Aunque se sospechaba que ya había cumplido los ochenta años, Silvela Menosconto, conservaba interesantes cualidades. Había sido una mujer hermosa y en este aspecto, sí que el tiempo había hecho estragos: la esclerosis encogía y doblegaba su cuerpo, obligándola a caminar, desde hacía años, apoyada en un bastón,
Había sido profesora de griego en un Instituto femenino de Valgamediós y, entre sus éxitos literarios, contaba una traducción directa de varios clásicos. Su estudio sobre Esquilo, al que, en una brillante demostración, controvertida por otros eruditos, había despojado de la autoría de algunos poemas, para atribuírselos a Arquíloco, le había granjeado una cierta fama, obviamente limitada a los especialistas en la creación griega arcaica.
Silvela no tenía hijos, aunque considerada como tales a algunos de sus alumnos. Por la Residencia geriátrica aparecía muy de tarde en tarde un tipo calvo, bastante obeso, al que acompañaba una mujer más joven, que se decía pintora y que se vestía de una forma que parecía más adecuada para hacer la calle que para rendir pleitesía a una anciana.
Se sabía que el hombre era sobrino de Silvela, porque así lo había dicho a otro residente.
-Te hemos traído una caja de bombones -le decía el sobrino.
-¿Por qué os habéis molestado? Aquí no necesito nada. Además, tengo prohibido tomar dulces…por la diabetes -replicaba, invariablemente Silvela, como respuesta a la atención idéntica que, visita tras visita -bastante esporádicas- le hacían los únicos miembros conocidos de su familia.
Un día de octubre, sin preaviso, aparecieron en la Residencia cuatro personas, preguntando por Silvela Menosconto. Eran tres mujeres y un varón, todos ellos en torno a los cincuenta y muchos años.
La visita supuso cierta conmoción en la residencia, porque se producía un lunes por la mañana, y los días de visita eran los jueves.
El hombre se presentó y, sacando una cartulina de un maletín que llevaba, pronunció unas palabras:
-El Excelentísimo Ayuntamiento ha decidido concederle a Vd. el título de hija adoptiva de la ciudad -y le extendió el documento, que tenía las letras de colorines y varios sellos, lo que le daba mucho empaque al papel. Las otras tres personas que le acompañaban, aplaudieron tímidamente.
Silvela, aún sujetando el bastón, que le era imprescindible para mantener el equilibrio, recogió la cartulina, algo aturdida.
-P…pero aquí dice «a título póstumo» y yo, que sepa, no estoy muerta aún -leyó, sin necesidad de usar gafas, ya que tenía muy buena vista, a pesar de todo.
Los otros se miraron. De alguna parte surgió un tipo que hizo varias fotografías.
-Es, sin duda, un error. Pedimos disculpas. Pero lo importante es que el título que le hemos otorgado -concretó el hombre, que, como se supo después, era el concejal de cultura de la ciudad.
-No, disculpe. Lo importante para mí es que aún estoy viva -dijo Silvela, con una sonrisa triste. – Pueden volver en otra ocasión, si no les es molestia. Eso sí, antes cerciórense de que el diploma no contiene error alguno.
Y les señaló, con delicadeza, la puerta por donde habían venido. No sin antes, hacer una puntualización:
-Porque, a Dios gracias, no tengo demencia senil, pero, por mi vocación de maestra, ejercida durante tantos años, he aprendido a ser clemente con los errores de mis discípulos. Por eso, lo que tengo es una gran clemencia senil, que utilizo tanto con los demás, como, sobre todo, conmigo misma.
Dicen otros huéspedes de la residencia, que Silvela Menosconto se retiró a su habitación, que -por el momento- no compartía con nadie, y leyó, como cada noche, una página elegida al azar de sus autores amados. Y quiso la casualidad, que tanto ronda entre los humanos, que aquella vez le correspondieran unos versos de Safo, aquellos que dicen: ἔλθε μοι καὶ νῦν, χαλεπᾶν δὲ λῦσον/ ἐκ μερίμναν ὄσσα δέ μοι τέλεσσαι/ θῦμος ἰμμέρρει τέλεσον, σὐ δ᾽ αὔτα/ σύμμαχος ἔσσο, y que ella, mentalmente, tradujo así:
«Ven de una vez, diosa, para colmar mi deseo/ y libra mi alma del yugo de la pena/protegiéndome como siempre/en la dura batalla por subsistir»
FIN
