Seguro que al leer el título de esta historia, se os ha venido a muchos a la cabeza el nombre de Ricardo Corazón de León, imaginando que voy a referirme a este héroe casi legendario que protagonizó una de aquellas magníficas expediciones, llamadas Cruzadas, que pretendieron conseguir de una forma directa y definitiva la Alianza entre las civilizaciones cristiana y musulmana.
Pues no. El protagonista de este relato didáctico es otro Ricardo, al que, desde niño, apodaron Corazón de Melón sus compañeros de Escuela, por su carácter con tendencia al enternecimiento, esto es, a dejarse conmover por las desgracias y malestares ajenos.
Por supuesto, como siempre que se produce un desvío de la naturaleza humana, sus padres fueron los primeros que le advirtieron, tan pronto como descubrieron esa debilidad.
-Ricardito, deja de preocuparte por los demás. Atiende a lo tuyo, que ya es bastante.
Pero el infante Ricardo no hacía caso. No porque fuera desobediente, sino porque algo más fuerte que él le impulsaba a una sensibilidad exacerbada. Por ejemplo, si veía que otro escolar, a la hora del recreo, no estaba disfrutando del correspondiente bocata, se acercaba para preguntarle si no tenía hambre.
-¿No te ha preparado tu mamá ni siquiera un donut como tentempié?
Si el otro niño le contestaba que no tenía apetito o que ya había engullido el contenido de su fiambrera, Ricardito respiraba tranquilo. Si, por el contrario, expresaba que se había olvidado el sándwich sobre la cimera de la cocina o, peor aún, que sus papás estaban en paro y no tenían dinero para comprarle suplementos dietéticos, Corazón de Melón, le ofrecía sin dudar la mitad de su bocadillo y, si le parecía un caso extremo, todo él entero.
Cuando Ricardo Corazón de Melón era un adolescente, una gran crisis se apoderó del país. Como estamos hablando de una época relativamente moderna, y en un país relativamente desarrollado, la crisis no se detectó porque se hubieran agotado las reservas de trigo, o las aguas se hubieran teñido de rojo o, ni siquiera, una plaga de langostas hambrientas hubiera destruido la cosecha de remolacha azucarera. Los altos Consejos del Estado diagnosticaron que la crisis era producto de la coyuntura, lo que tranquilizó a todos los que tenían medios adecuados para aguantar el chaparrón.
Ricardito Corazón de Melón no tardó en advertir que algo malo estaba pasando en el mundo, sin necesidad de leer los periódicos ni salir al extranjero. Con solo realizar el trayecto de su casa al Instituto, y viceversa, al que estaba obligado un par de veces al día (salvo sábados y festivos), se percató que la densidad de pedigüeños en la Calle Real, que debía atravesar forzosamente, aumentaba terriblemente.
-He contado un pobre cada veinte pasos -comentó con un compañero, con el que tenía confianza-. Hace una semana había un pobre cada veinticinco. Y hace apenas un año, en la Calle Real solo había tres pordioseros, uno a la puerta de la iglesia, y los otros dos, ante El Corte Inglés.
-¿Y qué nos va a ti y a mí? -respondió el otro, a tan acertada observación experimental, utilizando una frase extraída, sin que fuera consciente, de los materiales bíblicos.
A Corazón de Melón, sí le fue. Consciente de que, por mucho que subdividiera en alícuotas partes relevantes la cantidad que, para atender a sus teóricas necesidades de compra de chuches, sus papás le daban semanalmente, no conseguiría detener aquél flujo creciente de necesitados, pensó en alternativas. Por cierto, también advirtió, con conmovedora perspicacia, que, en su mayor parte, ya no provenían fundamentalmente de otras nacionalidades, y que, los que pedían, no parecían ser drogadictos, ni vagos, ni pertenecer a la obsoleta categoría de maleantes, sino que eran del mismo pelaje y color que el suyo y, en sus cartelones, escritos con mayúsculas -pero que nadie leía- se presentaban como padres o madres de familia, parados sin remedio, desahuciados, o gentes así. Tenían unas caras terribles.
Pidió a sus padres el adelanto de todo un año de paga y, con ese dinero, compró sobres y sellos. Escribió cartas al representante del distrito, al alcalde de la ciudad, al ministro de Complacencias Interiores, al Monarca de aquí y a los de allá y al Jefe Mundial de Todos los Países civilizados.
Era un método tradicional, pero quería estar seguro de que esas personas le leerían. Por supuesto, también publicó el contenido de la carta, en su blog, en el perfil de Facebook, en Tuenti, y en otros sitios y foros de internet. Sabía que en esos sitios, los amigos -él tenía 1.500 amigos virtuales- se limitarían a poner «Me gusta» o «Chanchi Piruli» (por ejemplo), sin tomar ninguna medida más. Qué se le iba a hacer. Pero, ¿qué harían los personajes importantes, los que tienen las sartenes cogidas por el mango?
El contenido de la carta, en lo sustancial, era el siguiente (después de los educados encabezamientos y la fecha):
«Me parece que no se han dado cuenta Vds. de que el número de pobres que piden limosna en nuestras calles, en el suburbano o en los locales comerciales, ha aumentado exponencialmente.
«Puede que crean que solo con la caridad de los transeúntes se podrá solucionar el problema. No lo veo así. He estado observando durante varias semanas, en distintos puntos de la ciudad, incluído el suburbano, lo que la gente entrega a estos necesitados, y estoy convencido de que solo les daría para subsistir malamente, y que, dado que la mayoría están enfermos y no tienen, según les he preguntado, ninguna ayuda médica, corren riesgo de que sus males empeoren rápidamente, contagien a otros, sean o no de los que piden limosna, y puede que mueran en la calle sin atención alguna, como si fueran animales, lo que sería especialmente lamentable, ¿no?.
«Observo que la mayor parte de los transeúntes pasan de largo junto a estas personas, sentadas, echadas o de rodillas en las calles, ignorándolas. Incluso he podido constatar que no les contestan una sola palabra cuando se acercan, salvando la vigilancia, a la mesa del restaurante en donde los que pueden, están comiendo, o cuando explican su situación en los vagones de metro o a la salida de los comercios e iglesias.
«Me he permitido contar también el número de perros en la Calle Real, siempre conducidos por sus dueños con preciosas correas y cadenitas, y, en un alto porcentaje, fabricantes de bolitas de excrementos que sus amos recogen con unas bolsitas, delicadamente, aunque también pueden ignorarlas si creen que nadie les observa. La cantidad ha aumentado también, y está superando – levemente, de momento-, al de pordioseros.
«Las escenas de afectividad que despiertan estos animales, llamados de compañía, me resultan vergonzantes. Una vecina a la que se le murió su perrito de aguas hace unos días, en el que había gastado miles de euros para curarle de un cáncer de piel, me reconoció que había llorado su pérdida durante días, porque era su mejor amigo, después de la separación de su esposo.
«Creo que la crisis que tenemos no es coyuntural, sino estructural. No tenemos ninguna solidaridad con los demás seres humanos, sean de nuestra nacionalidad como de otras. Les propongo que tomen medidas urgentemente. Aquí les ofrezco algunas:
«Propongo que todo aquel que sea propietario de un perro o animal doméstico, se haga cargo también de uno de estos necesitados, obligándose a darle comida, pago de la asistencia sanitaria y cobijo durante un año.
«Propongo que…»
Era una carta muy larga. Y aunque Corazón de Melón la había enviado a tantos sitios, hasta el momento, nadie le contestó. El número de pedigüeños de la ciudad siguió aumentando, los consejeros reales permanecían en sus trece de que la crisis era pasajera, y, si se atendía a lo que decían las noticias del extranjero, se estaba preparando una guerra preventiva, que nadie estaba seguro de lo que significaría, pero no sonaba nada, pero que nada bien.
-No te desesperes -le aconsejaba el amigo íntimo de Corazón de Melón-. Tú ya has hecho bastante. La solución de lo que pasa en todo el mundo no está en tu mano.
Por cierto, una compañía de alimento para pets, utilizó su idea, y lanzó una campaña con el lema: «Adopta a un pobre». Alcanzaba ya 40.000 simpatizantes, aunque, como expresé, el número de pobres no cesaba de aumentar. Como el de perritos de compañía.
Corazón de Melón estaba, cada día, que pasaba, más desorientado.
FIN
