En el Reino de las chotacabras, reinaba una gran excitación.
La Historia de los sucesos relevantes del Reino de las chotacabras, que se conservaba, cubierta de polvo y comida en parte por las termitas y la carcoma, en la Biblioteca Nacional de Hechos Significativos, no dejaba dudar a dudas: el país había superado épocas peores, pero ésta que estaban viviendo, diagnosticada como de gran dificultad, se distinguía de todas las anteriores, en que sucedía en el momento presente.
Si bien nadie podía explicar exactamente cómo se había llegado a tal circunstancia, era absolutamente cierto que se encontraban en ella. Por exponerlo con pocas palabras: el Reino de las chotacabras se encontraba patas arriba. Es decir, hecho unos zorros, convertido en un pingajo, abocado al apaga y vámonos, Juana, con aspecto de no me toques que me desmorono.
Oliéndose la tostada, las fuerzas oscuras estaban ya repartiéndose los despojos -tú te quedas con el castillo del dragón dorado, el fuerte de los rapalcuartos para mí, la maleta de la señorita Pompis para una subasta benéfica, etc.-. Para abrir boca, le habían cambiado en los mapas mundiales el nombre por el de Topsy-turvy, y cada día abrían la ventana del calendario del tiempo que les quedaba para el adviento y se comían una chocolatina.
Los consejeros del Reino de las chotacabras (1) se habían reunido en el Palacio Real para estudiar la situación. El Comendador mayor centró rápidamente la cuestión:
-Tenemos tres problemas principales. Primero, no hay actividades bastantes para que todos los siervos de la gleba tengan pan, bizcochos o galletas que llevarse a la boca, lo que está causando un malestar de intensidad dos con tres al cuarto entre los revoltosos descontentos y un placer de grado ocho me como un bizcocho en la escala de satisfacción de los pacíficos acomodados…
El Comendador, comisionado jefe de todos los encomendados, continuó:
-Segundo, los alguaciles justicieros han levantado por encima de lo que sería prudente el velo de las encomiendas y emprendimientos palaciegos, dejando al aire sus verdades pudendas antes celosamente ocultas y, en su estúpido celo, amenazan con llenar las mazmorras palaciegas con príncipes, nobles y leales, mientras los caminos se llenan de revoltosos, salteadores de diligencias, ladronzuelos de bolsillos y cuatreros de palomos, conejos y otros animales de poca monta.
Los comendadores menores empezaban a revolverse en sus asientos: «¡Eso es lo que digo yo!», exclamó uno de ellos. Los demás le pidieron silencio, para que el máximo Comendador, jefe óptimo de todos los Organismos de múltiples convergencias, acabara su perorata:
-Y tercero, y no menos importante, los alquimistas reales están convencidos de que hemos llegado a, e incluso, sobrepasado, el temido cambio de ciclo, y, coherentes con su propio diagnóstico, que nadie discute, porque no sabríamos cómo hacerlo, piden que se acuñen más dineros para financiar matraces, probetas y hornos de mufla electrotécnicos que permitan desplazar los equipos de búsqueda de la piedra filosofal al extranjero, donde hay, según parece de amplios pareceres, demanda de los mismos.
-Con la venia. Yo añadiría, -dijo uno de los consejeros, que provenía de la región de los hurones, en donde los chotacabras estaban casi extintos, hasta el punto que en muchos de los biotopos solo se podían ver sus símiles fabricados en madera-, un cuarto problema: Nuestro Reino ha dejado de serlo, para convertirse en una República hecha y derecha. Nadie en su sano juicio se cree que la Familia Real tenga sangre azul y, lo que es peor, salvo el propio Rey -que tiene mermadas sus facultades, según toda apariencia- , el resto de la Casa Real -hasta donde alcance el eufemismo- se consideran gente normal y corriente, con los mismos vicios, defectos, capacidades y virtudes, que el campesino o la hortera que tienen al lado.
Se armó un gran revuelo. Algunos consejeros opinaron que, de todas maneras, reconocer oficialmente que el Reino no era tal, sino República, no solucionaba ningún problema, sino más bien añadiría muchos otros, pues se avivaría la ambición de numerosas familias que, aunque no se sintieran de sangre azul, sí pretenderían tener otras cualidades mismamente equivalentes, y tratarían, a la chita callando y con el mazo dando, hacerse con el control del país, lo que provocaría un coste adicional tanto o más inasumible.
En todo caso, después de una discusión interminable que parecía no tener fin, prevaleció la idea de que ese problema, de serlo, debería ser postpuesto, pues era más urgente atender a los otros tres temas principales, que eran acuciantes.
-Tengo una idea -proclamó uno de los consejeros del Reino, del grupo de denominado de los ingratos, que, por cierto, solía tenerlas-. Lo mejor que podemos hacer para resolver las dificultades es hacer lo que siempre hemos venido haciendo en el país de las chotacabras cuando teníamos problemas parecidos.
Todos le miraron con máximo interés.
-¿Y qué es lo que hemos venido haciendo, querido o no tan querido colega consejero?
El interpelado sorbió del carajillo que les habían distribuido, elevó los ojos al cielo, como implorando clemencia y conmiseración ante la ignorancia ajena, y dijo con voz alta y clara, que era una de sus virtudes:
-Ignorarlos.
Los consejeros del Reino de las chotacabras se miraron unos a otros, asintieron complacidos, y comprendieron que, por mucho que rebuscaran otras alternativas, esa era la única solución que podría ocurrírseles, por mucho tiempo que dedicaran a tratar de encontrar formas de salir del paso.
Así que levantaron acta de la reunión y volvieron a sus ocupaciones habituales, aliviados.
Mientras tanto, en las profundidades del Reino de las chotacabras algo se estaba cociendo, y la cosa no olía nada, pero que nada bien.
FIN
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(1) Ave de hábitos nocturnos de un plumaje y comportamiento tales que logra un perfecto camuflaje con su entorno, de tanta calidad que recibe el nombre especial de cripsis, para distinguirlo de otras formas animales de pasar desapercibido.
