No son pocas las historias de transmutaciones sorprendentes, que han servido de solaz y esparcimiento, cuando no de invitación a la reflexión. ¿Quién no ha sentido cómo su ánimo se encogía ante los relatos de licántropos? Los aullidos de aquellos seres de doble naturaleza que, a la luz de la luna llena, se disponían a devorar alguna víctima propicia, sobrecogen los ánimos más pintados.
De metamorfosis, tal vez algo más lenta, escribió Kafka, y uno no puede por menos, si fuera posible elegir, que desear convertirse en lobo antes que en mosca o cucaracha. El gato con botas, ya en terrenos de literatura para evasión infantil, utilizó con ingenio las posibilidades de transmutación de que hacía gala el temible ogro para invitarle a que se convirtiera en ratoncito, al que no tuvo empacho en devorar. Príncipes que fueron ranas, y otros que salieron a tales hay, también. en los cuentos como en la vida real.
No voy a ser prolijo en la enumeración exhaustiva de los muchos ejemplos de metamorfosis que la literatura, tanto profana como sagrada, ofrece. El lector encontrará sus propias preferencias entre tantos relatos. Pero no me resisto a aportar a tan florido elenco, una experiencia de transformación, que adelanto ya, me resultaría increíble sino fuera porque la viví personalmente.
Estaba una tarde de invierno paseando tranquilamente por el Parque de los Madroños, en las afueras de Madrid, aprovechando que, anunciándose ya la primavera, el día había transcurrido caluroso, cuando, en uno de los claros del bosquete, percibí unas luces intensas y, para mayor sorpresa, hasta me pareció que, en aquel concreto lugar, nevaba copiosa y cadenciosamente, a diferencia de lo que sucedía en otras zonas del madroñal.
El silencio era total. La luz que descubrí, debía ser, para los que estaban cerca, cegadora, a la manera de lo que debieron sentir los que asistieron a las apariciones de El Escorial, tan comentadas en su momento. Mi temor, por tanto, resultaba explicable.
No vi gentes alrededor, lo que tampoco me parecía extraño, pues es conocido que los madrileños prefieren, últimamente, retirarse pronto a sus casas para entretenerse con el partido de fútbol de cada día o, si se carece de tal divertimento excepcionalmente, analizar los detalles del precedente o del subsiguiente, contados con una profusión que, si no fuera porque esta sociedad ha perdido colectivamente el juicio, se podría juzgar como enfermiza.
De pronto, cuando estaba a punto de decidir entre echar a correr o hacer de tripas, corazón y acercarme más, un estrépito como de entrechocar de espadas me hizo sentir aún más lo enigmático el momento.
Había oído, por supuesto, del rumor extendido por esta ciudad y otras, por el que se atribuye a los emigrantes clandestinos, que van llenando todos los espacios sombríos, que en su deseo por sobrevivir en un medio que les presentamos como hostil, una concienzuda preparación para asaltarnos, a la manera que se estilaba en el medioevo, cuando menos lo pensemos, pasando a cuchillo o machete a una parte de los confiados habitantes de este país y rindiendo a los otros para hacérselas pasar canutas, como ellos lo están pasando.
Dicen incluso los más creíbles cómputos oficiosos que, de momento, hay más de dos millones de jóvenes subsaharianos, eritreos, senegaleses, congoleños, liberianos y chinos animistas, que son adiestrados por especialistas eslavos, sirios y argelinos en las artes marciales y el manejo del alfanje y la espada y que están dispuestos ya para el ataque, manteniéndose emboscados entre tanto, comiendo de las sobras.
Nunca me pareció para nada verosímil ese cuento, pero quién sabe si no estaba a punto de descubrir parte del misterio, merced a aquel paseo invernal por una zona que nadie pisaba desde los más inmemoriales tiempos.
Avancé, con mucho tiento, hasta donde se concentraba la luz y comprobé que, en efecto, dos fornidos tipos, de la raza negra, altos como catedrales y ágiles como lengua de víbora, estaban entrecruzándose mandobles, manipulando con insólita destreza unos descomunales espadones. Había, enrededor, callados como estatuas, varias decenas de individuos morenos, todos varones, con sus cuerpos semidesnudos tan trabados como lo estaban los de la pareja a la que inicialmente me refería, y, al parecer, inmutables ante la nieve que caía, como sui un fuego interior les hiciera insensibles a las inclemencias atmosféricas.
Estaba ya a pocas decenas de metros de aquel grupo, convencido de que asistía a un aquelarre, cuando, a mi derecha, surgieron dos osos gigantones, avanzando a toda velocidad y con tal obcecación por alcanzar su meta que, aunque pasaron a pocos metros, no parecieron verme, lo cual mucho agradecí.
Di un grito terrible, presa del pánico.
Entonces, y solo entonces, me percibí de un tipo que, desde la altura, subido como estaba a un tenderete, se hallaba vigilando la escena. El también gritó, señalándome como un intruso indeseable ante aquella convocatoria de malignos:
-¡Corten! ¿Qué coño hace este tipo aquí? ¿Cómo lo dejasteis pasar? ¡Nos ha jodido!
Comprendí que aquellos ingratos personajes estaban rodando una película y que les había fastidiado la toma. Debían, como deduje de inmediato, ser aficionados más que expertos en los asuntos del séptimo arte y contar con escaso presupuesto, lo que justificaba lo pobre de los ropajes y lo exiguo de los detalles. Cuando me fijé mejor, advertí que los osos no eran de carne, sino de mentirijillas, que se deslizaban sobre carriles y estaban disecados, por algún taxidermista no muy avezado, en aquella pose que me había parecido tan feroz.
Por eso, cuando me vuelvo a situar en aquella experiencia, me veo transformado en un imbécil.
FIN
