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Estrategias salvajes. (Epílogo). Propuesta de estrategia para civilizados. Previsiones (1)

25 marzo, 2016 By amarias 1 comentario

Desarrollo aquí las ideas generales sobre cómo evolucionará, con alta probabilidad, el escenario de interactuación de los seres humanos en el siglo XXI. Puede que, incluso, en el siglo XXII. Es un plazo cortísimo, considerado desde la perspectiva de nuestra evolución como especie.

Por eso, su título y, por eso, también, la necesidad de realizar dos puntualizaciones: es mi previsión, sin que haya que darle otra validez o importancia que la que le conceda el lector y su propia cualificación para valorar y decidir; y se refiere a la tendencia de los elementos sustanciales, no a los más evidentes, y, por supuesto, no a todos, que señalan las lineas evolutivas de la humanidad en su conjunto. ¿A dónde va la especie, si siguen actuando las mismas fuerzas directoras, y con la inercia o potencia que se detectan hoy, 25 de marzo de 2016, Viernes Santo?

Previsiones del desarrollo, principalmente, a corto plazo, de aquellos elementos sociales, económicos, éticos y filosóficos que considero sustentan la evolución de la humanidad.

Los principales factores de evolución de la humanidad en el momento presente, son fáciles de detectar, y enumero ocho, que separo en dos grupos de forma artificial (solo para evitar un párrafo demasiado largo):

Primer grupo: 1) el desplazamiento de las modalidades de trabajo y su retribución en los países occidentales por la tecnología, no solamente digital; 2) el incremento exponencial de la monetarización impropia de las economías orientales por la masiva exportación de productos elaborados, gracias a su mano de obra barata y a la incorporación de la tecnología; 3) el agotamiento de muchas materias primas juzgadas esenciales para el sostenimiento de algunos países, o su sustitución por alternativas no controladas por ellos; 4) la globalización parcial de la economía, generando tensiones inimaginables en el intercambio de productos y modificando las ventajas comparativas con extrema rapidez;

Segundo grupo: 5) la existencia de dos bloques económicos con distintos presupuestos ideológicos y las dificultades de plasmar un modelo conjunto de cooperación y crecimiento; 6) el cambio climático, que, debido a la muy probable incapacidad de controlarlo, supondrá aún mayores necesidades y sufrimientos para las poblaciones más pobres; 7) la resistencia hedonista a replantear, con solvencia, el empleo que se está haciendo del concepto de la ética universal, y 8) el aumento en la escasez o en la distribución desigual de agua, alimentos y otros elementos en amplias zonas del planeta (provocando mayor incremento de muertes, emigración desesperada, guerras).

En conexión con lo ya expuesto, detectamos la existencia de estrategias salvajes que, aplicadas por los colectivos humanos, pretenden tomar ventaja de algunas situaciones.

La alimentación de los pulgones por las hormigas es, sin duda, la estrategia que subyace en la compra masiva de propiedades agrarias en Africa  (y otras zonas), con el apoyo del gobierno chino. No es la única vez que se aplica, al contrario, es una de las estrategias más habituales: la ha seguido y sigue Japón en algunos países latinoamericanos, con el apoyo a centros educativos o asistenciales y la obtención de contraprestaciones en otros terrenos de los que obtener beneficios mucho más relevantes; las colonias y protectorados de los que los países de centro Europa han hecho amplio uso en Africa, América y Asia: Inglaterra,  en Egipto, India, Pakistán, Bangladesh; Francia en Marruecos, Argelia, Camboya, Vietnam,..; Bélgica en Ruanda, Burundi, Zaire; Alemania en Tanzania, Tanganica, Camerún, Togo, Samoa, …entregadas por el Imperio después de la primera guerra mundial a los vencedores. (1)

Podría citar también a España y Portugal, con sus conquistas trasatlánticas, que arrebataron territorios ajenos utilizando armas incluso misteriosas, o a los colones ingleses exterminando a los pobladores nativos en Estados Unidos, pero la diferencia entre estas actuaciones y las anteriores es que se concentraron en el siglo XV y XVI las primeras y, la enumerada en segundo lugar, durante el XVII y XVIII. Este trabajo no es un tratado de Historia. Quiero ir a lo elemental, esto es, a lo básico.

La estrategia de conquista y explotación ha tomado forma más sutil en tiempos más recientes. Se empleó, en apariencia, el modelo de ocas voladoras, si bien, con peculiaridades que lo caracterizarían como «modelo forzado de las ocas voladoras». Los consorcios y las empresas más activas de países  avanzados tecnológicamente, a partir sobre todo de la mitad del siglo XX, empezaron a implantar sus instalaciones en los países menos desarrollados. Se beneficiaban así de la legislación permisiva o inexistente (en tema fiscal, laboral, jurídico, ambiental, etc,), de la mano de obra mucho más barata para producción de bienes que importaban, semielaborados o elaborados a sus países de origen y preparaban también el acceso al mercado interior de las zonas «colonizadas» tecnológicamente.

Esos modelos deben considerarse positivos en sus efectos. El caso de Japón y de los denominados dragones asiáticos ya fue analizado. Alemania también lo utilizó en China, con éxito. Estados Unidos utilizó un modelo combinado de oca voladora y dragón de Komodo, con una sensibilidad que, cuanto menos, se puede calificar peculiar respecto a los demás países que tienen como eje el principio activo de considerarse, gracias a las dos guerras mundiales, artífice global de la economía, líder mundial con capacidad para hacer y deshacer, al menos, hasta hace muy poco.

No es posible despreciar el análisis de la concentración de gases perniciosos en la atmósfera terrestre, por efecto de la combustión masiva de combustibles fósiles, que significaron el apoyo principal a la revolución energética, que impulsó el desarrollo de algunos países a niveles nunca alcanzados, provocando el mayor desequilibrio económico de la historia de la Humanidad y la amenaza cierta de una debacle extendida.

La estrategia salvaje seguida en este caso, se interpreta ahora por algunos como que se cerraron los ojos a los efectos que se estaban provocando hasta que se detectó que eran ya, en la práctica, irreversibles, es la propia del avestruz. Para quienes me hayan seguido hasta aquí, entenderán que opine, más bien, que es la estrategia salvaje de la avispa de las abejas.

No traté esta «estrategia del avestruz», que, por cierto, ha sido siempre interpretada tendenciosamente. El animal no esconde la cabeza, cuando se ve amenazado de cerca, pretendiendo así no ver el enemigo depredador. Lo que sucede, detectado por zoólogos es que, para que su gran envergadura -la cabeza del adulto, gracias a su alargado cuello, se eleva por encima de los dos metros- no le delate, se oculta entre la vegetación, y baja la cabeza hasta el suelo.

Reinterpretada la estrategia de las empresas contaminantes, y de los países que podían haber impuesto restricciones a sus emisiones, no fue la de «esconder la cabeza para no ver el peligro», fue la de esconderla a sabiendas para que no les vieran lo que estaban haciendo, conscientes de sus efectos.

En cualquier caso, las largas y tediosas negociaciones entre los países más contaminantes y los que aún están en fase de desarrollo y poseen recursos para quemar, vienen a demostrar que los acuerdos que se alcanzan son débiles, no tienen carácter vinculante, y como la amenaza está ya declarada cierta y próxima, se puede adelantar que antes de finales del siglo XXI la temperatura media de la Tierra subirá, al menos dos grados o dos grados y medio.

Los efectos de este aumento térmico serán terribles, y provocarán mayores desigualdades, inundaciones, hambrunas,…pero favorecerán a algunos países, que verán la opción de incorporar nuevos territorios y recursos (para seguir explotándolos) y que no se verán afectados sino positivamente por el aumento de temperatura.

—-

(1) Es una relación que no pretende ser exhaustiva, ni seguramente recoge siquiera los países que más se han distinguido en la explotación de otros. Faltan, por omisión voluntaria en este momento, aquellos que, partiendo de las zonas del Este han colonizado, arrasado o sojuzgado, tanto a vecinos como a distantes.

(continuará)

Publicado en: Actualidad, Economía, Internacional Etiquetado como: cambio climático, colonización, conflictos, contaminación, estrategia, estrategias, mundo, salvajes

Estrategias salvajes (8): Un solo licaón no caza antílope ni facóquero

22 marzo, 2016 By amarias 3 comentarios

Todos hemos tenido ocasión de ver alguno de los magníficos documentales del National Geographic en los que varias leonas persiguen a un antílope -más veloz en carreras largas, pues los carnívoros consumen demasiada energía para mantener el ritmo más allá de unos pocos minutos-, disponiéndose a lo largo del recorrido más probable de su presa, y compartiendo el resultado final de la caza conjunta.

Otros animales también cazan en grupo, siendo las hienas y los licaones los depredadores que practican, por excelencia, esa modalidad de persecución a una víctima. A estos últimos dedico esta reflexión.

Un solo licaón no caza antílope ni facóquero

El licaón (lycaon pictus), el perro salvaje africano, es relativamente pequeño, con un peso entre 20 y 40 kg. La envergadura no es muy diferente de la de un pointer o un podenco enjuto y, como ellos, aunque mejorando las prestaciones de estos cánidos domésticos, su cualidad más notable es la carrera de fondo. Por su tamaño, podría creerse que se dedica a presas menores, pero en realidad, no desdeña atacar a ningún animal, por grande que sea.

Tiene unas mandíbulas tan poderosas que pueden romper los huesos más duros y su coeficiente de mordida, es el más alto de los mamíferos carnívoros (a salvo, se dice, del diablo de Tasmania, -sarcophilus harrisii-, marsupial parecido a un perro con cabeza desproporcionada).

La ferocidad y habilidades de los licaones alcanzan su verdadera dimensión porque cazan en manadas, que superan los 20 ejemplares. En grupo resulta el depredador más efectivo de la naturaleza, pues falla en menos de 1 de cada cinco veces que lo intentan. Aunque individualmente son excelentes corredores, y muy resistentes, en la persecución a sus presas lo hace de forma coordinada, tomando la delantera, atajando espacios algunos miembros de la manada, sobre el grupo principal de perseguidores y acosado.

Cuando consiguen atrapar a su víctima, mientras alguno de los licaones la sujeta por la cabeza y la cola, la mayoría se lanza sobre el vientre de la infeliz, y la destripa; sin llegar matarla, por lo que puede decirse que es devorada aún viva. Una técnica de caza colectiva que depuran y perfeccionan con la experiencia, que les permite no desdeñar  impalas o antílopes, e incluso, cuando la manada alcanza su plenitud como depredador coordinado, cebras, búfalos o ñúes.

Aunque no se ha podido encontrar fotográficamente la evidencia, los habitantes humanos de las sabanas africanas que los tienen por convecinos, están seguros de que, como las hienas manchadas (crocruta crocruta) -que pueden triplicarlos en tamaño y rivalizan en ferocidad y coordinación de masas-, los licaones cazan hasta leones que son, sin embargo, junto a los cocodrilos y las mismas hienas, sus enemigos naturales.

He aquí, pues, un ejemplo de cómo el trabajo acometido en grupo potencia la consecución de objetivos. Un licaón que actuara aislado tendría muy escasas, o nulas, posibilidades de lograr cazar una pieza tan ágil como un antílope o provista de colmillos tan peligrosos como el facóquero o facocero. En manada, sin embargo, alternando los esfuerzos y agotando los de la presa, ésta tiene pocas posibilidades de escapar viva.

Quiero llamar la atención, también, sobre una especial circunstancia. Hay que creer a los masari y a otros representantes tribales de los territorios en donde cazan los licaones, cuando afirman que, si se encuentran con un león o una hiena, los persiguen también. No los comerán, en ese caso, si consiguen atraparlos, porque no les gusta su carne. Eliminan, con ello, simplemente, competencia.

En el mundo de la empresa, la coordinación de esfuerzos resulta imprescindible para abordar los objetivos más ambiciosos. Refiriéndonos a la investigación aplicada, al desarrollo de nuevos productos, a los avances en materiales o tecnologías sofisticadas, la imaginación humana ha descubierto, desde los años 90 del pasado siglo, el interés de los clúster industriales.

Un clúster puede asimilarse a una manada empresarial heterogénea que se fija metas que sabe que solo puede conseguir en equipo. No está formada por empresas del mismo sector, ni con iguales características. El punto de unión es la complementariedad y, adicionalmente, la ubicación en un mismo espacio físico.

Gracias al análisis previo de las ventajas y debilidades individuales, se estructura una estrategia conjunta que permitirá  incorporar nuevos elementos a las cadenas de producción, tecnologías y procesos que sirvan al crecimiento de todos sus miembros, respetando, sin embargo, los sectores que constituyen el objeto social de cada uno.

Pertrechados con herramientas de uso compartido, robustecidos con nuevos elementos que habrán surgido del trabajo o la investigación conjunta y que incorporarán a sus cadenas de producción propias, las concentraciones territoriales de empresas, ponen en valor sus ventajas comparativas como grupo en sectores concretos, consiguiendo mejorar sus competitividades y aumentando las capacidades individuales de resistencia.

No es una propuesta ingenua, sino que hay que advertir de sus limitaciones. Lo que los humanos persiguen con sus empresas no son piezas sencillas, ni tienen características tan bien determinadas como las gacelas, o los cuacóqueros. Tampoco es fácil saber si los competidores más peligrosos serán los leones, los cocodrilos, la falta de recursos financieros, el crecimiento desmedido en corto plaza, o muchos otros de los fantasmas de medio pelo, que se mueven al acecho de los que se mueven por la pradera, amparados en quién sabe qué artes.

Por eso, tanto si se trata de actuar en clúster como de forma independiente, no se puede olvidar la prudencia en la mochila de empresario. Antes de lanzarse a pisar un nuevo terreno, que se desconoce si resultará pantanoso o firme, y en vez de comprobar en propias carnes si habrá sido plaza previa de cocodrilos, tiburones o leones, échese mano de la sensatez.

Servirá para acomodar los objetivos a las fuerzas de que se disponga y a las características del emprendimiento -conocimientos, finanzas, dimensión del mercado potencial, análisis de la competencia, etc.-. Que, como ingredientes tan necesarios como los principales, habrán de incorporarse a la inteligencia, la dedicación, y las capacidades de reacción y resistencia que a todo buen emprendedor, como se decía del valor al soldado, se le presupone.

Incluso si el territorio ocupado resultara atractivo para algún león, hiena o cocodrilo empresarial, y se aventurara por él despreciando las señales disuasorias, que se atenga el intruso al riesgo de resultar, él mismo, víctima en lugar de victimario.

 

Publicado en: Actualidad, Empresa, Sociedad, Tecnologías Etiquetado como: cocodrilo, estrategias, estrategias salvajes, facocero, facóquero, hiena, león, licaon, masai, perro salvaje

Estrategias salvajes (4): Ocas y gansos en busca de residencia de invierno

21 marzo, 2016 By amarias Deja un comentario

Los modelos migratorios de algunas aves, desde las golondrinas hasta las ocas, han inspirado cuentos de Navidad y, más recientemente,  propuestas de acción en las escuelas de negocio. Se trata, en efecto, de un esquema muy fértil, de gran versatilidad, provocador de interesantes sugerencias, movilizando los ánimos hacia la misericordia o el deseo de lucro.

Ocas y gansos en busca de residencia de invierno

Cuando los economistas japoneses Kaname Akamatsu y Saburo Okita propusieron a los políticos de su país, derrotado por la segunda guerra mundial, un modelo de desarrollo inspirado en el vuelo de los gansos -el Ganko-Keitai-, supongo que tuvieron que dar algunas explicaciones.

La idea, sin embargo, es sencilla. Los gansos, cuando emigran a tierras más cálidas en las que pasar el período invernal, avanzan en uve, guiados por uno de ellos. Todos siguen la estela de ese líder, ahorrándose así el esfuerzo de romper cada uno de ellos los aires, si hubieran decidido volar de forma independiente. Akamatsu y Okita pensaban que Japón debería acelerar la recuperación de los desastres de la guerra, apoyando algunas empresas clave, en sectores especiales, para que actuaran con capacidad de arrastre de las demás.

El modelo, inspirado en Hegel (ni más ni menos), según reconoció el propio Akamatsu, que estudió en Alemania, no solo sirvió de inspiración al gobierno de Japón, sino a otros países de la zona. A lo largo de décadas, Corea del Sur, Taiwan, Singapur, etc. se incorporaron a la propuesta, adaptándola.

Aunque el modelo tuvo muchas reinterpretaciones, en su concepción más difundida y explicada se pretende plasmar con esa analogía que el desarrollo no puede confiarse al azar. Porque, al principio de un proceso de desarrollo, son necesarios, sobre todo, bienes industriales, que, si carece de ellos, debe importar o desarrollar un país líder.

Con el tiempo, se impulsa la generación de bienes de consumo y capital en la economía, y se produce una realimentación continua, y eficaz, que actúa como persistente punta de lanza del crecimiento. Si se consigue implantar el esquema en varios países que actúen de forma coordinada, siguiendo al país más avanzado, los demás gansos u ocas, al conseguir la evolución de sus economías de manera más acelerada que si lo hicieran de manera independiente, se convierten, a su vez, en exportadoras. El paso del tiempo les llevará a conseguir una cierta uniformidad con el país líder, diferenciándose toda la bandada de gansos de aquellos otros países que no han comenzado aún su fase de industrialización.

Fuera del mundo empresarial, los gansos y las ocas, que no han estudiado economía ni les preocupa el crecimiento sostenido, cuando emigran, saben hacia dónde van. Lo hacen siempre al mismo lugar, donde, año tras año, generación tras generación, han estado yendo, y en donde colectivamente se sienten seguros de encontrar algunos pastos, el calor suficiente y el mínimo descanso que necesitan hasta que llegue la primavera. Entonces retornarán a las tierras ya desheladas que tuvieron que abandonar para no morirse de hambre y frío, y que, con el rebrotar de la naturaleza, les volverán a proporcionar lo que necesitan para procrear y proseguir su ciclo vital.

La observación más cuidadosa hubiera permitido descubrir que no existe un «ganso líder», sino que el que vemos encabezando el grupo, cuando la bandada surca por encima de nuestras cabezas, caerá al cabo de un tiempo, exhausto, si antes su lugar no es ocupado por otro, y esa sustitución le permita retirarse a una posición más modesta en la «uve». Que es la misma situación, por cierto, que suele producirse, por lo general, en esas escapadas de las carreras ciclistas, que tanto nos gustan a los aficionados a ver espectáculos, y en las que suele ganar la carrera quien está en el grupo de cabeza, pero no «ha tirado» mucho en el mismo.

Los países asiáticos consiguieron generar unas estructuras económicas muy solventes, en un espacio extremadamente competitivo, y aunque no lo hicieron de forma muy transparente, tuvieron una actuación bastante coordinada. Se mejoraron los rendimientos de los sectores básicos, se potenciaron varias industrias y sectores de producción de bienes de consumo que resultaron muy eficientes, sobre todo en el mercado internacional, y el ahorro se trasvasaba con rapidez hacia las industrias de alta tecnología y a los centros de investigación aplicada.

Bien. Solo que la tendencia tan positiva de las tasas de ahorro y la renta per cápita, que habían crecido de forma paralela durante un tiempo, llegando a absorber las primeras más de la tercera parte del PIB que se generaba, se rompió. Las familias y los empresarios se sintieron más interesados en invertir que en ahorrar, aunque los márgenes de las empresas tecnológicas resultaban cada vez más estrechos, por la competencia creciente y… porque el mercado se agotaba a ojos vistas.

Resultó que las economías de la llamada «constelación del yen» se habían ido tensando hacia esa idea de crecimiento puro y duro, a cualquier precio, y el estímulo a las exportaciones, que debería apoyarse en una productividad constantemente creciente, para conseguir un valor añadido consistentemente más alto o, al menos, razonablemente sostenido, acabó estancando la productividad marginal del capital.

Se arriesgaba estar cambiando el dinero de mano, simplemente.

Las inversiones en capital ya no eran (tan) rentables y, aunque no se exportaba ya competitivamente, a pesar de todo, el consumo crecía. Pero era solo el consumo interno, porque la gente, viciada por los comportamientos de pasado, no estaba interesada en ahorrar, y compraba convulsivamente, en auge de la sociedad líquida. Los agentes socioeconómicos parecían ignorar que las exportaciones no dejaban margen como antes, y aunque el mercado interior mejoraba,  la población de los países asiáticos más eficientes se estaba consumiendo el resultado de su eficacia, autofagocitándose. El riesgo de deflación estaba ahí.

Por si el lector no ha entendido del todo el razonamiento -no por su deficiencia comprensiva, sino por mi torpeza expositiva-, permítame que le resuma la idea: el crecimiento sin límites a partir de algunas ventajas comparativas no es, en la práctica, posible. No puede sostenerse.

Por varias razones y, entre ellas:

a) Del grupete de gansos seguidores surgirán, mientras el mundo globalizado lo sea solo en el papel, algunos que tengan costes laborales más bajos, si es que no disponen de ciertas cualidades adicionales para superar  la competitividad del ganso líder (recursos naturales, legislación más tolerante, financiación más barata, etc.). Exactamente igual que en la realidad natural de las anátidas, no es posible mantenerse en cabeza por tiempo indefinido, y hay que estar preparado para ceder el sitio, o sucumbir.

b) Y, lo que es peor, el mercado mundial no resulta, ni resultó, ni aún menos, resultará, lo suficientemente grande para absorber todas las exportaciones asiáticas, máxime si se han ido incorporando masivamente otros a la carrera de gansos.

En cada país asiático, además, el incremento de los niveles medios de renta per cápita, aumentó el consumo sectorialmente, por zonas o áreas más industrializadas, lo que provocó desigualdades internas inaceptables. Se hizo necesario deslocalizar las producciones, llevando la prioridad política hacia la generación de un tejido industrial propio, tipo «tela de araña». Hubo que hacer reajustes sustanciales para paliar los efectos de la tensión social, deteniendo el crecimiento por el crecimiento y ordenando e consumo interno.

La estrategia de las ocas voladoras se desveló así como de aplicación interesante, aunque de gran complejidad en su puesta en práctica. Los seres humanos no somos fáciles de dirigir, y aún menos, si se consideran los objetivos de países diferentes, con economías dirigidas y de mercado, y programas poco explícitos. Por seguir con la analogía, había por doquier grupos de ocas empresariales orientadas hacia fines particulares -confesables o no-, y el lugar de primacía que podía ocupar, en un momento dado, una tecnología concreta, pasaba pronto a ser ocupado por otras ocas o gansos que habían estado chupando rueda, y que copiaban las patentes o captaban a los investigadores principales de los centros de excelencia del ganso líder.

Las tecnologías mismas, a diferencia de los lugares en donde los gansos tienen claro que pasarán el invierno, no son tan previsibles y el crecimiento propio de los resultados de las investigaciones alcanzaba, en algunas especialidades, ritmos exponenciales, en tanto en otras, se estancaba.

Hay dos países asiáticos que han cubierto, con todo, -además de Japón- un espacio fundamental en el panorama del crecimiento conjunto, y han aprovechado la carrera de la eficiencia: Corea del Sur, con una economía dominada durante décadas por solo cuatro o cinco chaebol («empresa familiar» en coreano): Samsung, Hyundai, LG, Lotte y SK Group; y Taiwan, cuya competitividad está basada en una red intensa de pymes. Ambos países se han convertido en escaso tiempo, en exportadores hacia Japón, después de haber seguido durante décadas su senda. Le comen los pies, por así decirlo, junto a Singapur o Vietnam.

El vuelo de los gansos asiáticos, por supuesto, sigue. Ha atravesado por varias vicisitudes, su rumbo sigue siendo relativamente impreciso, y está profundamente afectado por las turbulencias de los mercados internacionales. Como se sabe, los chaebol han visto delimitada su influencia, acusados de corrupción, y después del susto de la quiebra de Daewoo o la reducción estructural de Hyundai.

Sigue siendo un modelo muy sugerente, lleno de gansos; no pocos de los grupos, exhaustos.

Por cierto, en su adaptación al crecimiento europeo, se ha revelado mucho menos aplicable. Si se me permite la petulancia, mi tesis doctoral sobre desarrollo para la región asturiana, analizaba esta cuestión, allá por 1989. Como seguí interesado en el tema, pude analizar otros modelos de estrategia animal sobre los que inspirarse, para cuyo desvelamiento propongo al lector algo de paciencia.

 

 

Publicado en: Actualidad, Economía, Empresa, Internacional, Política Etiquetado como: Akamatsu, Daewoo, estrategias, gansos, gigantes asiáticos, Hyundai, ocas, Okita, salvajes

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