No me extrañaría que aún existiera algún patán ilustrado que, a pesar de lo que nos ha sucedido, siga pensando que «la tecnología siempre acude», y que lo importante es saber jugar con la maquinita esa del dinero, dándole más rápido al rabil del papel o, según el humor, reduciendo los cromos en circulación.
Debo admitir que, a diferencia de la mayoría de los que nos dan consejos, no tengo el culo pelado por razón de curarme las almorranas contra el asiento de ninguna prebenda, sino que tengo el currículum apalancado por haber recorrido medio mundo, y no precisamente de vacaciones ni por el gusto de volver con un título en inglés bajo el brazo. Y aunque tampoco ando escaso de plumas académicas, no me identifico con los pájaros que las llevan como signo de ostentación, sino como servidumbre permanente dimanada de un privilegio.
Tengo máximo respeto por la tecnología y por los que saben bien lo que se cuece en ella. Esto me conduce a recelar de los generalistas que nos quieren convencer con su labia comercial de las bondades de un aparato que no saben, en realidad, cómo funciona, como de los especialistas laureados que se han quemado las pestañas desde su primer trabajo como becarios hasta ver sus barbas encanecidas analizando la histéresis de los materiales cerámicos (cuando no hablan de lo suyo).
Necesitaríamos, para revisar este país con seriedad, saber mucho más de tecnología, y escuchar, con suma atención, a los técnicos que saben hacer alguna cosa muy bien y, por ello, pueden valorar si nos encontramos en ese campo entre los mejores del mundo o solo formamos parte de un montón o pelotón de seguidores.
Porque, con un simple análisis superficial comparativo entre lo que importamos y exportamos los españoles y, por ejemplo, los alemanes, queda al descubierto la diferencia entre saber dar valor añadido a un semiproducto, incluso ya de naturaleza muy acabada, para convertirlos en un Mercedes, un Audi o un BMW, o estar concentrados en competir en precio -pongo por caso- con las naranjas marroquíes, que, al fin y al cabo, para lo que sirven, es, como las nuestras, para hacer zumillos y tienen por consecuencia perniciosa pelearse por la poca agua del desierto.
No, no hace falta que me arrollen los optimistas crónicos: el ejemplo del automóvil y el de las naranjas son solo por concretar un poco: tengo miles muy parecidos. Lo importante, en mi opinión, es situar en cada proceso el lugar de la tecnología que poseemos y, por ello, saber si estamos utilizando la punta, el medio o solamente el rabo.
