Quizá una de las más espinosas cuestiones que deben resolverse tanto en la cotidianidad particular como en la gestión pública para evitar injusticias, tensiones y conflictos es la integración de las minorías.
La teoría democrática dice que las minorías tienen derechos y deben disponer de opciones de expresión y para defensa de sus intereses. Con variada semántica y cuidados matices, se indica en las Constituciones y en algunas leyes que regulan o pretenden regular los aspectos principales de nuestra convivencia, que se apoya el derecho de las minorías frente a las posibles intenciones avasalladoras de las inmensas mayorías.
La Constitución española vigente promulga que todos los españoles somos iguales ante la Ley y defiende, en consonancia con el principio, entre otras expresiones, el libre ejercicio de las opciones religiosas, de la expresión de las propias ideas o de la organización democrática de las asociaciones y corporaciones colegiales.
La teoría es mucho más atractiva que la práctica, y el tribunal Constitucional y las jurisdicciones específicas han tenido y tienen mucho trabajo en discernir responsabilidades cuando las minorías pretenden que sus derechos han sido avasallados.
Porque la casuística demuestra que en la vida económica y empresarial, en la política, en las relaciones profesionales, y hasta en las comunidades de vecinos -por citar solo al azar algunas de las muchas situaciones en las que concurren opiniones mayoritarias con discrepantes- falta con frecuencia la voluntad, está ausente el procedimiento, se adultera la mecánica, y, por supuesto, fallan los resultados, en el apoyo a las minorías. Muchas veces, a estas opciones minoritarias, el derecho que les queda es el del pataleo.
Vivimos, en consecuencia, época de manifestaciones callejeras, en las que, aprovechando el efecto multiplicador de la presencia en las calles, las minorías actúan sobre la vida ciudadana, bloqueando accesos, ocupando sitios, proyectando en los medios informativos, con pancartas, eslóganes, declaraciones y gritos, peticiones y reivindicaciones que no tendrían, de otra forma, atención alguna.
Pero vivimos también otro fenómeno. La gran disgregación en las opiniones, -surgida del exceso de crítica, la vacuidad de muchos análisis y la perversidad de algunos argumentos contrarios-, el excesivo alimento a la curiosidad morbosa, por la que cualquier vocinglero con gesticulaciones dramáticas obtiene atención y seguidores, la contaminación deshonesta con que se pretende desacreditar al otro, la desfachatez con la que se esgrimen, en defensa de los intereses propios o de grupo, supuestas verdades, ha permitido el crecimiento de las minorías, resultado de la incredulidad, la desinformación, el hastío y la polarización del discurso político hacia detalles, perdiendo la visión de conjunto.
No percibo soluciones a corto plazo para contener la disolución en reinos de taifas el deseo teórico, legítimo, de una opción dominante, mayoritaria, que se ha vuelto en ocasiones imposible. Grave es la cuestión cuando en cuestiones muy técnicas o que deberían ser dominio de especialistas, la mayoría haya sido conducida hacia el error, dejando confinada la minoría ilustrada al infierno del desprecio o escarnio general, que asiste sin acción al desastre colectivo.
Grave es también la cuestión en el terreno de la política. La consciencia de los partidos (no solo en España) de que los partidos tradicionales han perdido la capacidad de captar el apoyo de las mayorías, ha favorecido el crecimiento de opciones que ponen el foco puntual en promesas, críticas o apologías que pretenden captar la atención de los votantes desorientados o decepcionados.
Así que las opciones básicas de gobierno -que, de forma simplificada, no debieran ser otras que dos: la tensión razonable desde el capital o desde el trabajo- han perdido su identidad, enmarañadas en una polémica estéril que incluye banderas, precipicios ideológicos sin fundamento, franjas rojas de patio de colegio, enfrentamientos personales que aconsejarían un pase por el sicólogo y, en fin, descalificaciones agrias, no a los programas (que no existen o son inviables) a las personalidades del contrario.
Me parece, por tanto, que la estrategia de las minorías, que es tratar de centrar la discusión de lo que conviene hacer desde el Gobierno, en meros aspectos puntuales, se ha impuesto sobre lo que debería ser la estrategia de quienes quieren optar a una mayoría suficiente para gobernar. Disgregadas como un rebaño ante un pistoletazo, sin capacidad para organizarse en argumentos que puedan alcanzar el beneplácito general, las mayorías carecen de opción y los votantes, ante el espacio de acción imposible de tantas líneas rojas (un dominio de soluciones inviable, en visión matemática), han de confiar en que se cree un espacio postelectoral ex novo, imprevisible hoy.
Tiempo de grave riesgo para sensatos, en los que la verbosidad y la capacidad de convicción de que saben hacer uso los mercachifles, atraen a sus placebos a miríadas de desorientados, ingenuos y papanatas, .
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La perdiz roja (alectoris rufa) está extendida por todo el territorio español, salvo concretas zonas de Asturias y los Pirineos, en donde resulta raro encontrarla, por haberse extinguido. Es gregaria, asustadiza y corre rápidamente a esconderse en los bordes de los pastizales y cultivos de secano en los que se alimenta.
El ave que fotografié formaba parte de un grupo de su especie, entretenida comiendo semillas en un campo de la Tramontana mallorquina. Aunque las diferentes especies de perdiz no parece que compartan hábitats, la perdiz roja (o común) se distingue, por ejemplo,, de la griega (alectoris greca) por su gorguera ancha, con listas pectorales negras. La perdiz griega, de similar comportamiento, tiene el babero blanco, perfilado con un borde negro en el centro del pecho


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