Miré con desconfianza
la página en blanco
que tenía ante mí
y encontré que estaba ya llena
de palabras.
Separé con mis manos
el silencio del grito,
y me adentré,
desnudo y azorado
en un abismo sin fondo.
Recogí cuantas pude.
Palabras, muchas palabras,
un cesto rebosante
de palabras.
Sonaron las sirenas.
Cuando apenas quedaba
tiempo para salir,
escapé.
Pasó la muerte.
Volví a mi casa,
sellando a cal y canto
huecos y ventanas.
Mañana es otro día.
(«El animal que hay en nosotros», Angel Manuel Arias, 2008)

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