectores el ejercicio de comparar la exacta traducción del original inglés con la adaptación con la que se encandiló a los niños españoles (he comprobado que en otros países hispanoparlantes se utilizaron otras letras).

Y, aunque no lleguen a alguna conclusión, dénle, por un instante, un par de vueltas a este pensamiento con inevitables tintes ácratas: Primero de Mayo, Día Internacional del Ayuno.

Publicado en: Actualidad, Sociedad Etiquetado como: ayuno, Blancanieves, dia, Día Internacional del Ayuno, enanitos, internacional, San Pablo, Tesalonicenses, trabajo

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