Entre las verdades incontrovertibles de toda incontrovertibilidad, está la de que todo aquel que tenga algún poder, si no hace denodados esfuerzos por evitarlo, llegará un momento en que se encuentre rodeado por un cinturón de aduladores que procurarán apartarle de la realidad, ocultándole información, con el objetivo de beneficiarse de su ignorancia.
La zarzuela «El Rey que rabió», con música de Ruperto Chapí, y libreto de Vital Aza y Miguel Ramos Carrión, presenta esta situación elevada a la categoría de comedia mundana, que es como hace más gracia.
Un Rey que ha vuelto muy contento de darse un paseo por su país, decide repetir la experiencia, pero esta vez, de incógnito. Sus ministros y consejeros, que le han estado disfrazando la verdad (el reino bulle en descontento), acuerdan que un general le acompañaré en su viaje, precediéndole los otros repartiendo dinero entre la población, para que disimulen que todo va muy bien.
El título de la opereta viene un tanto traído por los pelos, ya que en uno de los últimos actos, después de que el Rey ha sido tomado por un labriego y, en tal condición, ha tenido ocasión de enamorarse perdidamente de una moza de pueblo, -por la que bebía los vientos un su primo (de ella)-, resulta que este pobre muchacho, que los ha seguido en sus aventuras, es mordido por un perro rabioso. Como en la pobreza, todos nos parecemos, el joven es confundido con el Rey y conducido a los máximos cuidados, por la cuenta que les tiene a los conspiradores de la mentira, que quieren conservar sus prebendas.
Finalmente, casi todo el embrollo se descubre (esto es, el Rey vuelve a serlo y el pobre recupera su destino) y, sin que se sepa muy bien porqué, los del elenco cantan muy felices, mientras cae el telón.
Se puede uno imaginar que el cuento hubiera terminado de muy distinta forma, si el mordido hubiera sido el propio Rey, y el perro, en lugar de chucho con malas pulgas, hubiera estado rabioso. Tampoco el final hubiera sido el mismo, si el Rey masoquista, encantado por la vida que llevaban los campesinos, y teniendo en cuenta la contribución al bienestar que aportara la belleza connivente de la campesina (que creo recordar se llamaba Rosa), se hubiera quedado a destripar terruños toda su vida y el zagal despechado hubiera ocupado su puesto.
Pero el cuento que más apariencia de cuento tendría, sería éste que sigue.
El Rey, disfrazado de mozo de mulas, consiguió recorrer de cabo a rabo su territorio sin ser reconocido por nadie y tomó buena nota, de su puño y letra, de todo lo que sucedía en realidad, recogiendo puntualmente las quejas del pueblo llano. Vuelto a palacio, despidió a todos sus falsos consejeros, condenando a unos a galeras y a otros a Medinasidonia y a Matalebreras y, abriendo las cajas de caudales, se empeñó hasta las cejas para tomar las medidas oportunas para corregir tanta injusticia como había detectado, acabando sus días pobre, pero contento de haber roto la coraza con la que le habían querido hacer creer que podía vivir como un Rey, viviendo solo del cuento.
Ese Rey que rabió, como puede colegirse, habría rabiado no por mordedura de perro alguno, sino por manifestación de la ira y coraje que le produjo saberse engañado por aquellos en quienes antes confiaba, entretenidos en ponerle vendas delante de los ojos y flores y mucho oropel en el escenario, para que creyera que todo estaba en orden, cuando lo que se estaba gestando, entre bastidores, era el advenimiento de la República.
FIN
