Los días 13 y 14 de este mayo caprichoso -corre el año de la desgracia de 2013-, el Instituto de la Ingeniería de España celebra la «Cumbre de la ingeniería española».
Todos los nombres pomposos me mueven al recelo, porque he dejado de creer -hace tiempo- en cimas y solo veo valles y, en todo caso, repechos.
La primera reunión se anunciaba a la temprana hora de las 8h30 del lunes, y allí estábamos unos cuantos fieles a las causas de la ingeniería, después de haber pasado un control de identidad, con olfateado de cánidos incluído, porque a las 12 h se inauguraba la operación «cumbre» por SAR El Príncipe de Asturias, ceremonia de boato a la que había que estar, se me informó, previamente invitado. (Tiempos éstos de respeto, amigo Sancho, en los que los Reyes y sus familias no son temidos por los súbditos, sino que son aquellos los que temen a éstos).
La montaña a la que me había apuntado no resultó precisamente el Angliru (más bien, un cerro menor), aunque sí me sirvió para confirmar los tufos de discrepancia entre la Administración pública y la privada en los temas de la energía. Creo que en eso nos hemos constituído en una singularidad europea y, seguramente, mundial: la Administración pública no se entiende con el gran capital. Como todos teníamos fresca la confesada devoción por la libertad de mercado y el apoyo a una no-planificación (flexible, eso sí) del secretario de Estado de la Energía, sonó a discrepancia legítima, pero rebelde, oir del representante de Iberdrola (Carlos Sallé) que «se necesita una política visible y no cambiante» y que «la estabilidad regulatoria es un elemento más del mix».
Aunque, por el buen rollete en la mesa, todos parecían estar de acuerdo con ello, no me pareció que esto fuera exactamente lo mismo que se desprendía de otras frases que apunté de boca de Rafael Mateo (Acciona), que expresó que «hay que sacar de la tarifa lo que no tiene que ver con ella, como el apoyo al carbón nacional, los bonos sociales, las primas a las renovables, etc» y que «cada ez que tenemos un vertido de eólica en el sistema, se produce una pérdida de competitividad enorme», siendo víctimas «de un gravísimo error de planificación del crecmiento de la demanda y de la dejación de responsabilidades por parte del regulador en el control». Tal vez va a ser verdad que lo que nos pasa es que no sabemos lo que nos pasa.
En fin, yo estaba allí a Rolex y no a setas (con perdón), puesto que me había apuntado a la conferencia de Javier Targhetta, que apechugó, ni más ni menos, que con el tema «Minería»; así, por las bravas. Estuvo bien, explicando con pocas pinceladas y un par de slides que «el mundo se mueve cada vez más por motivaciones a corto plazo -estornudos-» y que «China ha multiplicado incluso por diez su orden de consumo desde 2003», en tanto que «los precios deflactados del cobre, zinc, y aluminio» (los tres metales en los que fijó su análisis) se mantienen invariables.
¿De España? «Caída salvaje de los mercados, que solo la exportación ha podido compensar; (…) se necesita seguridad jurídica, incluyendo certeza en la utilización del suelo industrial, con carácter ilimitado en el tiempo». Y, ya cogido a contrapelo, dijo Targhetta que echa de menos «apoyo a la contención del gasto público, con saneamiento del sector financiero», porque -supongo que era esta la razón del arabesco- aunque «no tenemos ya recursos mineros importantes», si bien «pueden ser puntualmente rentables», y allí hace falta que la Administración apoye y los ecologistas no incordien con sus flautas.
No me quedé a la inauguración. Tomé un café en el jardín del Instituto, departí sobre trivialidades y fundamentos con varios colegas (el patio se pobló de ancianos uniformados a medida que llegaba el momento de la aparición de SAR) y me fui, para intentar «sacar algo de piedra», con la noticia a cuestas del fallecimiento de Julio Gavito, que me acababa de pasar, emocionado, Javier Cueto-Felgueroso. Me contaron luego que el Príncipe había dicho que España necesitaba ingeinieros. ¿Alemanes?

¿Sirven para algo estos eventos salvo que para tirarse el folio de lo importante, influyente y listo que es uno? Tu relato suena claramente a déjà vu: he vivido esa sensación unas cuantas veces y no hay remedio.
Lo que hace falta es aterrizar, ver la realidad existente y trabajar para cambiar las cosas. No entiendo qué punto de vista de la ingeniería me pueden dar unos dinosaurios completamente alejados de este mundo rememorando aquellos felices años en los que los ingenieros eran los amos del universo, tenían chófer, ama de llaves y en algún caso hasta derecho a pernada.
Agradecemos tu labor de síntesis y dice mucho de ti que no te quedaras a los siguientes actos oficiales que no aportan nada salvo para hacerse la foto, aunque todos sabemos que huíste debido al fuerte olor a naftalina que despedían los vetustos uniformes rescatados de armarios devorados por la carcoma.
Imagino a Orzowei -sin desvelar su identidad, y reconociéndole mi aprecio, porque conozco a quien se esconde tras el seudónimo – perdido en la selva a la que cree, tal vez, que no pertenece. Pero sí, está en ella, y aunque abomine de mucho de lo que le rodea, forma parte de ese paisaje, con el que hay que contar si se quiere mejorar el biotopo. Lo quiera o no reconocer, en él vive; de él vive, vivimos.
Es cierto que no me siento cómodo en algunos ambientes y, sobre todo, que no comparto ni apoyo ciertos comportamientos, en los que no me cuesta nada adivinar la intención de perpetuarse en el manejo de prebendas y plumajes. Es más, hay casos en los que pienso que aquello de lo que alardean es más bien miserable, sobre todo, por lo que consiguen, al impedir que las instituciones en las que están tan ricamente aposentados sean ocupadas por otros más activos, más representativos, más abiertos, y, por tanto, cobren otros aires.
Sin embargo, no encuentro forma mejor de actuar, como manera pacífica de cambiar las cosas, que estar dentro de ellas (si puedo y si me dejan), proponiendo actuaciones y criticando constructivamente, batallando con ejemplos y denunciando con seriedad lo que crea se hace mal. La voluntad de apoyar la renovación donde lo sienta necesario, no me impidirá reconocer que no todo es abominable, que, desde luego, hay mucho aprovechable. No soy, no seré jamás, el tipo del martillo, sino uno de los de la azada y el pico.
Y como se que tú, Orzowei, como otros compañeros, trabajamos por reformar sin destruir ni pretender tierra quemada, animo, como he hecho otras veces, a que todos los que están en silencio -la inmensa mayoría-, pensando tal vez que o no va con ellos o que no ya no hay nada que hacer, salgan de una vez a la palestra y nos ayuden a abrir puertas y ventanas -con ideas, con trabajo, con ganas- para que entre el aire fresco y hagamos el ambiente mucho más respirable, constructivo, -realmente democrático-, sin que nadie pretenda que el sitio en donde se ha visto encumbrado es ahora su feudo, que está allí porque nadie como él lo ha merecido, sino que es proyecto de todos y si está allí, no es porque cuatro amigos complacidos le hayan elevado a la tribuna, sino porque nos representa y nos defiende.
Fui Orzowei en mi niñez y he vuelto a enfundarme en mi querido héroe ya que creo que es necesario afrontar estos tiempos revueltos con un poco de «guerrerío», aunque espero que no me pase como a él y me mate un tío feo, feo, feo… Constantemente tarareo aquello de «Corre muchacho ya, no te detengas más…»
Es difícil no dejarse llevar por la inercia y dar continuidad a la desidia e ineptitud que profesan los que están actualmente en el poder, pero hay que ser fuertes. No me queda más remedio que volver a mi niñez de nuevo y comparar tal situación con la serie televisiva y también película «La fuga de Logan» (http://es.wikipedia.org/wiki/Logan%27s_Run). En la citada serie, un consejo de ancianos comandaba una comunidad en la que se obligaba a la edad de 21 (o 30) años a dormir definitivamente. Un vigilante se entera del montaje y duda en unirse al clan senecto o proclamar la verdad al mundo entero, optando por la solución valiente aunque costosa. El Consejo enterado de tal situación busca a otro vigilante para que capture al díscolo prometiéndole un puesto entre los elegidos a integrar el citado consejo.
Unos optan por aportar poesía a la situación y otros, como es mi caso, establecer comparaciones con series televisivas vividas en la niñez, no sé si es tan artístico e ilustrativo pero a mí me llena.