Aunque no estaban especificadas de forma muy clara las condiciones para participar en lo que se anunciaba como un crucero inolvidable, la cola de animales que pretendían ser admitidos al viaje era bastante numerosa.
-¡Solamente una pareja por especie! -gritaba, tratando de poner orden en el tumulto, un onagro, comisionado especialmente por Set, el mayor de los hijos del capitán de la nave, que lucía, espléndida, de momento en dique seco-.
-Perdón, señor asno -expresó de forma muy educada una avestruz con demasiada pluma, para lo que se estila entre esas aves gigantescas- ¿Las parejas deben ser del mismo sexo?
El interpelado se revolvió, hecho un basilisco. La jornada estaba siendo agotadora y el calor atenazaba los ánimos.
-¡Por supuesto! ¡Y ha de ser una pareja en edad reproductora, o sea fértil, es decir, en edad de procreación, para que lo entiendas! …¡Y, por cierto, no soy asno, sino un onagro, como se podría constatar si algunos no escondiérais la cabeza bajo tierra, por vergüenza o para no enteraros de lo que os rodea -precisó el cuadrúpedo, que, además de las del carácter, tenía otras malas pulgas, que le estaban abrasando a picaduras el trasero.
-Ya tenemos leones – señaló a un par de felinos, sacándolos de la fila, siguiendo con su estricta inspección, y jugándose el bigote, pues algunos de los bichos le doblaban en tamaño y le cuadriplicaban en fiereza-. Por cierto, -apuntilló, crecido- además, de mucho mejor aspecto y color. Rubios.
-Es que nosotros somos albinos -se justificó la leona, retirándose, disciplinada, dando un rugido y dedicándose, de inmediato, aprovechando la concentración de proteínas, a perseguir una manada de gacelas a los que también se le había negado formar parte del pasaje.
De pronto, saltándose olímpicamente la cola, una pareja de cotorras se colocó a la cabeza, pretendiendo entrar, así, sin más ni más.
-¡Alto ahí! -los detuvo Set- El pasaje ha de ser totalmente autóctono. No están admitidos animales de importación procedentes de otras regiones.
-¿Cómo así? -replicó una de las cotorras, sin que fuera posible para un observador no avezado en la determinación de los sexos de tales animales, deducir si se trataba de la hembra o del macho de la pareja.-¿Es que acaso no nos asiste el derecho a los inmigrantes en esta tierra? ¿No contribuimos a darle diversidad?
-Son órdenes de mi padre, y el sabrá lo que hace -le contestó el muchacho. (Iba a decir «órdenes del de arriba», pero se contuvo justo a tiempo). –
-¡Como si son de la mismísima paloma! -revoloteó, dando chirridos escalofriantes, el cotorro- Además, he observado que han entrado en el barco varios corderos que, evidentemente, son todos de la misma especie! ¿Hay preferencias? ¡Injusticia manifiesta! ¡Exijo el libro de reclamaciones!
Se organizó un pequeño tumulto, al que, rápidamente se adhirieron las urracas, los unicornios y los osos pardos. Los camellos se retiraron, asustados por el alboroto, a beber agua de una charca.
-En efecto, hay varios corderos, y también unas cuantas vacas, y hasta doscientas gallinas. Pero su presencia tiene que ver con la intendencia, no con el pasaje -puntualizó Cam, que estaba conduciendo al arca unas decenas de carros cargados con avena, arrastrados por sumisas parejas de bueyes castrados.
-¡Que salga Noé! -fue la demanda que cobró fuerza creciente entre los rechazados- ¡Que nos lo explique!
Noé observaba, con preocupación creciente, el cielo encapotado, pues temía que la maniobra de embarque se dilatara demasiado. Asomó por el puente de mando, sin dejar de consultar su cuaderno de notas. El tiempo apremiaba.
Empezaban a caer algunas gotas.
-Habrá más viajes -explicó-. Este es solo el primero de una serie. Es mi primer barco, los planos no eran míos, así que no garantizo la flotabilidad. Más que un premio, subir a este barco es una aventura. En todo caso, habrá lista de espera, por si algunos de los que están apuntados no aparecen a última hora.
La cotorra no se contentó, ni mucho menos, con la respuesta.
-¡Lo que faltaba! ¡Hay clases y clases, no ya entre los humanos, sino hasta entre los animales! -gritó- ¡Aquí hay privilegiados y el resto somos para ti, gandalla!
El jabalí, que tenía hambre y no veía claro el sentido de aquel viaje, y que, en realidad, no le apetecía lo más mínimo, aprovechó el momento para ofrecer su solución:
-Vale, nosotros nos quedamos en Palestina. Que ocupen nuestro sitio las cotorras, y no se hable más. Por otra parte, hemos visto que en el barco ha entrado ya una pareja de cerdos, y no querríamos mezclarnos con animales tan inmundos como rijosos. MI querida jabalina está en celo y no quiero problemas.
Fue así como la pareja de cotorras se introdujo en el arca, ocupando el sitio que correspondía a los jabalíes, en uno de los camarotes de segunda clase, donde ya estaban instaladas las liebres, las codornices y las musarañas.
Terminado por fin el embarque, empezó a llover y a llover, durante varios días, sin parar. El barco resistió, aunque fue necesario achicar agua un par de veces, por culpa de las termitas y las carcomas, que se volvieron muy voraces por el nerviosismo, y agujerearon el casco. Nada grave, por fortuna.
No resultó un viaje de placer, desde luego, y las vituallas estuvieron a punto de agotarse, aunque, milagrosamente, las despensas se llenaban de víveres, y de lo más variado, por las noches. Los corderos sobrantes y las gallinas, sin embargo, desaparecieron, convertidos en sustento para la marinería.
Pero lo que marcó el curso de los acontecimientos fue que las cotorras, se reprodujeron frenéticamente durante la estadía, molestando a los de primera clase en su descanso. Devoraban los huevos de casi todas las demás aves menores, a las que hicieron el viaje no solo imposible sino inútil pues fueron muchas las que se vieron viudas. Las parejas de páridos, gorriones, mirlos, fringílidos, muchas especies de mariposas y casi todos los escarabajos, sufrieron graves pérdidas.
Llegaron a ser tantas las cotorras y tanta su habilidad para imitar los lenguajes de otros animales confundiéndolos en lo que querían y no querían, que donde quiera que aparecían se armaba un guirigay. Era una plaga aún peor que las de las langostas (los saltamontes, no las de cetárea). Noé, después de pedir asesoría, las maldijo, autorizando a Jafet a que les disparara, , utilizando la escopeta de perdigones que le había regalado por la Pascua anterior.
Y, por cierto no fueron palomas, sino cotorras, los primeros pájaros que se enviaron al exterior del arca para comprobar si había dejado de llover. Cuando Noé estuvo seguro, fue cuando soltó a la paloma.
FIN
