Al socaire

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Lo que perdimos

21 noviembre, 2020 By amarias 1 comentario

Hace veinte años que ETA asesinó a Ernest Lluch. Fue en el año 2000, el 21 de noviembre. Imposible olvidar la tensión de aquella época, en la que la capacidad de España para resistir estaba amenazada desde tantos ángulos. De esos momentos, (en los que yo, con once años menos que Lluch, estaba viviendo como observador privilegiado -en realidad, siempre lo fui- la descomposición de nuestro país), recuerdo la desorientación, el dolor y la rabia. No tenía sentido lo que estaba pasando.

Asesinar como manifestación ideológica, elegir las víctimas al azar o por odio o su proyección mediática, reclutar asesinos entre ignorantes sin escrúpulos para los que la vida ajena carece de valor… qué sinsentido.

Nunca milité en ningún partido, ni tentado estuve de hacerlo. Qué bien que no hice. A veces me viene a la memoria lo que me dijo un amigo cuando, recién devuelto de la aventura alemana, aterricé en un país -el mío- en el que, después del intento fantoche de Tejero de revertir el proceso de la transición democrática, gobernaba el partido socialista y todas las facciones estaban a la caza de nuevos militantes: «Cualquier partido estaría encantado de contar contigo». Es cierto que me tentaron, tanto de derecha como izquierda, pero no me moví. Nunca podría dejar de ser un verso libre, un crítico, constructivo pero implacable con mis modestos medios, de lo que me parece mal. Ya fuera en la empresa privada como en la Administración pública.

Me han echado de casi todos los lugares para los que trabajé. Mi currículum es denso en experiencias, aunque también cuenta con un final intrigante en la mayor parte de los centros de trabajo a los que dediqué mi vida. Dos años después del asesinato de Lluch, a mis cincuenta y tres años, un viernes a última hora, me echaron de Fomento de Construcciones de Contratas, por ejemplo. Sin explicación alguna, aunque, por supuesto, no dejé de construir la mía.

Si traigo esto ahora a colación, es solamente para destacar que nunca hay un camino fácil para el discordante. El que discrepa, aunque crea que su teoría está bien construida, a pesar de que elementos del «sistema» le aplaudan y animen, por más que colegas, amigos o subordinados le ensalcen y digan que lo apoyan, las fuerzas de la resistencia buscan permanentemente su vía para acallarlo, marginarlo; destruirlo.

Yo he llegado a esta edad sin más rasguños que los que la enfermedad haya podido proporcionarme. No estuve jamás en primera línea de fuego o de opinión, he sido toda mi vida un segundón sin especial relieve.

Ernest Lluch sí estuvo en la avanzada del frente. Hoy, veinte años después, sus amigos y colegas de entonces, sus alumnos (algunos muy brillantes) le rinden el homenaje de unas palabras emotivas, llenas de admiración y respeto. De todas ellas, por la proximidad que tuve con él, me gustó la forma de expresarlo de Félix Lobo, colega en la Facultad de Económicas de Asturias, que trabajó codo a codo con Lluch cuando éste fue ministro de Sanidad.

Todo me suena hoy a componenda, a falso, a redención no pedida.

Cuánto hemos perdido y perdemos por la falta de diálogo, por la ausencia de verdaderos apoyos, por la envidia y el rencor. En el reportaje (magnífico, desde luego) que la TVE2 dedicó a Ernest Lluch, se pudo ver qué, en la gran manifestación organizada como protesta por su asesinato alevoso, una vez que Gemma Nierga leyó unas palabras en su recuerdo, instando a que quienes estaban en el poder -central, regional, en la oposición, en cualesquier demostración de potestad- hablasen, dialogasen, se pudo leer en los labios de la primera línea de asistentes a aquella expresión de repulsa popular, entre los políticos que «pintaban algo» entonces -Pujol, Aznar, Zapatero,…- esta dramática cuestión. «¿Quién autorizó que se dijera ésto? ¿De dónde proviene esta frase, apelar al diálogo?»

¿Quién dice hoy que hay que dialogar, que las posturas de quienes se creen en poder de la verdad, están, por eso mismo, genuinamente equivocadas? Se ofrece diálogo desde todas partes, y se niega que los otros lo quieran.

Digámoslo todos. Dialogad, dialogad. Dejad a un lado vuestras petulancias, vuestras mentiras, vuestros odios reales o ficticios. Recoged las ofertas de diálogo, no las subordinéis a la aceptación de las vuestras. No dejéis que la intolerancia asesine al que busca entendimientos.

Perdimos oportunidades, perdemos a cada momento.

Ya sé que el diálogo solo no sirve, porque en muchos temas no hay por qué llegar a acuerdos. Pero mientras se dialoga, no se chillará en el Congreso de diputados. Porque el asesinato de Lluch vino a demostrar que los que chillan, pueden invitar a matar. Y matan.

(Ah, y aún están a tiempo, queridos lectores, de leer la entrevista que publica hoy El Mundo a Andreu Jaume. Habla de nuestra asistencia silenciosa al desguace de la democracia representativa. Así que somos todos cómplices, incluso desde las filas de atrás)

Publicado en: Actualidad Etiquetado como: asesinato, Diálogo, Eduard Jaume, ETA, Lluch, memoria

Cuento de otoño: El sutra del opositor cultivado

19 diciembre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Gaoxuan fue un patriarca chino del que no se conocía nada en absoluto hasta que el año pasado, al remover tierras en la periferia de Chengdu para construir un supermercado, se descubrió un Sutra firmado con su nombre. Ese relato ejemplar, que lleva por título El opositor cultivado, ha sido ya traducido a todas las lenguas del mundo y puede encontrarse fácilmente en internet, en su versión más completa, que ofrezco aquí de forma resumida, ya que el Sutra en cuestión es el de mayor extensión conocida hasta la fecha, pues está escrito en una cinta de Möbius, sin principio ni fin.

Según refiere la historia que allí se cuenta, cuando varios discípulos se encontraban disfrutando con su mentor de la paz de una tarde de finales de agosto, meditando sobre la mejor manera de conducir a un pueblo a su máxima felicidad, el maestro Gaoxuan sacó del refajo de su manto inmaculado una semilla de loto y ofreciéndola a la vista de todos, preguntó:

-¿Qué tengo en la mano?
-Una semilla de loto, sin duda -contestó de inmediato uno de los jóvenes que seguían sus enseñanzas.
-Eso es lo que se ve -replicó el sabio-. Pero lo que no se ve es que esta semilla tiene más de veinte siglos y conserva intacto su poder germinativo.

Todos observaron, encantados, aquel fruto rugoso, que pasó de mano en mano, encontrándolo parecido a cualquier otra semilla de las que se pueden hallar en parques y jardines. Uno de los discípulos, picado por la seguridad, quiso saber:

-¿Cómo es posible, maestro Gaoxuan, que se pueda conocer tan exactamente la edad de una semilla?

Gaoxuan centró su profunda mirada en quien había hecho la pregunta, al mismo tiempo que hacía con la punta de su sandalia, un agujero en el barro, en donde depositó con sumo cuidado la semilla.

-Esta semilla estaba guardada en una caja de marfil que perteneció a los enseres de mi familia, y trasmitida de generación en generación desde los tiempos más remotos de la primera dinastía Quin. Uno de mis antepasados estuvo en desacuerdo con el emperador Huanddixián, que era un tirano. Fue el primer poseedor de esta semilla. Como consecuencia de su rebeldía, fue condenado a la horrible muerte de la tajadura lenta.

Gaoxuan, que no acostumbraba a hablar tanto tiempo de corrido, guardó silencio un instante, mientras volvía a tomar en su mano la semilla de loto, para rascar su corteza.

-Pero lo más importante no es la edad de la semilla ni cómo ha llegado a mis manos, ni que mi sangre provenga de la sangre de un rebelde. Lo más importante es que de ella saldrá, a su debido tiempo, una flor de loto tan hermosa como las del resto de estos parajes.

Nadie se atrevió, por supuesto, a dudar de la verdad de Gaoxuan, que prosiguió, encantado de la atención expectante que causaron sus palabras:

-Como sabéis, el suplicio de la tajadura supone que al que va a ser martirizado se le hagan los primeros cortes en los ojos, para que no pueda ver dónde le serán infligidos los siguientes. Sin embargo, en este caso, y según me ha referido mi padre, a mi antepasado le privaron de la vista en último lugar, con la intención de que pudiera contemplar cada uno de los tajos que se le causaron, y temiera horriblemente cada vez que se aproximara al lugar elegido para el corte la cuchilla del verdugo.
-Es horrible lo que cuentas, maestro -exclamó, horrorizado, aquel muchacho al que llamaban Qianxí, el de las orejas de soplillo, que era uno de los de menor edad.-¿Y qué más has conocido de tu antepasado? ¿Por qué fue condenado a tan desgarradora agonía?

El maestro volvió a cubrir la semilla de loto con el barro, y dirigió su vista hacia el cielo:
-Eso es lo más interesante de todo. Mi tatarabuelo estaba en desacuerdo con el emperador. Pero, en lugar de levantarse en armas contra él o tratar de asesinarlo aprovechando uno de los banquetes a los que, sin duda, venía siendo regularmente invitado, no se consideró jamás opositor, sino que se ofreció como leal colaborador desde la discrepancia.
-¡Ah! -dejaron escapar varios discípulos, impresionados.

-Fue precisamente esa actitud la que los oficiales del emperador no pudieron o no quisieron tolerar. No concebían que nadie estuviera en contra de algunos aspectos de la política imperial y se ofreciera para ser colaborador en otros. No admitían otra forma de comportamiento que estar totalmente a favor o totalmente en contra. Por eso, primero lo sometieron al suplicio para que reconociera que discrepaba en todo y, como no consiguieron que reconociera tal cosa, sino que afirmaba, una y otra vez que solo disentía en algunas, y que en otras, podían contar con él, concluyeron que debían acabar con él, para que su ejemplo no contagiara a otros.

Los discípulos de Gaoxuan se cruzaron miradas entre sí.

-Cuando murió, su esposa e hijos recogieron el cuerpo para darle sepultura y encontraron en una de sus manos esta semilla. Ahora, después de tanto tiempo, la enseñanza de esta semilla, y ella misma, están listas para fructificar.

Y dándole un último y suave pisotón al barro que cubría completamente la semilla, los invitó a seguirle, lo que hicieron, obedientes.

-Maestro Gauxuan, -dijo, al cabo de un tiempo de andar juntos, el jovencísimo Qianxí, agarrándole de la manga-. ¿Hay algo más que debamos saber respecto a esta historia?
-Sí -contestó el maestro-. Apréndetela de memoria y repítela en tu corazón, hasta que comprendas su sentido.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: cuento de otoño, cultivado, enseñanza, germinación, historia, loto, memoria, opositor, política, repetición, sabio, semilla, sutra

Cuento de otoño: El viejo que se resistía a envejecer

18 diciembre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Cuando descubrimos que somos viejos, hace tiempo que ya lo éramos. Porque nos resistimos sicológicamente a determinar el preciso instante en que empezamos a serlo, y ocultamos la situación imaginando que será reversible.

Ese punto de no retorno en el precipicio de la ancianidad podría estar situado unos días antes de aquél en el que, creyendo detectar la primera cana, observamos que tenía, en realidad, varias compañeras. Puede que, para algunos, hubiera sido posible localizarlo apenas unos meses antes de que el odontólogo, al realizar lo que pensábamos era solo una endodoncia, nos abrió el camino hacia la dentadura postiza. No hay que descartar que el asomo de la vejez tuviera que ver con aquella vez en que preferimos ver una película en el reproductor de vídeo antes que aceptar la sugerencia de calentarnos en el lecho con la pareja.

Persófilo de la Higuera estuvo, desde muy tierna edad, preocupado por el tema de la vejez. Y, lo que es más importante, tomó la decisión de no envejecer cuando era un niño de siete años, al visitar a su abuelo en el geriátrico, acompañando a su madre.

-Mamá -preguntó a su progenitora, al terminar la rápida visita-. ¿Por qué el abuelo te llama Marianela? Tu nombre es Brunilda.

-Me confunde con mi madre, que se llamaba así. Es que el abuelo es muy viejo y no se acuerda de casi nada.

Por eso, para acordarse de todo, Persófilo, comenzó un itinerario complejo que debería conducirle al deseado propósito de no envejecer. Cuando cumplió la edad de veintiséis años, provisto de un doctorado en Física Evolutiva y una Licenciatura en Filosofía Involutiva, creyó haberse pertrechado con el más moderno aparato de investigación que podía imaginarse, en tanto que ser humano, y se puso a meditar sobre el tiempo.

Dedicaba largas horas a tratar de desmenuzar el tiempo, dotándolo del máximo contenido. En las primeras etapas de la investigación, procuró simplemente acelerar la realización de los actos mecánicos, de manera que si, pongamos por caso, inicialmente podía solamente realizar en un segundo veinticinco rayas sobre un papel, llegó a conseguir dibujar trescientas veinticinco, y lo que es más interesante, siendo plenamente consciente de lo que estaba haciendo.

-Mi tiempo cunde cada vez más, -escribió en su cuaderno de bitácora, que era como llamaba al archivo informático en donde dejaba registrados sus avances.

Solo que, como es fácil imaginar, por intenso que pareciera al joven Persófilo el esfuerzo por descomponer el tiempo en parcelas más pequeñas, ninguna aplicación tenía para resolver su preocupación principal, que era, cmo se dijo, detenerlo. Y, creía el tenaz investigador, si fuera capaz de parar el reloj (por así decirlo), el volverlo hacia atrás ya podría considerarse pan comido.

Sus amplios estudios le habían llevado a admitir que, con el herramental de la memoria, podía retroceder en el tiempo, y conseguir revivirlo en la imaginación. Lo que se le resistía, obviamente, era lograr que esa situación imaginada, por vívida que fuera, tornara realidad. Con el avance de los ejercicios de concentración, creyó descubrir que no necesitaba retroceder con la imaginación mucho tiempo atrás, sino que le bastaría conseguir revivir el instante inmediatamente anterior.

-Si fuera capaz de retroceder una sola unidad elemental de tiempo, y volver a situarme en ella, la cuestión estaría plenamente resuelta -Ese fue el hito más relevante de la investigación, según anotó.

El método parecía, teóricamente, sencillo. Se trataba de concentrarse a tope en el ejercicio de vivir el presente y, cuando se estuviera en situación de máxima proximidad con el momento justamente anterior, saltar sobre él, como un jinete avezado.

Si no he sido capaz de reflejar en estas modestas frases la categoría intelectual del proceso en el que Persófilo estaba inmerso, el problema es mío. Porque la investigación de la posibilidad de retroceder en la flecha del tiempo, convirtiéndola en un boomerang de ida y vuelta, ha sido preocupación reconocida de los más altos científicos y, por supuesto, literatos. Los segundos han recurrido a pócimas misteriosas, seres diabólicos o trucos de magia para explicar el control que ejercían sobre el tiempo sus personajes. De los primeros, han quedado algunas páginas notables, pero desgraciadamente, ininteligibles.

Persófilo podría haber sido tomado por loco, por su obstinación en perseguir una quimera, pero lo cierto es que no envejecía. Cumplía años, sí, aunque permanecía tan juvenil, mondo y lirondo en su carácter, como el primer día, esto es, como el día en que se había puesto a meditar sobre la trascendencia del tiempo. Había llegado a la edad en que quienes se resisten a envejecer, creen conseguirlo pintándose las canas, cubriéndose la cocorota con ridículos tupés, o, si tienen medios económicos, haciéndose estirar una y otra vez la piel detrás de las orejas o el sobaco hasta que se le rompe en pedazos.

El no necesitaba nada de eso, porque no envejecía, como dejó puntualmente consignado en sus archivos.

Criticaba a quienes pretendían simular lo evidente, haciendo ver que, a la postre, la ocultación solo servía para proporcionar un efímero consuelo a ellos mismos. Porque, por mucho que lo intentaran, los demás descubrían fácilmente el engaño, convirtiendo la intención de mantenerse juvenil en motivo de risión, en clave de ridículo. Les hubiera sido más económico admitir el poder del tónico que proporciona la misma naturaleza, ya que la pérdida sucesiva de vista, oído, olfato y, a la postre, de toda sensibilidad, es el premio con el que esa benévola señora condecora a sus súbditos añosos, para que no perciban la degradación que han ido sufriendo.

Tengo en mis manos una copia de los resultados de la investigación de Persófilo y, en verdad, que me parecen sorprendentes y estimulantes. Me suscitan múltiples preguntas que me hubiera gustado formular al investigador, si estuviera aquí con nosotros.

Por lo que me cuenta la que fue su novia durante largos años, una anciana venerable que vive en una casa en las afueras de Aranjuez, rodeada de gatos siameses, un buen día, su enamorado se instaló en el ayer, y ya no pudo, no supo, o no quiso, volver.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: abuelo, ayer, boomerang, Brunilda, científico, concentración, cuento de otoño, envejecer, flecha del tiempo, juventud, Marianela, memoria, mónada, preocupación, reloj, resistencia, viejo

Cuento de verano: Olvido busca Memoria

20 septiembre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Ya sé que es un título raro para un cuento. Tenía pensado uno buenísimo pero no consigo recordarlo.

Yendo directamente al grano del asunto, el protagonista de este relato no es un pueblo concreto, ni una raza, sino una especie. La humana. Y el marco de referencia no es la Tierra, sino el cosmos. Puede parecer pretencioso, aunque no es exactamente mi intención.

Cuando quienes imaginaron el Universo habían ya colocado toda la escenografía, activado los mecanismos semiautomáticos y decidido los momentos en que se producirían los momentos más impactantes, y se disponían a disfrutar de los efectos, tranquilamente sentados en la primera fila de butacas, uno de ellos tuvo una idea singular:

-Pongamos la condición de que, en la evolución de las especies, una de ellas no tenga memoria.

El resto de los artífices del Universo estuvo de acuerdo de inmediato en que podría ser interesante, y ese y no otro es el origen de la especie humana, tal como la conocemos hoy. La ausencia de memoria afecta por igual a hombres y mujeres, porque lo importante para este cuento no es ignorar o no dónde dejaste las llaves o cuál era el traje que llevabas el día que se casó tu prima la de Logroño, sino que me estoy refiriendo a la Memoria colectiva, a los hechos claves de la Historia de la Humanidad que hubieran permitido reconocer porqué estamos y somos así, y no repetir más que los éxitos, evitando caer por segunda vez en lo que salió mal.

Me he referido en el párrafo anterior a «la Historia de la Humanidad» y, en realidad, no existe. Tenemos a disposición de los curiosos y eruditos una colección de anécdotas, en su mayor parte inventadas o tergiversadas, que es imposible interpretar, por mucho que te rompas la mollera. Como la especie humana es actualmente muy numerosa -hace tiempo que alcanzó la masa crítica-, hay centenares de análisis de lo que pudo haber pasado, y hay que reconocer que algunos llegan a conclusiones divertidas.

Tanta palabrería no impide ser claro en afirmar que la humanidad, como no tiene memoria, esté continuamente volviendo a empezar, para diversión de los dioses de esta gran aldea global, aunque lo hace cada vez con menos margen de actuación, como si estuviera representando ya el último acto. Esto explica -es un decir- que, con las tensiones entre pueblos y razas, que hace apenas un siglo desembocaban en guerras y operaciones destructivas de ámbito local, ahora tengan un carácter general, y por un quítame allá esas pajas, se esté a punto de organizar la de vámonos, Juana. Como si esto fuera un patio de colegio, los grandullones y los gallitos no paran de trazar líneas rojas y de tirar petardos al lado del vecino, que te dejaban sordo un par de días.

Aunque todo parece más estructurado, no hay tal. El origen de la tensión no ha cambiado, y es el afán de dominar y acapararlo todo que surge, como una enfermedad, en ciertos grupos y en todas las generaciones. La ausencia de Memoria es la razón.

A nivel individual, como han resuelto algunos estudiosos, lo deseable es llegar a la vejez con buena salud y mala memoria. Solo que, como especie, hemos llegado a este punto con mala salud y nula Memoria. Lo que es muy poco tranquilizador.

He soñado que los autores del libreto y la escenografía, en este acto, habían previsto que Olvido saliese a buscar a Memoria. Era un sueño muy entretenido, que me hubiera gustado recordar.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: angel arias, creación, cuentos de verano, dioses de la aldea, éspecie, especies., evolución, guerra, humanidad, memoria, memoria colectiva, olvido, paz

Mi Diccionario desvergonzado (11): artista, restaurante, memoria, desnudo, colonia

30 junio, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

artista: 1.Joven que ha seguido algunos cursos en una Escuela de Artes y Oficios y que se cree poseído de una fuerza destructivo llamada imaginación, opinión que nadie comparte (salvo, eventualmente, su pareja), y que, si tiene la mala suerte de morir joven por sobredosis, es posible que encuentre un marchante que haga dinero presentándolo como artista consagrado. 2. Genio, frecuentemente anónimo, cuyo nombre debiera conocer todo el mundo, cuyas obras se encuentran en los museos identificadas como llevan el nombre de quienes las fueron coleccionando con fines de evasión fiscal. 3. Persona que canta y baila en las celebraciones. Véase también: obra de arte, genio, evasión fiscal.

restaurante.1. Lugar en donde se come bien o mal, cuyo elemento de identificación es que hay que pagar antes de marcharse; si te cambian los cubiertos entre plato y plato, suele ser conocido como «restaurante de categoría» y si se sale de él con hambre, hay grandes posibilidades de que su propietario haya obtenido una o varias estrellas en alguna guía gastronómica. Véase también; bar, cocinero, estrella.

Memoria: 1. Conjunto de hojas con fotos de colorines que lleva un número que corresponde al año anterior al que se escribíó, y que se utiliza por la gerencia de una entidad para explicar las razones por las que no se cumplieron los objetivos previstos pero se está seguro de cumplirlos, con creces, en el siguiente. 2. Cualidad que siempre se tenía de joven, pero que se pierde felozmente a partir de los cuarenta años, y que se trata de ejercitar resolviendo sumas de números y con reglas nemotécnicas, que no sirven para solucionar los objetivos centrales de la vejez: recordar donde se han puesto las llaves o las gafas y no confundir el nombre de los nietos. Véase también: responsabilidad social cooperativa, consejo de administración.

Desnudo: 1. Fotografía recotada de mujer joven, de frente o de espaldas al espectador, anunciando colonia o una crema para la piel. 2. Dibujo de un ser humano sin vestido alguno, en posición objetivamente ridícula, con la que los estudiantes de Bellas Artes justifican ante sus padres que no están perdiendo el tiempo cuando asisten a las clases de Figura Humana. 3. Situación del que no tiene ni puta idea en un examen. Véase: vello púbico, pelotas, publicidad, actriz

Colonia: 1. Líquido sin valor alguno conteniendo sustancias volátiles, que deja un residuo que mancha la ropa o la decolora, y que, gracias a intensas y costosas campañas publicitarias se considera imprescindible regalar a alguien en fechas señaladas, cuando no se sabe qué otra cosa regalarle. 2. Conjunto de casas iguales, de construcción modesta y situación marginal en la población que servían como vivienda obrera, y que, con el paso del tiempo, han quedado en el centro de las ciudades, y, convenientemente protegidas por los Planes de Ordenación Urbana, han sido remodeladas por sus sucesivos dueños, para parecer todas distintas y, con notable persistencia, sirven como seguro rompedero de cabeza para personas de clase media-alta. Véase: POA.

Publicado en: Actualidad, Cultura, Diccionario desvergonzado Etiquetado como: artista, colonia, desnudo, diccionario desvergonzado, memoria, restaurante

La muerte del padre

3 abril, 2013 By amarias2013 6 comentarios

Un 3 de abril murió mi padre. Como hoy tengo un día espeso, perdóneme el lector amigo que copie una parte del Comentario que le dediqué, el 20 de julio de 2007 en el blog que entonces yo tenía abierto.

«(…) El Angel Arias al que me refiero aquí, en el comentario, no soy yo. De entre los muchos Angel Arias que fueron y son en este mundo, quiero referirme a mi padre, en esta breve semblanza.

«Cuando lo sorprendió la muerte, a mitad de sus setenta, estaba estudiando griego, por razones que ignoro, y llevaba ya dos o tres lecturas de la Enciclopedia Británica, en inglés, y siguiendo siempre el orden alfabético, sin saltarse página. Sabía varios idiomas y los hablaba con suficiente soltura para salir del paso de cualesquiera dificultades.

«Pertenecía a una categoría, hoy ya prácticamente en extinción, de profesionales que saben el porqué de lo que conocen. Era Doctor en Ciencias químicas, y estuvo siempre a la persecución de la fortuna económica, que nunca le llegó, o si le llegó, no se detuvo.

«Mi padre, en mi singular opinión, forma parte del paisanaje singular de Asturias. Porque, en lugar ser emigrante de la región, se esforzó en modificarla desde dentro, metiéndose en un montón de proyectos que eran potencialmente muy interesantes, y que terminaron sistemáticamente en un fiasco.

«Sabía casi todo sobre las ferroaleaciones, y creó, junto con otros visionarios, una empresa en Lugones que se hartó de fabricar ferrotungstenos y silicomanganesos (por ejemplo) hasta que alguien decidió que había que liberalizar las importaciones. Se empeñó en recuperar la minería de la schelita en Boal, poniendo nuevamente en explotación Penouta, anduvo con los caolines de Guitiriz. Qué se yo dónde puedo terminar su biografía.

«Fue el quien me llevó, siendo un chaval, a leerle unos versos míos a un convaleciente Fernando Hontoria, entonces director de Tecnología en Ensidesa, (empresa donde mi padre recaló cuando se quedó sin una perra y muchas bocas que alimentar). El paciente tenía los ojos tapados por la operación de cataratas que acababa de sufrir y la voz me temblaba, supongo, un poco, aunque fui recuperando el tono a medida que notaba que el yaciente me escuchaba en silencio y en su rostro aparecía una sonrisa de complacencia.

«Hontoria no me vió nunca (no coincidimos más que aquel día). Cuando terminé de leer aquellos poemas, dijo a mi padre algo así: «Le agradezco el regalo, Arias. Es de los que no se consumen nunca, porque me llegó al corazón. ¿Dice Vd. que el chaval quiere ser ingeniero?. Que haga lo que quiera, pero que siga escribiendo».

«Mi padre salió conmigo de la habitación y nos volvimos a otra del piso de abajo en la que mi madre, empezaba a morirse. Yo continué con mi recital de poesía, que ya no dejé jamás.»

Cuando uno escribe de su padre muerto no lo hace exactamente por homenaje a su memoria. Si eres varón y te aproximas rápidamente a la edad que él tenía cuando falleció, creo que te puede la desazón de no haber encontrado respuestas.

Publicado en: Personal Etiquetado como: angel arias, memoria, muerte, padre

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