Al socaire

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Miedo a la vida

1 noviembre, 2018 By amarias 1 comentario

En las calles de la ciudad donde vivo, me crucé ayer -víspera de la festividad católica de Todos los Santos- con muchos infantes que lucían, divertidos, al salir de la escuela, sus rostros pintados, aparentando, con mayor o menor fortuna, ser reflejo de muertos vivientes. Con sus ojeras marcadas,  pómulos ennegrecidos o dentaduras rotas, no daban miedo, por supuesto, sino que suscitaban ternura por su inocente representación.

Esa noche, los mayores organizan, en esta España acomodaticia a lo que significa diversión sin frenos, masivas fiestas, en copia infiel del Halloween americano, a las que se acude con los atavíos más complejos, que incorporan seductores delantales para brujas encantadoras que dejan ver hasta el final de los muslos, guerreros con sus cráneos sangrantes perforados por hachas  y cuchillos, y muchas otras evocaciones de la muerte y sus daños físicos.

Este carnaval de final del otoño, tiene un significado perdido y se ha quedado en lo que más importa al cuerpo, que es el jolgorio, en sus variadas evocaciones pasionales. Ya pocos de los más jóvenes -digamos, de los sesenta para abajo- van a los cementerios, ni en esta fecha del uno de noviembre ni en el siguiente día, llamado de Difuntos. Se da sepultura a los difuntos y se pasa página, cumpliendo a conciencia el rito del vivo al bollo y el muerto al hoyo. Pareciera que, al dejar los muertos en su paz, los cementerios se perfeccionan año tras año como lugar de reposo -al menos, por los noventa y nueve años que dura la perpetuidad legal, o incluso muchos menos, si necesita el responsable del campo más espacio, o se precisa mover la mojama por caprichos de redención histórica, o… hay una demanda de paternidad por medio-.

Entiendo correcto y muy moderno, no tener miedo a la muerte. Si el final nos pilla en un Hospital, tras una enfermedad bien solventada en sus dolores, y se nos aplica la dosis conveniente de somnífero, los expertos que asistieron a cientos de finales se ratifican que el paciente moribundo se va al otro barro (sic) con una sonrisa de estulticia, como quien entra en un sueño después de una borrachera.

Lamentable es, desde luego, que haya cientos de miles de desgraciados que vean su final huyendo de la hambruna o de la miseria, ahogados en los mares que lindan con la prosperidad aparente o mantenidos a raya con dispares letales desde muros insuperables, pero no hay peligro, parece, de que eso nos suceda a nosotros. Lamentable es que haya lugares en esta esfera achatada que es un mínimo punto en el cosmos, donde las gentes prueban en los de enfrente armas cada vez más precisas y con capacidad letal asumible por la conciencia de sus usuarios y fabricantes y que, como efectos colaterales, haya millones de anónimos espectros aún vivos (por poco tiempo) que se vean obligados a deambular con su nada a cuestas, pidiendo compasión.

No tengamos miedo a la muerte. Aún en los casos más violentos, el acto final dura relativamente poco y el cuerpo y la mente están preparados para soportarlo; no hay otro remedio. Tengamos miedo a vivir sin ideales, sin convicciones, compartiendo la existencia con el egoísmo y el desprecio. Tengamos miedo a que nuestra vida haya sido inútil, vacía, despilfarradora de ocasiones y afectos. No se trata de ser un sabio, ni un santo, ni un héroe, ni de pasar a la historia pequeña de la humanidad.

Podría parecer un mensaje desde el púlpito, aunque ni tengo autoridad ni pretendo la peana. Es una lectura en voz alta de mi propia desorientación, el reconocimiento de mis temores y tremendas limitaciones. Se trata de conseguir estar a bien con uno mismo, ser consciente de haber hecho, cuanto menos, lo posible.

A una vida perdida en la frivolidad es a la que habría que tener miedo. Formamos parte, -quiero verlo así, por encima de credos, mandatos, falacias y promesas  de una existencia atemporal-, de un colectivo en marcha permanente hacia su perfección. Como individuos de esa especie racional que tenemos circunstancialmente el soplo de la vida, nos debemos a los demás y a ese objetivo.

Nuestra aportación, por pequeña que sea, debería someterse al propósito de mejorar a la Humanidad en su camino para desbrozar el misterio de la existencia. ¡Qué difícil resulta no equivocarse, con tantas tentaciones para claudicar, espejismos a seguir, necios poniendo zancadillas!

Buen día de Difuntos, amigos vivos.

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Palabras

4 diciembre, 2014 By amarias Deja un comentario

Miré con desconfianza
la página en blanco
que tenía ante mí
y encontré que estaba ya llena
de palabras.

Separé con mis manos
el silencio del grito,
y me adentré,
desnudo y azorado
en un abismo sin fondo.

Recogí  cuantas pude.

Palabras, muchas palabras,
un cesto rebosante
de palabras.
Sonaron las sirenas.

Cuando apenas quedaba
tiempo para salir,
escapé.

Pasó la muerte.

Volví a mi casa,
sellando a cal y canto
huecos y ventanas.

Mañana es otro día.

(«El animal que hay en nosotros», Angel Manuel Arias, 2008)

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Cuento de primavera: Fugas

18 abril, 2014 By amarias Deja un comentario

«Estamos en lo que nos faltamos», escribió Juan Gelman (Mundar, Visor Poesía, 2008) en uno de esos poemas casi ininteligibles que solo se despliegan cuando se leen una y otra vez, hasta sacarles brillo con la imaginación.

No es posible saber en qué momento quedó la puerta abierta y si nosotros fuimos los descuidados.

Pero se escapó el amor. Cuando fuimos a darle de comer, como habíamos hecho los días anteriores, poniendo el chorrito de esperanza en el cuenco de beber y un buen montón del compost de ilusión -que tanto le gustaba-, en el comedero, y cambiamos la cama de sepiolita y pequeñas frustraciones para que todo lo encontrara limpio y a su gusto, lo llamamos luego con el suave ronroneo que lo imitaba, pronunciando su nombre.

-¡Amor! -porque no habíamos creído conveniente ponerle otro nombre. ¿Cuál mejor?

Recorrimos toda la casa, mirando debajo de las sillas, moviendo piezas en el cuarto de los trastos, manoteando detrás de las cortinas del baño. No estaba a los pies de la cama revuelta, ni junto a la bañera en donde acostumbraba a sentarse para contemplar nuestro desnudo, ni se había acercado aquella noche a la mesa de la cocina para compartir con nosotros la cena que preparamos con los guisos que tanto había alabado.

Ya era muy tarde cuando comprendimos que no estaba. Nos ha dejado su ausencia, su vacío, así, como al descuido. Y aquí estamos, esperando que vuelva, acurrucados en lo que nos faltamos, aferrados a esa fantasía.

FIN

(Ayer, 17 de abril de 2014, falleció Gabriel García Márquez. Yo lo conocí cuando tenía diecisiete o dieciocho años, de casualidad, y me enseñó el calor de las palabras; luego, nos vimos muchas otras veces, en Cien años de soledad -¡tantos!-, encontrándonos sin preaviso o citándonos en mis sitios preferidos, bajo páginas abiertas que yo releía siempre con deleite, incluso en voz alta, sin importarme que él, desde la distancia inalcanzable, no me escuchara.

No me avergüenza reconocer que yo imitaba sus pasos, sus giros y retruécanos, buscando el calor de sus frases, la sensualidad de sus párrafos calientes. Lo seguía a riesgo de convertirme en una caricatura suya, pintarrajeado con tintes y betunes que  eran de otra galaxia y, por tanto, no me correspondían.

García Márquez (yo nunca me atreví a llamarlo Gabo) siempre guardaba sorpresas, y también me engañaba, como hacía -supongo- con todos los que le amábamos. Cuando me habló, por ejemplo, de aquel coronel que no tenía quién le escribía, me tuvo buscando toda una tarde a ese hijo perdido con la obsesión de un poseso, habiéndome animado antes a elucubrar que yo -infeliz- lo encontraría. En los Funerales de la mamá grande, allí me tuvo, de pie, toda una tarde, esperando ni sé que cosa, y estuve a punto de suspender  Cristalografía.

Ahora me dicen que ha muerto, pero no me lo creo. En la imaginación no se muere jamás, como tampoco el amor. Perviven en lo que nos falta)

(P.S. Y hoy, 18 de abril de 2014, se nos ha muerto el tío Alfonso, un hombre tenaz; también de esa misma generación de titanes, premios nobel y cupletistas a la que perteneció Gabriel, también un luchador muy bien vivido, que desarrolló, en este su caso, la andadura entre aventuras de machos de caballerías y sobremesas en ventas gallegas,  capitán de una abadía de foros redimidos que pertenecieron a quién sabe qué iglesias, amado como el que más entre sus paisanos, ágil entre los atletas, a pesar del ataque de una polio sin respeto infantil que debió haberle dejado baldado para siempre , y que no consiguió -qué va- doblegarle ni la sonrisa.

El fue principal culpable, de que a mí, advenedizo, me gustara el sabor del campo más rudo, y asturiano de los Oviedines del alma, procedente de cepas variadas, de su mano, se me abrieran de par en par las puertas de las casas de Pontenova, de Meira, o Vegadeo, y llegara a  entender el gallego que hablan los lucenses, y aprendiera, de una vez, que los que son sencillos no tienen nada de simples, y que quienes viven sus soledades con parsimonia, -deshojando maíces bajo los cabozos, contando pacientes los inviernos- aman a quien les haga buena compañía.

Descanse en su paz; como el decía: «Con la edad, el cuerpo va buscando nicho», y se dormía)

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: Alfonso Bermúdez, amor, cuento, cuento de primavera, García Marquez, gato, gelman, muerte, mundar. falta

Cuento de primavera: Síndrome y Alergia

10 abril, 2014 By amarias Deja un comentario

Al llegar cada primavera, Alergia salía de su letargo. Los muchos días que había pasado en su guarida invernal, sin apenas comer ni beber, le desarrollaban un feroz apetito, que procuraba saciar como podía. Le gustaban mucho, en especial, algunas partes sensibles de los humanos, siendo las narices, los ojos y la piel de las mujeres y niños, el bocado o exquisitez por antonomasia.

Síndrome era un joven apuesto y versátil -para ser lo que era-, que habitaba también en el Paraje, llamado de Las Molestias, Enfermedades y Catarros Apestosos por los humanos. Contrariamente a lo que pudiera parecer a primera vista, no era un Paraje siniestro -a pesar del nombre- pues había multitud de lugares encantadores, en los que se podía disfrutar de momentos muy apacibles y satisfactorios.

Uno de esos lugares era, sin duda, el Paraíso de la Inocencia, en el que se encontraban habitualmente la inmensa mayoría de los niños humanos. También pasaban por allí, de cuando en vez, algunos adultos, que se olvidaban, chapoteando en las tranquilas aguas de la Ignorancia Supina o de la Laguna de la Buena Fe, de sus problemas y dificultades.

Alergia estaba buscando niños en el Paraíso de la Inocencia, con la intención de tocarles un poco las narices y ponerse morada llenando de granos la cara a unos cuantos infelices, cuando se encontró con Síndrome.

-¡Eh! ¿Qué haces aquí? -le chilló, con su voz bastante desagradable- ¡Esta zona es mía! ¿No me ves que estoy cazando y me estás espantando mis presas?

-Aquí no hay exclusivas -explicó Síndrome, que la miró con desprecio (había oído hablar antes de Alergia y no le caía simpática, y se había hecho a la idea de que era barullera y enredadora)-. Además, no somos incompatibles. Podemos chuparles la sangre y las ideas a los mismos, aunque lo normal sería que tú, que eres casi omnívora, te dedicases a otros animales y me dejases a mí libre el campo de los humanos , que es. en realidad, mi especialidad. Además, he quedado en verme con Tourette, Asperges, Down, West y otros sabios en Estocolmo antes de que caiga el día, y tengo prisa.

-Tururú, corneta. No quiero compartir víctimas contigo , por si te cabían dudas, te diré que  me gustan, como a ti, los humanos más que a una mosca la mierda. Mi fórmula de trabajo es, además, similar a la de las hormigas cuando crían con los pulgones. Cuando me dedico a una víctima, la ordeño. La tengo ya como cliente para toda la vida -se explicó Alergia, que tenía una idea más bien confusa de cómo sucedían las cosas en el Paraje de las Molestias, o había sido contagiada por la Ignorancia Supina, sin saberlo (y, además, como se habrá podido comprobar, era un tanto bruta y mal hablada).

-Mira, Alergia, soy yo quien no quiere discutir -dijo Síndrome-. Al fin y al cabo, somos colegas, si bien cualquier que nos vea de forma objetiva, reconocería que, si fuéramos equipos de fútbol, tú jugarías en regional y yo en primera división -(Alergia torció la cabeza)-. Voy a tomar para mí cuatro o cinco grupos de niños de este Paraje y me dedicaré, el resto de mi tiempo, a alimentarme fundamentalmente de los adultos.

-Haz como quieras -concluyó Alergia-. Después de todo, a mí no me faltan recursos, porque a cada instante se me ocurren nuevas formas de apropiarme de la salud de los humanos, hasta el punto que hoy por hoy casi nadie deja de ser cliente, quiero decir, víctima, mío.

Dicho y hecho, Síndrome se dio un paseo por el Paraíso de la Inocencia y, sin importarle un comino el daño que estaba haciendo, tomó unos cuantos niños y se implantó en ellos, causándoles terribles daños a algunos y a otros, una notable desorientación que se derivó en un gran disgusto para sus papás, cuando fueron a recogerlos.

Y luego de haber clavado su mala uva en aquellos infantes a los que marcó para siempre, se fue tan campante hasta las Marismas de la Mala Suerte, en donde se lió con Complejos, una arpía de finísimo olfato y gran actividad sexual, con la que tuvo una descendencia casi infinita.

Esta es la razón por la que en el Paraje de las Molestias, cada vez hay más variantes de Síndromes, Complejos y Alergias. Aunque los humanos se esfuerzas en poner barreras de tranquilidad en algunos sitios -uno de los más defendidos es el Castillo de las Pastillas y Placebos-, no han conseguido gran cosa, relativamente hablando, pues lo que recortan por un lado, los monstruos malignos amplían con creces por otro. Por cierto, enfrente de ese Castillo está situado la Fortaleza de las Intervenciones Quirúrgicas, y los guardianes de ambas tienen, a veces, unos encontronazos de tomo y lomo, defendiendo cada uno su parcela.

De cualquier manera, más tarde o más temprano, todos los humanos (como los demás seres vivos), llega un momento en el que, al menor descuido, caen en las garras de monstruos mucho más dañinos, de rostros variadísimos, a los que han puesto los nombres de Tumor Maligno, Infarto de Miocardio, Choque Anafiláctico, Septicemia, etc., que les conducen, de manera más o menos acelerada, a los umbrales de La Muerte, que rodea, sin que nadie haya encontrado hasta ahora la salida, todo el Paraje.

FIN

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Cuento de invierno: Un día cualquiera

26 febrero, 2014 By amarias 1 comentario

La mañana se presentó algo neblinosa, aunque estaba seguro de que no haría frío. Paco -pero también podía llamarse Angel, Miguel o Josefina, porque el nombre no importa- se sintió fuerte, internamente reconfortado por las explicaciones que había recibido el día anterior, en un primer momento no recordaba exactamente sobre qué o de quién.

Se preparó un zumo de naranja, y exprimió también unas cuantas frutas más de aquel jugo salutífero, porque dejó un vaso para su pareja, que aún dormía. Descorrió las cortinas de la cocina, deslizando la vista, como cada día, hacia aquel paisaje que conocía tan bien, tanto, que identificaba cada pequeña variación, incluso sin darse cuenta, y la procesaba y asimilaba en su subconsciente.

Se cubrió el tórax -no precisamente atlético, pero sí delgado, sin grasa superflua- con la camiseta del chándal y se puso un pantalón deportivo. Salió al exterior, e inmediatamente, un perro -un animal sin raza específica, cariñoso y fiel, como casi todos los perros- se acercó para lamerle las zapatillas, ansioso por comenzar el paseo de cada día.

Paco -pero quizá no se llamara Paco, sino Jorge, María Antonia o Marichu- empezó a correr a buen ritmo, repasando mentalmente todo lo que tenía proyectado hacer a lo largo de la mañana. Por la tarde, acudiría a una reunión de vecinos, a la que estaba convocado.

No tenía mucha fe en las protestas populares, pero creía en la sociedad civil y en la fuerza de la unidad, contra todos aquellos que solo pensaban en su propio interés, aunque en público manifestaran lo contrario.

Mientras corría sobre la tierra aún húmeda, recordó la razón por la que se encontraba tranquilo y sereno, como quizá nunca lo había estado.

Decidió, sobre la marcha, modificar ligeramente el rumbo de todos los días, porque le llamó la atención, a lo lejos, un destello. Podía ser el reflejo producido por la incidencia del sol mañanero sobre una ventana entreabierta. Podía ser, solo que en aquella zona -claro que la conocía muy bien, formaba parte de su paisaje, es decir, de algo que le pertenecía- estaba seguro de que no vivía nadie.

En un momento dado, se dio cuenta de que no había dado el beso habitual a su pareja, sin importarle que estuviera durmiendo. Se sintió ligeramente molesto consigo mismo, ya que, aunque no era obsesivo con mantener los hábitos, aquel rito de amor también le servía para reconfortarse con la naturaleza, con todo lo que llevaba consigo.

Paco -que también podría llamarse Carmen, David, Violeta o Rafael- notó de pronto que algo le atenazaba, como una mano fortísima que le apretara el corazón, con una violencia inusitada.

Se detuvo, incapaz de seguir adelante. Tal vez observó que el perro le miraba, inquieto, si bien nadie hubiera podido asegurarlo más tarde.

Cayó, muerto, sin que tuviera tiempo para percatarse que aquel día, un día cualquiera, para él había tenido un significado especial. También para los suyos, para los que le habían querido.

Le habrían dicho tantas cosas. Hubiera cantado, reído, llorado con ellos.

FIN

(P.S. Hoy, 26 de febrero de 2014, falleció Paco el de Lucía, artista, mientras hacía footing en una playa mexicana. Nos brindó muchos momentos inolvidables y la grabación de sus magníficas interpretaciones musicales a la guitarra permanecerá con nosotros, y servirá para deleite de quienes vengan después, incluso aunque aún no sepan que ha existido y ellos mismos ni siquiera existan hoy. Porque esa es la fortaleza y el misterio de los que han conseguido que su existencia les trascienda. A todos los que nos afanamos por avanzar en un día cualquiera.)

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Tortura y muerte de los Colegios profesionales

16 diciembre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Si cabe calificar de alguna forma la actual situación vivida por las Juntas de Gobierno de los Colegios profesionales sería la de desaliento. En especial, para aquellos Colegios que basaban sus ingresos en la obligación de la colegiación y en los visados de proyectos (los de arquitectura e ingeniería, en particular), el momento no puede ser más crítico.

A la situación de incertidumbre se añaden los continuos aplazamientos de la aprobación de la Ley de Servicios Profesionales. Desde hace ya más de un año, se hace circular, provenientes de organismos nunca identificados plenamente, borradores de esa Ley que daría la puntilla a los Colegios, al reducir a carácter testimonial los proyectos que deben ser visados, proclamar la colegiación voluntaria y obligar a que los cobros por los servicios sean ajustados al coste de los mismos. Tanta información contradictoria ha provocado, como es natural, la desorientación y el desánimo, al comprenderse desde los órganos rectores de los Colegios que no se está atendiendo, en absoluto, a sus observaciones.

Porque los Colegios desearían que la situación anterior se mantuviera y, eso sí, estarían dispuestos a hacer la declaración de un firme propósito de enmienda. Más transparencia, más servicios a los colegiados y más conexión con la ciudadanía en general. Por supuesto, también defienden que son un instrumento de la sociedad civil, que cumplen una función de control deontológico y que, en el caso de los proyectos, el visado implica una garantía, que podría mejorarse, desde luego, de la identidad del firmante, la cobertura de sus responsabilidades y, en una medida no bien concretada, de la calidad del proyecto.

Con el hacha del verdugo administrativo bien afilada, la amenaza del problema se ha convertido en real, sin necesidad de que se ejecute ninguna sentencia. La realidad es que las colegiaciones han disminuido en casi todos los Colegios profesionales, las bajas son un goteo incesante y los, en general, vetustos y nobles edificios en los que desarrollaban sus actividades se van cubriendo de un cierto polvo, mezcla de apatía, falta de ideas, y obsolescencia de sus actuales dirigentes.

Claro que hay excepciones. Pero son pocas, y las que hay, no por ello dejan de estar amenazadas. La supervivencia de los Colegios pasa por un profundo análisis de sus objetivos, una revisión de su oferta y la incorporación masiva de jóvenes que enderecen un rumbo que, con Ley o sin ella, está anquilosado por la artrosis de un bienestar que no estaba fundado en el servicio concreto que estaban prestando a los colegiados y a la sociedad, sino en unos ingresos garantizados por la colegiación de profesionales que, en muchos casos, no sabían para qué les servía el Colegio, ni habían pisado su sede jamás.

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Cuento de otoño: Un hongo irresistible

4 noviembre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

La excepcional afición de Diodoro por desentrañar los misterios de la naturaleza, que se manifestara desde la temprana niñez en tantas facetas, se concretó relativamente pronto en la micología.

Todo micólogo que se precie debe ser también un micófago aceptable, pues se puede decir que, en este arte como en todos, la satisfacción ha de compartirse entre la totalidad de los sentidos.

Diodoro no era, en el campo de las setas, una excepción. Seccionado o desprendido el carpóforo, con el cuidado que es de suponer, de sus hifas o micorrizas, escudriñaba entre las láminas y capelos, confirmando escotaduras, decurrencias, situaciones glabras, vulvosas o pilosas.

Si así le aparecía necesario, reforzaba la investigación con un cristal de aumento o unos frascos con sustancias colorantes que llevaba en un pequeño maletín, colgado de un cinto, para que no le estorbase el fácil acceso al cesto de mimbre en el que acababa depositando, en dos montones, separados convenientemente, los hongos comestibles de los que no lo eran.

Era tanta la ciencia de Diodoro, tanta la información que, con el transcurso de los años había asimilado sobre hongos, que raras veces faltaba a ese proceso identificatorio, la satisfacción intelectual de poner un nombre exacto a la seta recolectada. Cinco nombres, para ser más precisos: el vulgar, en cada una de las cuatro lenguas vernáculas y el que correspondía a la clasificación de Linneo que, como es sabido, admite incluso variantes y, a su vez, se compone de dos y hasta tres palabras.

La intelectual era rematada con la satisfacción de la ingesta del hongo. Cierto que, a base de primaveras y otoños, Diodoro no sentía ya el mismo placer de comerse sus múltiples raciones de setas, preparadas de las más variadas maneras, salteadas, asadas, rellenas, crudas o cocidas al vapor; solas o acompañando guisos; en bechamel o en rodajitas.

No era ya así. La ingesta se había convertido más bien en una obligación, un deber. Incluso alguna de las variedades que figuraban como comestibles en los múltiples manuales que abarrotaban su biblioteca monocromática, le llegó a provocar diarreas y hasta vómitos, seguramente por incómoda saturación del estómago o del intestino por constituyentes potencialmente indigestos.

Por supuesto, con las que aparecían como dudosas en los manuales o como venenosas o peligrosas para la salud, incluso las que podían resultar alucinógenas, no entraban en el cuerpo de Diodoro, que se limitaba a fotografiarlas, si era el caso, y las dejaba, llamándolas por su nombre, en el lugar en donde las había hallado, respetuoso como era de los misterios de la madre naturaleza.

La historia hubiera sido simple y sin interés, sino fuera porque el tal Diodoro, un otoño, paseando con su cesta y abalorios por parajes de la sierra de Aizkorri, se encontró con un corro de setas, de notable porte, que habían crecido aparentemente en campo abierto, aunque a cierta distancia de un alerce.

Tenían el sombrero parcialmente umbelonado, pero no eran cabezas de fraile, porque aún se veían, en los ejemplares más jóvenes, restos de lo que debía haber sido vulva o volva, aunque, al desenterrarlas, no encontró vestigios. En la parte baja del sombrero, no había láminas, sino unos como tubos, pero que más bien se aproximaban a púas, aunque, por la época y lugar, no podrían ser hydnum repandum, sino, más bien, ¿de la subespecie pantherina?.

¿Y qué decir del pie, ventrudo, adelgazado en la base, con unas manchas ferruginosas, no imputables a la esporada, casi blanca, sino, tal vez, al roce con el mero aire?

Diodoro seleccionó los ejemplares que le parecieron mejores, por más representativos y, abandonando la búsqueda de más boletos, hongos o carpóforos, estuvo escaso de tiempo en volver a su casa, y sumergir la testa entre las decenas de libros en las que creyó encontrar ayuda para identificar su hallazgo.

Pasó la noche, y nada avanzó. Cuando le parecía que tenía ya puesta al descubierto la identidad de aquellas setas, una observación más pertinaz, daba un vuelco a la hipótesis. La esporada a veces see le antojaba blaco ocrácea y otras, rojo pardusca, la carne era por momentos consistente y por situaciones, cedente a la presión digital. El olor, a rábano, pero, bien mirado (es decir, olido) podría ser también a almendras o incluso a membrillos revenidos.

Fuera como fuese, sin aguantar ya más la incertidumbre, y aún manteniendo el misterio de la identidad de aquellas setas, el alba encontró a Diodoro preparándose un guiso con ellas. Hizo, en fin, lo que tantas veces el mismo había desaconsejado hacer.

Era aquella la que se apoderó de él, como hubiera reconocido más tarde, de haber tenido ocasión, una tentación irresistible, el deseo de penetrar gustativamente en el misterio del ser y no ser de aquella muestra rebelde de la naturaleza, que se defendía de ser catalogada. Al menos, para él, Diosdoro, tocado en su orgullo fibroso de micólogo.

Tenía que probarla.

Como no quería enmascarar el sabor, apenas si puso una base de aceite en la sartén, añadió una pizca de sal, y, sentándose a la mesa, probó un poco. Excelente. La carne era sólida, el sabor fúngico con un regusto a asado de cordero, el olor que se desprendía al masticar, propio de un manjar solemne.

Comió todo el contenido de la sartén, sintiéndose feliz. Muy feliz.

Cuando, a mediodía, como acostumbraba, la chica de la limpieza, que disponía de una llave, entró para arreglar el apartamento de Diodoro, lo descubrió volcado sobre la mesa del comedor, con un lápiz agarrado en la mano, junto a una hoja de papel, en la que había escrito, con letras gigantescas:

«NO COMER. ESPECIE VENENOSA.»

Pero no había logrado identificarla, parece.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias, Cultura, Restauración Etiquetado como: angel arias, capelo, carpóforo, cuento de otoño, envenamiento, éspecie, glabra, hifa, hongo, identificación, indigestión, lámina, micófago, muerte, seta, venenosa, vulvo

Halloween, el juego de la diversión con la muerte

31 octubre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

El último día de octubre es el Jalouín, un pretexto para disfrazarse de zombi, vampiro o -como diría Sofía, una de mis nietas- de bruja mala. Es una fiesta divertida, en la que los niños se pintan ojeras, recortan ojos y bocas en calabazas para que reluzcan en la oscuridad los fulgores de las velas y reparten caramelos o gastan bromas a los mayores.

Por supuesto, quienes más disfrutan de este jolgorio colectivo son los adolescentes, siempre dispuestos a convertir cualquier pretexto en una aglomeración multitudinaria, en la que se canta, se baila, se bebe y se deja pasar el tiempo en la agradable compañía de amigos y, sobre todo, de desconocidos.

Los españoles tenemos fama de saber divertirnos, si bien nuestras raíces carpetocatólicas, siempre atentas a detectar el pecado en todo lo que hacíamos, han dotado a buena parte de las ocasiones en las que deberíamos de pasarlo bien de un trasfondo melancólico, adusto y trascendental. Tenemos una Semana Santa, un Corpus, una Sacramental, un Día de Difuntos,…casi todos los santos que veneramos son mártires, vírgenes y llevaron vidas aburridas.

Por eso, en los últimos tiempos, hemos demostrado una excepcional capacidad para incorporar fiestas ajenas a nuestro santoral despojándolas de cualquier significado, para convertirlas, pura y simplemente, en diversión. Halloween es, junto a las vacaciones de la Semana en la que celebramos la pasión de quien vino a darnos ejemplo de vida otorgándonos el espectáculo imaginero de una muerte llena de colorido, genuina demostración del travestismo ideológico.

Jalouín, es decir, Halloween, la transliteración de All Hallows’ Eve, es nuestro viejo Día de todos los santos, en el que las familias acudían a los cementerios para limpiar las tumbas de sus allegados difuntos, poner flores y rezar varios padrenuestros por su eterno descanso. Qué tiempos.

Publicado en: Religión, Sociedad Etiquetado como: cachondeo, difunto, diversión, fiesta, Halloween, Jálouin, jolgorio, muerte, todos los sanrtos

Cuento de otoño: Señales engañosas

14 octubre, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

La joven tomaba notas en un cuaderno, sentada en la primera fila. Hacía varios meses que se había licenciado en Geología y aún no había conseguido su primer empleo. Acababa de volver de Londres, en donde había estado perfeccionando su inglés, y el profesor australiano le había dado un consejo para aumentar sus posibilidades:

-Apúntate a un Congreso relacionado con tus estudios al que vaya mucha gente, y haz el mayor número de contactos posible.

Por eso estaba allí. Entre todas aquellas personas de edad madura, la mayor parte, varones, encorbatados y serios, su delicada compostura sobresalía. Se había puesto su mejor falda y una blusa algo escotada. Sin conseguir vencer su timidez, echando miradas de reojo a los demás asistentes, esperaba la oportunidad de presentarse a alguien, y contarle su historia.

Algo así como: «Soy geóloga y busco empleo. Me gustaría algo relacionado con lo que he estudiado. Sobre todo, me encantaría trabajar en un laboratorio».

El conferenciante estaba presentando sus elucubraciones acerca de la repercusión de los ensayos sísmicos sobre algunos animales marinos. No hacía muchos días, habían aparecido decenas de cetáceos desorientados en la costa, y la mayoría, a pesar de los esfuerzos por devolverlos al mar, girándolos hacia la dirección correcta, habían muerto varados en la playa.

La joven leía en los labios del ponente, con avidez, y no cesaba de tomar apuntes. Había sido una alumna aplicada, y conservaba sus costumbres.

-Algunos creen que la desorientación proviene de las explosiones producidas desde barcos especiales que recogen información del subsuelo marino. Estas embarcaciones recorren sistemáticamente una zona elegida, peinándola, y provocan múltiples ondas sonoras a intervalos regulares. Como pequeños seísmos. Estas emisiones sónicas rebotan en el fondo del mar, y son recogidas e interpretadas por sensores adecuados y un programa de ordenador que reconstruye la orografía de esa parte del océano -explicaba el técnico, y su vocalización era, por fortuna, muy clara.

-Saber cómo afectan estas ondas a los animales que encuentren a su paso, será siempre una especulación, porque no es posible entrar en comunicación con ellos. Puede que algunos, en especial, los que pertenecen a las categorías superiores, más sensibles, capten también estas señales o resulten aturdidos por el ruido, y se desorienten, malinterpretándolas -continuaba.

Después, se volvió de espaldas, sin dejar de hablar, y dibujó en la pizarra algo parecido a un cerebro bastante deformado, y lo señaló con varias flechas. La joven, dejó de tomar notas, y mordió el bolígrafo.

-Si se pudiera mantener en cautividad un cachalote o una ballena para probar sobre él el efecto de esas ondas, se habría avanzado bastante. De momento, solo se conoce que a las focas y a los delfines sí parece afectarles, aunque no dejan de comer por ello. Se comportan como lo harían los humanos: pierden oído, se inquietan, en algún caso, tienen comportamientos erráticos…

El presidente de la mesa advirtió al conferenciante que había llegado la hora del café y que, por tanto, la sesión quedaba interrumpida.

Todos se levantaron apresuradamente. La joven geóloga, absorta, aparentemente distraída, había cerrado los ojos para tomar impulso y hacer, por fin, una pregunta. Su pregunta. No se dio cuenta de que la sala había quedado vacía.

Alzó la mano, se levantó seguidamente, sin ver, sin oir (temblaba por la inseguridad), se alisó la falda, nerviosa, y suponiendo que le habrían ya concedido la palabra, con el tono de voz que creyó adecuado (quizá demasiado alto), preguntó:

-¿Y por qué los cachalotes vienen a morir a la costa y no lo hacen en alta mar? ¿Por qué quieren escapar de su medio natural? ¿No estarán suicidándose porque no desean soportar el suplicio al que les estamos sometiendo, como algunos humanos hacen cuando, perdida la razón, se tiran al mar para morir?

Entonces se dio cuenta, por fin, de que estaba sola en la sala. Un sonido cantarín de cucharillas y tazas, entremezclado con voces de conversación y algunas risas, provenía del pasillo.

La joven, sin embargo, no podía oírlas. Era sorda.

Parece que no asistió al resto de las sesiones de la tarde, porque nadie volvió a verla.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: angel arias, animales, cetáceos, congreso, cuento de otoño, etología, experimentos, explosiones, geóloga, muerte, prospección geológica, ruido, sismicidad, sordera

Mi Diccionario desvergonzado (15): machismo, deber, seguro, nostalgia, paisaje, muerte

2 julio, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

machismo: doctrina filosófica aberrante, que cuenta con muchos adeptos entre la población masculina, que pretende que los hombres tienen mayor capacidad intelectual que las mujeres, y que a pesar de la abrumadora acumulación de pruebas en contra de su valor y eficacia prácticas, se mantiene como norma de acción patente o soterrada en las sociedades humanas.

deber: 1. Situación, en principio desagradable, por la que alguien adeuda dinero o favores a otra persona, y que se transforma en motivo de gozo cuando se apercibe de que el acreedor ha olvidado o perdonado la deuda. 2. Obligación de la que uno no puede zafarse, porque le están observando.

seguro: 1. Dícese de lo que puede no acaecer, pero no es momento de demostrar que no se tiene ni idea de lo que pasará. 2. Protección para cuando vienen mal dadas, que no suele funcionar por culpa de la letra pequeña, que nadie es capaz de interpretar como las compañías de seguros.

nostalgia: 1. Actitud mental por la que alguien no puede desprenderse de la sensación equivocada de que lo que se deja atrás es igual o peor de lo que se tiene delante. 2. Dolor de cabeza que no permite disfrutar de lo que se tiene.

paisaje: 1. Visión, posiblemente sobrenatural, que se desvanece a medida que nos acercamos a ella, para desaparecer totalmente en el momento en que nos integramos en cualquiera de sus elementos. 2. Término con el que las personas venidas de la ciudad o de lugares extranjeros, suelen referirse al mar o a cualquier conjunto lejano de árboles y casas, contemplados con la luz del atardecer, mientras ingieren bebidas alcohólicas con alguien a quien desearían seducir.

muerte: 1. Puerta sin retorno por la que los seres vivos culminan el pasaje por la existencia; aunque se han desarrollado elucubraciones que pretenden que para los seres humanos, entendidos como formas privilegiadas, supondría el tránsito hacia una vida mejor, se carece de testimonios fehacientes que rebatan la evidencia de que, al cabo de cien años, todos estaremos calvos y sin la mínima capacidad para observar tal decadencia en un espejo. 2. Estado en el que, de forma indirecta, aplicándoselo a sí mismos, dicen encontrarse quienes, llegados a su casa y hacerse cargo de la situación, preferirían darse un baño caliente o tomarse una cerveza repantigados en el sofá, antes que aceptar la propuesta de visitar a los suegros.

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