Por supuesto, el lector habrá adivinado que el título de este Comentario tiene su referente gramatical en el ¿Truco o Trato? que se nos ha colado por la puerta trasera de la influencia norteamericana en nuestras vidas.
La explosión simultánea de múltiples cargas de profundidad que se encontraban ocultas -ya se ve que de forma insuficiente- en las miserias de nuestra vida pública, imagino sin esfuerzo que ha despertado en los lugares adecuados, grandes dosis de miedo de que se descubra que nuestra democracia iba desnuda.
O no. Quiero decir, que esta democracia a la española no es diferente de la italiana, la francesa, la alemana o la norteamericana. Solo se la distingue por los ropajes con las que se la enmascara.
Porque también cabe imaginar que lo que se ha puesto de manifiesto con este ir y venir ante la Justicia de personajes públicos que hasta hace poco nos ilustraban sobre su honradez y hasta nos daban consejos sobre cómo apretarnos el cinturón, no es sino un ejemplo -triste muestra- de que aquí nos diferenciamos de los países más desarrollados en la ocultación de las impudicias públicas, en que nuestros corruptos son tan torpes, o tan ingenuos, que ni se molestan en tapar las heces de sus contubernios.
Puestos a aportar mi propia dosis de empatía con el cinismo dominante en las cavernas de la política pragmática (no la teoría que se estudia en las Facultades de Sociología y afines) , sospecho sin distorsión de mi capacidad de análisis, que los esfuerzos del partido que actualmente nos gobierna (mal) por acordar con el partido que nos gobernó (en los últimos años, mal) una Ley anticorrupción, responden, en realidad, únicamente al intento de pactar una Ley de borrón y cuenta nueva, que permita salvar los trastos por la puerta de atrás.
Y ahí sí que no me dejo llevar por la corriente con pretensiones catárticas. No creo necesario pactar ninguna Ley anticorrupción. Sería como recuperar para la legislación reglada los Mandamientos de la Ley de Dios o la Etica universal, que coinciden en proclamar como axioma deontológico indiscutible el «no robarás» que, para los gestores de la cosa pública, se puede traducir sin menoscabo en «no te apropiarás de los bienes ajenos que la sociedad te ha encomendado».
Me resulta también muy difícil entender las declaraciones de asombro, los gritos de acusación, contra los viejos compañeros ahora cogidos con las manos en la masa de sus cuentas en Suiza, por parte de quienes fueron hasta hoy mismo sus íntimos compañeros. Los reconozco como una combinación del cinismo prolongado y la voluntad controlada de mantenerse al margen, negándolo todo con cara de jugador de póker, esperando que el vendaval no los arrolle a ellos también, agarrados a su palo de escoba.
Por otra parte, me pregunto qué podemos esperar de este proceso a la española de levantar algunos de los escondrijos que han servido de guarida a corruptos, corruptores y cómplices, y cómo se detendrá esa vorágine, si es que alguien tiene la facultad y el poder para valorar las consecuencias y reconducir el caballo desbocado.
Porque todas estas historias que van saliendo a la luz (pero existían en la oscuridad, y seguramente muchos de los que ahora se llevan las manos a la cabeza no lo ignoraban), están favoreciendo el crecimiento de una corriente inmensa de descontento, de voluntad de cambio drástico, de condena multitudinaria, que pueden desembocar en un linchamiento general hacia quienes se dedican actualmente a la política y a la economía.
Si no se es capaz de introducir matices, de aislar el hecho de que lo sustancial está incólume, de que no somos diferentes a lo que se produce en otros lugares, porque el aprovechamiento vicioso de las situaciones es consustancial a la naturaleza humana cuando se la deja sin control externo, vamos camino acelerado de una revolución sin sentido práctico, que nos aislará de otro países con los que compartimos lo que se puede llamar «cultura occidental del desarrollo económico-político».
No veo la solución en esos partidos nuevos que aparecen como incólumes, puros, precisamente, porque no han tenido el poder y que se atribuyen, obviamente sin posible réplica, la presunción de inocencia y lealtad al servicio de la generalidad.
Me parece muy grave lo que nos está pasando, porque nos ha dejado solo con el malestar, con el desagradable sabor de boca de que muchos -si no muchos, más que suficientes- de quienes nos estaban, y están, exigiendo sacrificios, ni los hacían ellos mismos e incluso, no tenían empacho en robarnos el tres o el cinco por ciento de cada obra pública que contrataban.
Paremos este carrusel. Estoy mareado con los giros de la rueda de las mentiras, la ambición, la insolencia de creer que los demás somos tan tontos que nunca se descubriría que nos estaban engañando. Los de las cuentas en Suiza, los de las comisiones introducidas en sus bolsillos cuando seguramente pretendían alimentar la voracidad de sus partidos o sindicatos, los que pensaron que sus sueldos oficiales no eran suficientes para compensar su sacrificio, ¿cuántos son?
¿Lo sabremos algún día, o solo se descubrirán los manejos de los caídos en desgracia, de los más odiados, de los que murieron en el curso de las investigaciones judiciales? Y esos individuos a los que se les va poniendo cara de aterrados, ¿no tuvieron la inteligencia suficiente para eliminar las huellas de sus latrocinios? ¡tanta impunidad imaginaban ellos y los que les apoyaron y animaron a actuar de esa manera?¿Cuántas veces vamos a tener que escuchar en los próximos meses que las fortunas de quienes fueron referentes económicos, políticos o sociales provienen de una herencia no declarada?
¿Truco o trato?
