Para empezar, aconsejo un caldo calentito
y por tropiezos, curruscos de pan y colas de marisco.
Si hubo mercado hoy, venga la sopa
con vegetales al huerto y en la crema de puerros,
encurtidos de almendras en sartén puestas al fuego.
De beber, se escusa un vino joven
para atemperar el estómago, a la espera
de las delicias que atesora la bodega
que domina para nosotros la guardesa.
Los calamares en su tinta ordenados con la nuestra
traigan por compañía un arroz blanco
y hagan de preámbulo a carnes gobernadas
con buen saber, patatas cuadradillo.
Piénsolo mejor y estando a tiempo, me corrijo,
que la fabada sustituya, así haga frío o calor,
a cualquier otro entrante con ventaja, y sean morcillas,
los chorizos, el lacón, todo el compango,
de puercos criados en Belmonte, las Cangas o Tineo.
¿Las alubias? Para fabas de la vega,
tierras mejores son que otras, del Narcea.
Como segundos, depende. Si en el principio fue la carne,
sea ahora el verbo caldereta; y si merluza, la del pincho.
De quedar resquicio, hágase sitio a la chopa, al sargo,
al san pedro, y como éstos van solos a la sidra,
en concierto, a la estaca, plancha de sardinas.
Ya que faltó al comenzar, momento es de capones,
paletas de cordero, solomillos de culón y pitos tiernos de verbena,
pero si época fuera la de caza, no falten ni el jabalí ni las arceas,
como la perdiz a la poca penitencia, ni escápesenos vivo
del corzo un chuletón a los higos, confitados.
Antes de todo el pernil, -capto la alarma-, se habrá cambiado
el vino tinto nuevo por otro de cuerpo añoso: Somontano,
Rioja, Ribera de Duero, valen para el caso,
sin desdeñar un Toro con la capa reservada por Zamora
ni frascos con las espadas del Coster en su tesela.
Y si en la mesa quedaran hembras por seducir, entren en juego
la ruleta del clarete, sírvanse cavas y espumosos,
giren los Rueda, tiéntese de blancos wurztraminer los paquetes,
pues, por respecto a Albariños, Sacros y celestiales Valmasías,
será mejor degustar en propia tierra, emparejados en sus plazas,
si se quiere a éstos gozar con gran provecho.
Condono por mi parte el postre, si bien dándoles gusto
a los que tengo por mis invitados a esta cena, mando
ponerles a las damas delante algún pestiño;
que nos traigan, portándolo una moza, el Carmen de los dulces,
y entre conversación, risas, cuentos, tentaciones,
no habrá quien se resista a requiebros, a flanes, cremas, quesos, polvorones,
al arroz con leche, a los elogios, bizcochos y cosquillas.
Si quieren tomar de más, tomen turrones, casadiellas, tartas, pescozones,
y exacerbando juntos motivos de pena y goce a golosos por diabéticos,
digo yo, que también, con pellizcos de monja, añadan tres profiteroles.
Dispongan, pues, hartándose de todo, los señores,
que para aposentar lo ingerido yo solo me contento
con un par de cafés y por rematar por lo alto la faena,
calentaré dos dedos de un coñá con más de diez
en la solera de mi mano, cerrando el coso por hoy hasta mañana.
No acaba el goce ahí. Superado que haya sido el primer paso
del ejercicio a placer, pasaremos diligentes al segundo,
precipitándonos al éxtasis de dormir como mejor, acompañados.
(Poemas de encargo, Angel Manuel Arias, nov. 2009)
