Como es sabido, la razón por la que cada 8 de marzo se ensalce la figura de la mujer trabajadora, es el producto de varias incidencias, de las que la ideóloga marxista Alexandra Kolontai sería la responsable de haber elegido la fecha, allá por los tiempos en que la URSS era un proyecto con pretensiones de universalidad.
Que se celebre un Día Mundial del Trabajo (el 1 de mayo) y un Día Internacional de la Mujer Trabajadora, puede ser interpretado de muy diversas maneras, aunque una de las más provocadoras sería poner de manifiesto que el Primero de Mayo es fiesta laboral, en tanto que la de marzo es una conmemoración que no es de guardar, sino de dar el callo como cualquier otro día.
Para la inmensa mayoría de las mujeres, tener que trabajar el Día de la Mujer Trabajadora es una consecuencia de la división, consuetudinariamente admitida, de las tareas relevantes entre los seres humanos, según su sexo. Pareciendo que el hombre era más fuerte y la mujer más inteligente, se ha venido admitiendo desde el más allá de los tiempos, que lo lógico sería que los varones se dedicasen a cazar mamuts y las hembras se ocuparan en inventar aquello que fuera, en cada época, más necesario para mejorar la calidad de vida de la especie.
Las investigaciones posteriores han venido a cuestionar el principio por el que se creía había evolucionado la humanidad. Se volvió, entonces, a la idea contraria, esto es, suponer que el hombre era el más inteligente de los dos sexos y la mujer, más fuerte. Esta hipótesis supuso y supone todavía, momentos de grandes avances, aunque no precisamente científicos. Los hombres, conscientes de su debilidad, idearon armamentos tremendamente mortíferos, con los que se empeñaron en cruelísimas batallas, en las que el vencedor podía apropiarse de los bienes del vencido, incluídas sus mujeres.
No se muy bien en qué momento de la evolución nos encontramos. No estoy nada seguro de que la mujer sea más inteligente que el varón, pero tampoco afirmaría lo contrario. Me ahorro ejemplos. Tampoco defendería que la mujer es más fuerte, si bien se podrían proponer relaciones de millones de mujeres que asumen riesgos y tareas que asustarían a varones teóricamente muy bragados.
No encuentro justificación alguna, además, a hechos en los que los protagonistas son hombres y mujeres, y en los que veo la dominación injustificable de los primeros sobre las segundas. Es el caso de esos cientos de miles de mujeres que se prostituyen en los prostíbulos del mundo, aunque sospecho que es aún mayor el número de las que se ven sometidas a vejaciones y dolor sin que su situación trascienda.
No entiendo tampoco, ni como manifestación de religiosidad ni como acto voluntario, la actitud de esos millones de mujeres a las que se ha convencido, parece, de que deben ocultar sus cuerpos y hasta sus rostros, porque son tentaciones al pecado.
No entiendo muchas cosas, también entre nosotros. Por ejemplo, que la incorporación masiva de la mujer al mundo del trabajo remunerado, haya supuesto una proletarización mayor de ambos, hombres y mujeres.
En fin. Cada 8 de marzo tenemos la ocasión oficial para reflexionar sobre las hembras currantes, que son, sin excepción, todas las mujeres.
Invito a los varones que me lean a que lo celebren con las hembras que tengan más próximas, explicándose mutuamente. Porque es una conmemoración que pertenece al grupo de las que cabría considerar de tercer nivel, o simbólicas, y lo habitual es que se celebren en la intimidad.
Como lo son, actualmente, las del Día del Padre, la Inmaculada Concepción (desplazada en España por el Día de la Constitución), el 23 de abril o el 18 de julio (estas últimas, devenidas para muchos fechas sin entidad, al habérseles caído, como hoja seca, el motivo que las llevó al primer plano).
