Hagamos una pira y en la hoguera
donde al fuego el carbón raudo crepita
dejemos que también el odio muera
y, con él, la ocasión que al mal invita.
Que no falte al hogar mucha madera
para que arda con gusto cuanta cuita
nos causa desazón y, sin espera,
tiremos sinrazón que el goce evita.
Una vez que el fulgor desaparezca
revisemos con rigor que las cenizas
no guarden rescoldo en el que crezca
deseo ni ambición, y hagamos trizas
cualquier señal que la atención merezca.
Porque encontrarás paz, si no analizas.
(Soneto del libro «Sea por instinto», @angelmanuelarias, 2019)
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Un mirlo de agua ((cinclus cinclus) alimenta a su cría, ya talludita, a la orilla del río Pigüeña, en Belmonte de Miranda, Asturias, Esta preciosa ave, inconfundible aunque no tan fácil de ver por su mimetismo y los lugares donde habita (junto a torrentes y cursos de agua impetuosos), bucea para encontrar los invertebrados (larvas de insecto, fundamentalmente) que le sirven de sustento. El joven del mirlo acuático tiene el plumaje grisáceo -el adulto es negro pardusco, menos la pechera, de un blanco que aparece refulgente-; también se distingue por su aspecto más esbelto y las barras onduladas del vientre.


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