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Cuento de primavera: La faja pirítica, el yelmo romano y el gurumelo

4 mayo, 2014 By amarias Deja un comentario

Mi amigo Ignacio Pausanio sacó nuevamente el teodolito de la funda de cuero, desplegó el trípode, y pidió a su ayudante improvisado -un lugareño que nos acompañaba como guía por aquellos lugares de los que a Ignacio se le había solicitado un levantamiento topográfico y la evaluación de la riqueza mineralógica- que se alejara más o menos cien pasos, sosteniendo un extremo de la cinta métrica que el sujetaba por el otro.

-En línea recta -le apremió, como si se tratara de la primera vez que le daba la instrucción aquel día-. Mientras tanto, yo ajustaré el aparato.

La mañana había amanecido bastante fresca. Cuando metimos los cachivaches de trabajo en el viejo automóvil, yo daba por supuesto que, como el día anterior, en un par de horas estaríamos de vuelta a Valterroso tomando el aperitivo.

Ahora, aparcado el vehículo en algún lugar de aquellos parajes de la Sierra del Cuerno que, al menos yo, no sería capaz de volver a encontrar sin la ayuda de la casualidad,  y tras haber recortado a pie, -cargados ellos con  los bártulos y las libretas, y yo con mi colección de piedras-, más crestas que un sexador de pollos (la frase no es mía), estábamos sedientos, sofocados y cansados.

Empeñado en recoger pedazos sin método de aquella naturaleza para meterlos en una bolsa de tela que llevaba -una especie de zurrón-, yo no resultaba a Ignacio de mucha ayuda.

Tampoco me lo había pedido, prudente como él era, metódico hasta lo inimaginable. Sus muestras estaban rigurosamente identificadas, introducidas cada una en su correspondiente bolsita de plástico, en la que también colocaba un papel con la descripción del lugar, sus coordenadas geográficas, la profundidad de la toma (no dudaba en bajar por algunas simas abiertas) y quién sabe qué otras características misteriosas para mí.

Por mi parte, llevado por una afición neófita a las piedras, seguramente surgida de lo más visceral y atávico, a diferencia de lo que para Ignacio representaban, yo había hecho su mismo camino acumulando trozos de minerales y rocas, solo por el hecho de ser más relucientes que otros, o porque sus formas me parecían caprichosas o extraordinariamente regulares.

Ignacio les ponía nombres estrambóticos para mí, que para él resultaban de la identificación que surgía de su cerebro como lanzada por resortes: melaconitas, tetraedritas, erubescitas o marcasitas, eran palabras que atribuía a lo que yo depositaba en su mano, sin que distrajera su atención inquebrantable.

-¿Qué vas a hacer con ellas? -me preguntó, por fin.

-Tengo una idea aproximada. Cuando vuelva a Madrid, las pondré todas juntas en mi mesita de noche y les pediré su intercesión providencial -le había contestado, con insolencia improvisada.

Sin embargo, cuando el bolso cargado de piedras empezó a pesarme y noté que las aristas de algunas de aquellas muestras pétreas me marcaban la espalda, fui volviéndome cada vez más exigente con la recolección y, vencido, acabé vaciando todo el contenido, junto a un aladierno solitario, despidiéndome de ellas para siempre.

-He perdido la ocasión de comprobar si lo que me has venido diciendo es o no correcto -le dije a Ignacio, feliz con el alivio tan fácilmente conseguido.

-No te preocupes, puedes recoger tu colección a la vuelta, si es que encuentras solo el camino, porque hoy ya no pasaremos de nuevo por aquí. Eso sí, no me pidas que te diga nuevamente su nombre: volverán a ser para ti solamente piedras -me replicó, simulando despecho, concentrado, como siempre parecía, en hacer bien un trabajo que para mí, por entonces preparando por tercera vez las oposiciones a secretario de Ayuntamiento, rozaba lo ininteligible.

-¡Ingeniero, ingeniero, aquí hay algo! -gritó, de repente, el mozo, alborozado, señalando un lugar en la tierra.

-Voy, voy. Pero, por favor, no tires al suelo la mira, que es de la empresa, no mía -le calmó Ignacio.

Yo mismo, que estaba en aquel momento sosteniendo la otra mira, por indicación amable del director de aquellos especiales trabajos, no pude contener la curiosidad, y, abandonando también en el suelo el listón de madera pintarrajeado de singular manera, me acerqué a donde apuntaba el muchacho.

Cuando llegué al sitio que había llamado la atención del mozo, no vi nada especial.

-¿Qué hay? -pregunté, después de deslizar la vista varias veces por la tierra algo húmeda, en donde sí advertí que la gran masa verdosa que Ignacio llamaba diabasa, aparecía más fértil, dentro de un paraje bastante yermo.

-Aquí, bajo ese montoncito que sobresale, empujado por él. Un gurumelo.

Y, con las manos, ayudándose de una navaja que sacó del bolsillo, desplegó un huevo blanco, del tamaño algo mayor que una pelota de tenis.

-En este sitio hay amanitas, ingenieros. Menuda riqueza -expresaba, alborozado, el muchacho.

Ignacio cogió el ejemplar de amanita ponderosa que se le tendía, y lo limpió con la mano del resto de tierra.

-Bien, bien -afirmó, persuasivo-. Las setas son interesantes, pero la razón por la que hemos venido hasta aquí no son estos hongos, sino que estamos a la busca y captura de la franja pirítica.

Después se dirigió, sucesivamente, a mí y al joven lugareño:

-¿No es verdad, leguleyo? Porque mi amigo no es ingeniero, muchacho. Es licenciado en derecho, honrada profesión, sí, pero alejada de piedras y metalurgias.

-Eso, eso -suscribí yo-. Y cuando la encontremos, la tal faja, la conduciremos a  la autoridad competente, para que la juzgue como es debido.

A la caída de la tarde, ya de vuelta a la posada, llamé a mi novia de entonces, una muchacha encantadora que estudiaba en la Escuela de Turismo, y que se llamaba Rolena, como su madre.

-Te quiero -le dije, mintiéndola, como pensaba hacer cada día de aquellas vacaciones que me estaba tomando por el Sur, y que deberían haberme servido para hacerme reflexionar sobre nuestros verdaderos sentimientos, muy alterados; quiero decir, erosionados.

-Tengo que decirte algo -me contestó, con una voz que resultaba áspera y no lo melosa que hubiera deseado; había un trasfondo de risas y jolgorio impropio del reposo domiciliario en el que la imaginaba, una residencia de señoritas universitarias.

-Ha sido un día inolvidable -proseguí, disimulando la inquietud que había empezado a aflorar por la cresta mis sentimientos falseados- Ignacio cree haber encontrado la montera de la faja pirítica, en una zona hoy abandonada, pero en la que, con seguridad, estuvieron los romanos hace casi veintidós siglos. Hemos encontrado un pocillo, de los que utilizaban para ventilación de sus minas, en el que descubrimos un trozo de yelmo y, tal vez, un resto de pica abandonado por algún esclavo.

-Me alegra por ti, que paséis el día entre fajas y sostenes – oí decir al otro lado del hilo telefónico, por una voz que carecía de  emoción -. Así podrás asimilar mejor lo que tengo que decirte. Que te lo voy a expresar sin reservas ni medias palabras.

-¿Has suspendido? -se me ocurrió preguntar, para aliviar presión. Porque no necesitaba escuchar lo que deseaba decirme Rolena. Conocía el contenido, la ley y el exacto valor de mi franja afectiva.

-Siempre tan gracioso -casi deletreó ella-. Sabes que no me examino hasta finales de junio. Voy al grano. Lo nuestro está agotado. Te dejo con tu amigo pirómano.

En la casa de huéspedes, advertí, en el mismo lugar que la noche anterior, una salamanquesa gigantesca, adherida como una lapa a la pared del cuarto, junto a una fotografía ajada de lo que habrían sido antepasados de la patrona.

Sin venir a cuento, me puse a reir, convulsa, estúpidamente.

-¿Agotado? ¿Sin reservas? Ignacio asegura que aquí hay mineral para, por lo menos, cien años. Y que lo sepas: si fallan las piedras, están los gurumelos, y si se agotan los gurumelos, en el pueblo dicen que se pondrán a recoger los yelmos, las cadenas y las picas que sembraron en su época, los romanos.

Fue ella la que me colgó.

Han pasado treinta años y, al volver a recorrer estos lugares, siguiendo un impulso inexplicable, guiado por el mismo mozo que nos había acompañado entonces, convertido en propietario del restaurante de Valterroso,  me pareció que un montón de piedras que encontramos junto a un aladierno, era el mismo que yo había dejado abandonado. Solo que, sin Ignacio a mi lado, resultaban piedras anónimas, tierra sin sentido.

Eso sí, el pote de gurumelos y espárragos trigueros me trajo aromas a la juventud  perdida y tuve un momento de paz, anclado a esa memoria.

FIN

 

 

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias, Sin categoría Etiquetado como: amanita, calcopirita, cogumelo, cuento, cuento de primavera, gurumelo, pirita, romano, salamanquesa, yelmo

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