Un sueño intencionado
Algunas tardes, mientras estoy más relajado,
me dejo caer del balcón,
es un placer notar exhausto cómo me abandonan
las ganas de morir,
podía haberme preparado peor.
Abro los brazos al soñar
planeando como una cometa de cartón,
y disfruto viendo a mis viejos amigos en el patio,
mirando boquiabiertos
cómo voy a romperme la cabeza,
gozo sintiendo que una mujer tiende sus manos
desde el cuarto,
lo que tengo en común con ella pienso mientras vuelo.
Se oye por fin una sirena de bomberos
provistos de una larga escalera
de mano insuficiente
pero me queda tan poco espacio
para vivir, y además me favorece
estar atado a un sueño por los globos
que reviento, sin esperar muchos milagros,
el toldo de un comercio
y rompo, para salvarme, varias sillas de diseño
contra el suelo.
(De «No tenemos a nadie», Angel Manuel Arias, 1996)

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