Hace veinte años que ETA asesinó a Ernest Lluch. Fue en el año 2000, el 21 de noviembre. Imposible olvidar la tensión de aquella época, en la que la capacidad de España para resistir estaba amenazada desde tantos ángulos. De esos momentos, (en los que yo, con once años menos que Lluch, estaba viviendo como observador privilegiado -en realidad, siempre lo fui- la descomposición de nuestro país), recuerdo la desorientación, el dolor y la rabia. No tenía sentido lo que estaba pasando.
Asesinar como manifestación ideológica, elegir las víctimas al azar o por odio o su proyección mediática, reclutar asesinos entre ignorantes sin escrúpulos para los que la vida ajena carece de valor… qué sinsentido.
Nunca milité en ningún partido, ni tentado estuve de hacerlo. Qué bien que no hice. A veces me viene a la memoria lo que me dijo un amigo cuando, recién devuelto de la aventura alemana, aterricé en un país -el mío- en el que, después del intento fantoche de Tejero de revertir el proceso de la transición democrática, gobernaba el partido socialista y todas las facciones estaban a la caza de nuevos militantes: «Cualquier partido estaría encantado de contar contigo». Es cierto que me tentaron, tanto de derecha como izquierda, pero no me moví. Nunca podría dejar de ser un verso libre, un crítico, constructivo pero implacable con mis modestos medios, de lo que me parece mal. Ya fuera en la empresa privada como en la Administración pública.
Me han echado de casi todos los lugares para los que trabajé. Mi currículum es denso en experiencias, aunque también cuenta con un final intrigante en la mayor parte de los centros de trabajo a los que dediqué mi vida. Dos años después del asesinato de Lluch, a mis cincuenta y tres años, un viernes a última hora, me echaron de Fomento de Construcciones de Contratas, por ejemplo. Sin explicación alguna, aunque, por supuesto, no dejé de construir la mía.
Si traigo esto ahora a colación, es solamente para destacar que nunca hay un camino fácil para el discordante. El que discrepa, aunque crea que su teoría está bien construida, a pesar de que elementos del «sistema» le aplaudan y animen, por más que colegas, amigos o subordinados le ensalcen y digan que lo apoyan, las fuerzas de la resistencia buscan permanentemente su vía para acallarlo, marginarlo; destruirlo.
Yo he llegado a esta edad sin más rasguños que los que la enfermedad haya podido proporcionarme. No estuve jamás en primera línea de fuego o de opinión, he sido toda mi vida un segundón sin especial relieve.
Ernest Lluch sí estuvo en la avanzada del frente. Hoy, veinte años después, sus amigos y colegas de entonces, sus alumnos (algunos muy brillantes) le rinden el homenaje de unas palabras emotivas, llenas de admiración y respeto. De todas ellas, por la proximidad que tuve con él, me gustó la forma de expresarlo de Félix Lobo, colega en la Facultad de Económicas de Asturias, que trabajó codo a codo con Lluch cuando éste fue ministro de Sanidad.
Todo me suena hoy a componenda, a falso, a redención no pedida.
Cuánto hemos perdido y perdemos por la falta de diálogo, por la ausencia de verdaderos apoyos, por la envidia y el rencor. En el reportaje (magnífico, desde luego) que la TVE2 dedicó a Ernest Lluch, se pudo ver qué, en la gran manifestación organizada como protesta por su asesinato alevoso, una vez que Gemma Nierga leyó unas palabras en su recuerdo, instando a que quienes estaban en el poder -central, regional, en la oposición, en cualesquier demostración de potestad- hablasen, dialogasen, se pudo leer en los labios de la primera línea de asistentes a aquella expresión de repulsa popular, entre los políticos que «pintaban algo» entonces -Pujol, Aznar, Zapatero,…- esta dramática cuestión. «¿Quién autorizó que se dijera ésto? ¿De dónde proviene esta frase, apelar al diálogo?»
¿Quién dice hoy que hay que dialogar, que las posturas de quienes se creen en poder de la verdad, están, por eso mismo, genuinamente equivocadas? Se ofrece diálogo desde todas partes, y se niega que los otros lo quieran.
Digámoslo todos. Dialogad, dialogad. Dejad a un lado vuestras petulancias, vuestras mentiras, vuestros odios reales o ficticios. Recoged las ofertas de diálogo, no las subordinéis a la aceptación de las vuestras. No dejéis que la intolerancia asesine al que busca entendimientos.
Perdimos oportunidades, perdemos a cada momento.
Ya sé que el diálogo solo no sirve, porque en muchos temas no hay por qué llegar a acuerdos. Pero mientras se dialoga, no se chillará en el Congreso de diputados. Porque el asesinato de Lluch vino a demostrar que los que chillan, pueden invitar a matar. Y matan.
(Ah, y aún están a tiempo, queridos lectores, de leer la entrevista que publica hoy El Mundo a Andreu Jaume. Habla de nuestra asistencia silenciosa al desguace de la democracia representativa. Así que somos todos cómplices, incluso desde las filas de atrás)


Llevas razón en tu conclusión, aunque cada vez más se va abriendo paso la idea de que en esta democracia faltan cauces para expresar la voluntad de la gente.Para muchos, militar en un partido encasilla demasiado.
Mientras se polarizan los discursos, todavía hay una corriente que propone ese diálogo del que hablas y que tanto bien haría al progreso de este país.Pero cada vez encuentra menos espacio.