No se puede pretender ponerle puertas al campo del coronavirus, ni al calentamiento climático (llámese contaminación atmosférica o efecto manta zamorana). Tampoco sirven los muros que intentan disuadir a los acuciados por el hambre y animados por las perspectivas de mejora para que se queden donde están y mueran o dejen pudrirse sus aspiraciones lejos de nosotros, los europeos que defendemos ostentosamente los valores, la cultura democrática y el respeto a la libertad y a las creencias o los norteamericanos que no hace falta que hagan ostentación de nada, porque se siguen creyendo situados en el ombligo del mundo, ignorantes de que el mundo no tiene ombligo, sino esfínteres.
No, tampoco se pueden poner trabas al crecimiento armamentístico, que garantiza con solvencia que varios países con voluntad hegemónica dispongan de conocimientos técnicos y suficiente material acumulado para generar una hecatombe.
No tengo dudas de que existe capacidad suficiente científica e investigadora, para eliminar la amenaza del corona virus en un pis pas, resolver la mayor parte de los problemas oncológicos que afectan a una buena parte de la humanidad doliente. Por supuesto, que tengo datos -como muchos otros interesados en el tema- que demuestran que existe capacidad de generación de alimentos en el planeta para que ningún ser humano muera de inanición. Obviamente, me parece bochornoso que existan varias multinacionales con mayor poder de inversión y generación de recursos propios que la inmensa mayoría de los países del planeta.
Claro que no soporto con tranquilidad que un 80 por ciento de la riqueza se concentre en el 1,5% de seres humanos privilegiados por la rueda de la fortuna, que lleva los números marcados desde que el mundo es mundo.
Y, por supuesto, me inquieta la composición variopinta de personajes extraídos (parece) de un casting para Salvados (Telecinco), y que, sin embargo, conforma el Gobierno de este país, ahora mismo; me preocupan las declaraciones de arribistas a la máxima representación política que dicen desear una «república multinacional» (sic), en el más puro espíritu anarquista.
Y, si, me descorazona -y no veo en el horizonte soluciones tranquilizadoras- que toleremos como si se tratara de una apuesta tabernaria, sin que se nos mueva una pestaña, que una colección vocinglera de incalificables enfermos de insolidaridad insulte al resto de España, defienda como solución a su sarnosa cerrazón mental el separarse del resto de españoles y, ya puesto en la enumeración de descalabros, no entiendo qué placer pueden sentir quienes dicen estar en la oposición, demostrándonos continuamente que carecen de conocimientos, coordinación, planteamientos coherentes y ganas sinceras de constituirse como alternativa y no en figurones de una sesión de magia potagia.
(continuará)
—–


Deja una respuesta