Estoy convencido de que la inmensa mayoría de las obras literarias que se han convertido en éxito de ventas se lo deben al título. No al contenido, sino a lo que figura en la portada.
Tengo serias razones para rebajar el mérito de un futuro bestseller a la correcta elección de unas cuantas palabras, pero me remito a la constatación de que muy pocos libros se leen, por lo que la llamada de atención al comprador no se consigue por los contenidos, sino que se confía a la cubierta.
Los artistas gráficos están en su derecho al poner el grito en el cielo ante esta reflexión que parece despreciar su trabajo. No lo pretendo. Solo que como tampoco ellos leen el libro del que han recibido el encargo de confeccionar el diseño de las tapas, me remito por la propiedad transitiva a traslativa a la aseveración primera.
Desde niño me he venido fijando en los títulos de las portadas, e imaginado qué podrían contener los volúmenes que amparaban, antes de leerlos. No se vea en ello un desvarío, ni una intención de emular al autor, ni adelantar o perjudicar al juicio que me merecería posteriormente la lectura. Era, simplemente, un impulso irreprimible.
Tengo, también, una colección de títulos posibles para novelas y cuentos que, por supuesto, nunca escribiré. Si mi elucubración fuera verdadera, bastaría con encargar a un buen grafista la portada, y ofrecer al comprador unas cuantas (entre cien y cientocincuenta) páginas en blanco. Apuesto a que pocos se darían cuenta que falta la historia. Aunque también puede servir para estimular la imaginación del no-lector, animándole a que escriba su relato.
Lo que no perdono es que me cambien el título de una novela que he leído y que me ha gustado. Me han regalado un ejemplar de «La Señora Bovary», cuyo autor es Gustave Flaubert. Parece que es el mismo escritor que puso en circulación a mediados del XIX la obra cumbre del romanticismo francés «Madame Bovary» (1). Pero con ese título no me apetece ni leerla ni volver a leerla, en caso de que sea, como obviamente supongo, la misma.
(continuará)
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(1) Madame Bovary sugiere, antes de haber leído ni la primera página, una señora de vida licenciosa, oculta bajo una apariencia respetable; esto es, una historia interesante. Señora Bovary me hace imaginar a una gordinflona matrona invitando, a gritos desde la puerta de la consulta, a la consorte de un funcionario consistorial con ese apellido ridículo a que pase al paritorio.

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