Todos hemos tenido ocasión de ver alguno de los magníficos documentales del National Geographic en los que varias leonas persiguen a un antílope -más veloz en carreras largas, pues los carnívoros consumen demasiada energía para mantener el ritmo más allá de unos pocos minutos-, disponiéndose a lo largo del recorrido más probable de su presa, y compartiendo el resultado final de la caza conjunta.
Otros animales también cazan en grupo, siendo las hienas y los licaones los depredadores que practican, por excelencia, esa modalidad de persecución a una víctima. A estos últimos dedico esta reflexión.
Un solo licaón no caza antílope ni facóquero
El licaón (lycaon pictus), el perro salvaje africano, es relativamente pequeño, con un peso entre 20 y 40 kg. La envergadura no es muy diferente de la de un pointer o un podenco enjuto y, como ellos, aunque mejorando las prestaciones de estos cánidos domésticos, su cualidad más notable es la carrera de fondo. Por su tamaño, podría creerse que se dedica a presas menores, pero en realidad, no desdeña atacar a ningún animal, por grande que sea.
Tiene unas mandíbulas tan poderosas que pueden romper los huesos más duros y su coeficiente de mordida, es el más alto de los mamíferos carnívoros (a salvo, se dice, del diablo de Tasmania, -sarcophilus harrisii-, marsupial parecido a un perro con cabeza desproporcionada).
La ferocidad y habilidades de los licaones alcanzan su verdadera dimensión porque cazan en manadas, que superan los 20 ejemplares. En grupo resulta el depredador más efectivo de la naturaleza, pues falla en menos de 1 de cada cinco veces que lo intentan. Aunque individualmente son excelentes corredores, y muy resistentes, en la persecución a sus presas lo hace de forma coordinada, tomando la delantera, atajando espacios algunos miembros de la manada, sobre el grupo principal de perseguidores y acosado.
Cuando consiguen atrapar a su víctima, mientras alguno de los licaones la sujeta por la cabeza y la cola, la mayoría se lanza sobre el vientre de la infeliz, y la destripa; sin llegar matarla, por lo que puede decirse que es devorada aún viva. Una técnica de caza colectiva que depuran y perfeccionan con la experiencia, que les permite no desdeñar impalas o antílopes, e incluso, cuando la manada alcanza su plenitud como depredador coordinado, cebras, búfalos o ñúes.
Aunque no se ha podido encontrar fotográficamente la evidencia, los habitantes humanos de las sabanas africanas que los tienen por convecinos, están seguros de que, como las hienas manchadas (crocruta crocruta) -que pueden triplicarlos en tamaño y rivalizan en ferocidad y coordinación de masas-, los licaones cazan hasta leones que son, sin embargo, junto a los cocodrilos y las mismas hienas, sus enemigos naturales.
He aquí, pues, un ejemplo de cómo el trabajo acometido en grupo potencia la consecución de objetivos. Un licaón que actuara aislado tendría muy escasas, o nulas, posibilidades de lograr cazar una pieza tan ágil como un antílope o provista de colmillos tan peligrosos como el facóquero o facocero. En manada, sin embargo, alternando los esfuerzos y agotando los de la presa, ésta tiene pocas posibilidades de escapar viva.
Quiero llamar la atención, también, sobre una especial circunstancia. Hay que creer a los masari y a otros representantes tribales de los territorios en donde cazan los licaones, cuando afirman que, si se encuentran con un león o una hiena, los persiguen también. No los comerán, en ese caso, si consiguen atraparlos, porque no les gusta su carne. Eliminan, con ello, simplemente, competencia.
En el mundo de la empresa, la coordinación de esfuerzos resulta imprescindible para abordar los objetivos más ambiciosos. Refiriéndonos a la investigación aplicada, al desarrollo de nuevos productos, a los avances en materiales o tecnologías sofisticadas, la imaginación humana ha descubierto, desde los años 90 del pasado siglo, el interés de los clúster industriales.
Un clúster puede asimilarse a una manada empresarial heterogénea que se fija metas que sabe que solo puede conseguir en equipo. No está formada por empresas del mismo sector, ni con iguales características. El punto de unión es la complementariedad y, adicionalmente, la ubicación en un mismo espacio físico.
Gracias al análisis previo de las ventajas y debilidades individuales, se estructura una estrategia conjunta que permitirá incorporar nuevos elementos a las cadenas de producción, tecnologías y procesos que sirvan al crecimiento de todos sus miembros, respetando, sin embargo, los sectores que constituyen el objeto social de cada uno.
Pertrechados con herramientas de uso compartido, robustecidos con nuevos elementos que habrán surgido del trabajo o la investigación conjunta y que incorporarán a sus cadenas de producción propias, las concentraciones territoriales de empresas, ponen en valor sus ventajas comparativas como grupo en sectores concretos, consiguiendo mejorar sus competitividades y aumentando las capacidades individuales de resistencia.
No es una propuesta ingenua, sino que hay que advertir de sus limitaciones. Lo que los humanos persiguen con sus empresas no son piezas sencillas, ni tienen características tan bien determinadas como las gacelas, o los cuacóqueros. Tampoco es fácil saber si los competidores más peligrosos serán los leones, los cocodrilos, la falta de recursos financieros, el crecimiento desmedido en corto plaza, o muchos otros de los fantasmas de medio pelo, que se mueven al acecho de los que se mueven por la pradera, amparados en quién sabe qué artes.
Por eso, tanto si se trata de actuar en clúster como de forma independiente, no se puede olvidar la prudencia en la mochila de empresario. Antes de lanzarse a pisar un nuevo terreno, que se desconoce si resultará pantanoso o firme, y en vez de comprobar en propias carnes si habrá sido plaza previa de cocodrilos, tiburones o leones, échese mano de la sensatez.
Servirá para acomodar los objetivos a las fuerzas de que se disponga y a las características del emprendimiento -conocimientos, finanzas, dimensión del mercado potencial, análisis de la competencia, etc.-. Que, como ingredientes tan necesarios como los principales, habrán de incorporarse a la inteligencia, la dedicación, y las capacidades de reacción y resistencia que a todo buen emprendedor, como se decía del valor al soldado, se le presupone.
Incluso si el territorio ocupado resultara atractivo para algún león, hiena o cocodrilo empresarial, y se aventurara por él despreciando las señales disuasorias, que se atenga el intruso al riesgo de resultar, él mismo, víctima en lugar de victimario.
