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Cuento de primavera: Un excelente fracaso

11 mayo, 2014 By amarias Deja un comentario

Cuando me contaron la Historia, sencillamente, no me la pude creer.

Bartolino Collegato nació en la Toscana, en una población cercana a Florencia (Firenze), famosa por sus almendras garrapiñadas. Aunque la región ha producido músicos e intérpretes de ópera renombrados, nada hacía suponer que Bartolino desarrollara una afición musical, que era ajena a la tradición familiar. Cierto que su madre, perteneciente a los Strazziato, del Véneto, había trabajado como domestica collaboratrice en casa de un director de orquesta afamadísimo, cuyo nombre no me viene a la memoria en este momento, pero, fuera de esa circunstancia, lo normal era que el niño se hubiera dedicado al dolce far niente, que era de lo que vivían secularmente los Collegato, propietarios de varias hectáreas de muy productivos almendros de las variedades Tuono y Cristomorto.

Bartolino, a pesar de su apariencia de niño normal, era poseedor de un oído sutilísimo, capaz de discernir las frecuencias sonantes y disonantes con una exactitud mayor que el más afinado de los diapasones, identificando, sin dudar, todas las que correspondían a un amplio rango espectral: concretamente, entre los 326 y los 488 herzios, -como se llegó a determinar, ya en su madurez, por el Instituto Fonográfico de Bolonia, que lo dejó certificado con todas las de la ley-.

Será preciso, tal vez, para el lector menos introducido en los misterios profundos de lo acústico, indicar, con solo un par de brochazos, no lo que define el «me gusta/no me gusta» de una producción musical para el aficionado normal, sino la deconstrucción técnico-científica de esos disfrutes y apetencias, lo que le permitirá entender la suerte o la desgracia de Bartolino.

Como es sabido, la Naturaleza vibra con una frecuencia específica, denominada base, y a esa referencia universal, señalada como un alelo en el ADN del cosmos, tienden a sintonizarse de forma instintiva, buscando su estado de equilibrio, los ritmos de todos los seres vivos. El cerebro humano encuentra,  cuando llega a su estado de reposo total, ajustando los biorritmos a múltiplos de la frecuencia base, corregida, desde luego, teniendo en cuenta los valores específicos de la presión atmosférica del lugar, la temperatura ambiental y, entre otros, la velocidad del viento soplante, lo que algunos eruditos llaman momento de ataraxis y otros espíritus, más llanos, estado de post-orgasmo o espejismo coital.

La persecución de la altura espiritual máxima del ser, el estado de tranquilidad que identifica al que lo disfruta con el Espíritu Supremo, el Hálito Sublime, que rige el Cosmos con su cadencia mística, es un objetivo lógico de todo intelecto.

Resulta indiferente que en algunas personas se manifieste el acceso a ese nivel con la boca entreabierta, manipulando un palillo desmochado por los dientes o extraviando los ojos extasiados en las órbitas. Se puede confundir, de no estar en el ajo, como estulticia crónica e incluso con profunda somnolencia. Existe y es. Si no fuera por los riesgos cancerígenos, ese estado se pondría en evidencia, como acaecía antes de la caída de Ícaro sufrida por las Tabacaleras, fumando un cigarrillo con el aire de haber descubierto sentido a la paradoja de Poincaré.

Cuando se descubrió la peculiaridad de Bartolino, era ya tarde para tomar medidas. El mal, si lo hubiera, estaba hecho; aunque, según los psico-especialistas que lo trataron, nada se hubiera podido actuar, salvo alabar el don, o compadecerlo por él. El niño venía de fábrica con una singularidad que se desconocía cómo cambiar, y, aunque se especuló si era cuestión de estropearle algo el martillo, perforarle el lenticular o tornearle los acueductos de Falopio con una sonda electrónica, por fortuna, nadie se atrevió a meterle mano ni artificios a sus oídos.

Bartolino se orientó, en fin, como no podía quizá ser de otro modo, hacia la música. Aprendió, con inusitada rapidez, a tocar cualesquiera instrumentos, que, como por arte de ensalmo, rendían en pocas semanas sus misterios ante él, arrancando el virtuoso de los mismos, espontáneamente, los más sutiles sonidos. Ya fuera el clarinete, el óboe, el violín, el trompón, el laúd o la trompeta, por enumerar solo una pequeña parte de cuantos componen las variedades emisoras de notas de las orquestas modernas, no había artilugio de hacer sonar que se le resistiera.

Hubo un tiempo breve en que le atrajo hacer de concertino, pero, dada su extraordinaria habilidad, desesperaba a los músicos que tocaban el óboe o el clarinete, quienes no tardaban en comprobar, con sana envidia profesional (es decir, odio perpetuo), que, por mucho que ajustasen sus instrumentos previamente con el diapasón más exacto, no conseguían superar la condición natural en posición de primer viola que no dudaba en asumir, con su elegancia prístina, el pobre Bartolino.

El director de la insuperable orquesta sinfónica de Brochumfield, Martin Gómez «Falsete», en donde estaba contratado como Tutti resoluto -posición en la troupe que se había creado para él-, le brindó una sugerencia, consciente como todos, del privilegio de Bartolino y, que, de manera poco sorprendente, tantos disgustos le proporcionaba, en vez de serle vía de hondas satisfacciones:

-Creo que tu posición acertada en mi orquesta es la del bombo sinfónico. Ningún instrumento como él exige, para encontrarle todo su desarrollo y expresión, la combinación de un supremo sentido musical, junto a un talante de total control personal en el intérprete.

-¿Es así? -dudaba Bartolino, que, aunque virtuoso, solo tenía por entonces dieciséis años y no entendía de malicias ni de las muchas guadañas que se emplean en la vida para segar la hierba bajo los pies de los que destacan -. Observo que los maestros del bombo sinfónico se pasan la mayor parte del concierto ajustando los múltiples artilugios de que consta su instrumento, para, al fin y al cabo, solo tener unos pocos momentos propios de interpretación en una sinfonía.

-He ahí la virtud y el misterio del bombo sinfónico. Es un instrumento que precisa para desarrollar todo su potencial, que el maestro no solo sea un buen músico, sino un gran ingeniero. Tú, que estás tan bien dotado para descubrir frecuencias, eres el intérprete idóneo, pues, para ti el ajuste ha de ser tan natural como para otros pan comido -le decía el director de la Sinfónica de Brochumfield, número uno de su promoción en Concertino, sobresaliente cum laude en el master de Dirección orquestal, y con experiencia en varias sinfónicas y coros universitarios, currículum imprescindible para llegar a dónde estaba.

Fue todo muy bien. Bartolino Collegato encontró pronto merecida fama como maestro del bombo sinfónico, tocando como nadie, además del triángulo, los platillos, las castañetas y el timbal. Era, por fin, feliz. Con solo diecisiete años, se hablaba ya de él, de su arte, como la consecuencia fortuita de la reencarnación de Rubinstein en Bethoven y Mozart, fruto de la savia confundida de los mismos ilustres D´Arezzo y Le Marie, ajustados con la gracia insuperable de Sor Sonrisas y Stravinski, que en su gloria estén.

-Nos ha llegado una obra maravillosa -le explicó un buen día, en tono inequívocamente confidencial, «Falsete», mientras Bartolino se encontraba ensayando nuevos golpes de baqueta-. Es la última sinfonía del genio Brutz Piarteç, fallecido el año pasado, que reúne todas las exigencias melódicas y rítmicas de la tendencia neoexpresionista de la que fue exponente, y nos han encargado a nosotros que hagamos la presentación de esa perfección musical en el auditorio de Bientbulchwald, con ocasión de la Fiesta del Oso anual, a la que acudirá Su Excelencia Reverendísima con su concubina.

-Oh, Señor. Es una gran responsabilidad -decía Bartolino, leyendo, de corrido, la partitura propia de las violas, cuyos sonidos reproducía mentalmente en su inconmensurable caja acústica- Qué belleza. P…pero -preguntó, con inquietud, avanzando por las hojas- ¿Cuál es el papel que corresponde al bombo sinfónico?

-Ahí está el asunto -contestó el responsable de la Orquesta-. El bombo sinfónico tiene solo un momento. ¡Mas, qué momento!. Es el de máximo clímax. Aquí -le señaló, apuntando casi al final de la partitura, con su dedo meñique, un signo clave-. En este preciso instante, a medio camino exacto entre el re bemol del chelo y un la sostenido de todos los clarinetes, encajado como un rubí en la nota más alta que pueda alcanzar la mezzosoprano, deberá producir un legato singular, completo y sonoro.

Bartolino imaginó, convulso, aquel momento. Se emocionó.

-Dada la dinámica tan fuerte que alcanzará la orquesta, por lo que veo y siento, será imprescindible combinar el desplazamiento del brazo al término justo, utilizar una maza más grande, y acompañar el movimiento de las articulaciones, en la caída in crescendo, de forma que el parche resuene de forma completa y sonora. Un golpe seco, único, expresivo…¡Qué belleza! -se admiraba Bartolino, ajustando mentalmente su vibración sonora a lo que deducía, sin fallos, del libreto.

Bartolino Collegato de la Toscana, becado privilegiado por la Ciudad de Firenze, virtuoso seguido con admiración por una minoría suprema del coro de entendidos mundiales -no, desde luego, de los que esperan a que otros aplaudan para añadir sus sonoros vítores, esperando una repetición gratuita de algún movimiento de la obra, sino de aquellos que saben distinguir las fases intermedias de una sinfonía, de su punto y final- se entrenó para la singular representación, con todo ahínco.

Seleccionó la maza justa, de entre centenares de ejemplares que probó, una y otra vez; ensayó movimientos del brazo -más abiertos, cerrados, ágiles o lentos- y hasta hizo musculación específica, entrenándose en un gimnasio; pidió a un curtidor de Sarajevo que le cambiara varias veces el parche del bombo, hasta dar con el justo; despedazó no menos de doce bombos, usó tres micrómetros ajustados electrónicamente, tomó tiempos tanto con metrónomos digitales y analógicos, guardó reposo y prescindió de carnes y pescados, engendró silencios…

El día del estreno, allí estaba, serio, imperturbable, aunque su procesión iba por dentro. La responsabilidad asumida por Bartolino era inmensa, tal como la entendía. En un solo instante, le llegaría el momento de genial lucimiento, y, con él, se vería consagrado para siempre, como dios entre los intérpretes del más difícil de los instrumentos. Habría conseguido el clímax del bombo sinfónico en la última obra, la producción cumbre y, por tanto, definitiva, del incuestionado Piarteç, el regenerador del neoxpresionismo orquestal.

La orquesta avanzó, impecable, conjuntada, vibrante, melódica, sugerente o apabullante, según los tramos.

Llegaba el punto esperado, acercándose inexorable, inmaculadamente rítmico. El corazón de espectadores y músicos, acompasados todos a una misma frecuencia, se encontraba a punto de alcanzar el clímax, un orgasmo brutal, la intratable ataraxia colectiva. El ajuste bio-rítmico a la mágica esencia del Cosmos.

Bartolino, como tenía ensayado, levantó el brazo derecho, los 43º exactos de inclinación que tenía estudiados a la perfección, ensayados hasta la exasperación de cualquiera menos ilustrado. Tensó, como sabía, los músculos del antebrazo, sintió, encajándose, la vibración del cuello, la respuesta concreta del esternocleidomasteideos. Acarició, con la mano izquierda, abierta en símbolo de paz y respeto, el lateral del bombo, como quien consuela, antes del salto, a su yegua preferida. Su cerebro latía exactamente a múltiplos de 8,01 herzios; notaba las pulsiones en todo su cuerpo.

De pronto, en esa centésima de segundo vital, algo se cruzó. No supo qué. El brazo se le movió quizás algo más rápido, apenas un ligero porcentaje más acelerado de lo que tenía estudiado. Lo que hubiera sido, como un ángel que pasa, no pudo controlarlo. Cayó la maza sobre el bombo una nada antes, un poco poquísimo más fuerte. El amortiguado resultó un si es no es menos cortante,… naderías… aunque, para él, una inmensidad de desconciertos.

Bartolino estuvo a punto de desmayarse. Sintió el fracaso, la responsabilidad cayendo, como una losa, sobre su cuerpo de intérprete.

Había desperdiciado ese momento. Una vergüenza. Tuvo ganas de llorar, vencido.

Sorprendentemente para él, todo el público se puso en pie, de golpe, y rompió en aplausos. Fue la ovación más duradera, más sonora, homogénea y brutal que jamás se había escuchado ni volvió a escucharse otra vez en Bientbulchwach.

-¡Un genio, un genio! -gritaban, enloquecidos, obligándole a saludar una y mil veces, adelantándose al proscenio.

Fue incapaz de repetirlo, aunque lo intentó, desde luego.

Abandonó la música y se dedicó, desde entonces, al negocio familiar, si bien hizo cambiar la variedad de almendras por la marcona, más redonda y carnosa. Su nombre quedó escrito entre los geniales intérpretes del bombo sinfónico, para siempre.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias, Sin categoría Etiquetado como: bombo sinfónico, cuento, cuento de primavra, frecuencia, naturaleza, notas musicales, orquesta, sintonía

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