En las montañas de los ásperos montes cántabros, allá donde se forjaron los rudos caracteres de sus indómitos pobladores, gentes aguerridas que desafiaban los más incómodos peligros con la sonrisa en los labios, hacía tiempo que no vivía nadie.
Todos sus habitantes habían ido abandonando progresivamente las casas que habían servido, durante generaciones, de cobijo a los antepasados de aquellas remotas comarcas. Las dificultades para arar los empinados campos, se hicieron inmensas para los pocos pobladores que fueron quedando, faltos de la ayuda que se prestaban mutuamente los vecinos.
En los últimos años, no se recogía la castaña, ni se limpiaban de helechos los bosques de robles y hayas, ni se carretaban astillas recogidas de las suertes comunales para completar la leña que calentaba los fogones, ni había vacas que ordeñar, conejos que alimentar de la hierba más fresca, ni cerdos cebados durante el año que sacrificar, ni esfollaza de maíz o habas que compartir mientras se cuentan historias, ni siega, ni pastoreo, ni bar ni colmado.
Junto a una iglesia cuya espadaña aún se sostenía, airosa, en pie, a pesar del total abandono, dejando ver los muñones de un antiguo campanario, había un tejo. Un árbol centenario, grande, majestuoso, que había servido hasta no hacía mucho como lugar de reunión de los vecinos de uno de esos pueblos cuyo nombre estaba a punto de ser borrado de los mapas, convertidas en ruinas sin valor las que habían sido cobijos alegres de gentes hoy muertas, desaparecidas en la vorágine de la ciudad o emigradas para siempre.
El excursionista había llegado hasta allí, quién sabe si perdido, miró aquel árbol magnífico, recorrió los alrededores, pisoteó algunas zarzas que impedían el paso al cementerio, ya saqueado por quién sabe quiénes, y, finalmente, cansado por la caminata, animado por el frescor que emanaba bajo sus tupidas ramas, se echó a descansar bajo su protección umbría.
Sin darse cuenta, se quedó profundamente dormido.
Aquel tejo era justamente el lugar en donde, dado lo solitarios que habían quedado esos lugares a los que aquí me refiero, era utilizado por ninfas, gnomos, sátiros, brujas, trasgos, ogros y otros seres de natural huidizo, para reunirse y hacer sus aquelarres, organizar sus fiestas demoníacas o mágicas y preparar brebajes y conjuros con los que gozar de su propia existencia y, en ocasiones especiales, seducir o espantar a los humanos.
Cuando al llegar al lugar de concurrencia vieron al hombre dormido, se asustaron, pues no esperaban ver nuevamente invadido el territorio que creían abandonado para siempre. Pensaron en marcharse de inmediato de allí y volver a esconderse en lo más tenebroso del bosque, pues los seres maléficos como los benefactores temen encontrarse cara a cara con los humanos, pero una de la brujas, que se jactaba de tener soluciones para casi todo, dijo:
-No os vayáis. Con mi poder, haré que este humano permanezca dormido el tiempo que dure la reunión, por lo que no debemos temer de que nuestras conversaciones sean descubiertas y nuestros acuerdos conocidos de antemano.
Y acercándose al dormido, pronunció unas palabras irreproducibles. Viendo, al poco, todos los seres miríficos que el visitante inesperado seguía profundamente entregado a los brazos de Morfeo, se tranquilizaron, se sentaron complacidos en torno al tejo, y sostuvieron su animada reunión, ignorando al yacente.
No sucedió, sin embargo, tal como había anunciado la bruja. El viejo tejo tenía también sus poderes, acrecentados por la edad, y su carácter sagrado se había incluso robustecido en la soledad. Al ver a aquel hombre recogido a su sombra, complacido, deseoso como estaba de que los humanos volvieran al pueblo, pensó que sería bueno y provechoso para su propósito que el recién llegado conociera lo que estaba pasando en el lugar desde que los habitantes lo habían abandonado.
Haciendo un esfuerzo de concentración, el tejo, agitando las hoja aciculares y exprimiendo las semillas de sus frutos, dejó caer algunos jugos venenosos, con lo que consiguió compensar las artes brujeriles, de manera que, el que dormía, se despertó, sintiéndose recuperado de su cansancio.
Los trasgos, ninfas, gnomos, ogros, trasgos, diaños, nereidas, machos cabríos, malandrines y brujas no advirtieron, sin embargo, que el hombre estaba escuchando lo que decían a partir de ese momento.
El excursionista, cuando se vió rodeado por aquellos innumerables seres de tan extraña apariencia, creyó encontrarse en un sueño más profundo del que venía, pues no podía imaginar que se había despertado y lo que veía era la realidad.
Sin mover una pestaña, cerró los ojos aún más fuerte, que le escocían, y, entre tanto, pudo enterarse de cuanto se decía alrededor.
Cuando, al cabo de lo que le pareció un tiempo infinito, los seres maléficos y mágicos se marcharon, se dispuso a irse el también. Comprobó entonces que, desgraciadamente, se había quedado ciego.
No fue capaz de encontrar el camino de vuelta y vagó por el monte, dando tumbos entre falsos caminos y senderos, fabricados por jabalíes, corzos, lobos y quién sabe si por los propios trasgos, que no conducían ya a ninguna parte.
Pasó quién sabe cuánto tiempo, en todo caso, varios días. Quiso su suerte que yo me lo encontrara, exhausto, sediento y hambriento, cuando me hallaba haciendo, con otros dos compañeros, el levantamiento topográfico y geológico de una zona en la que se proyectaba asentar las bases de decenas de aerogeneradores sobre las crestas de la cordillera que une Calastarias y Paquemondo, y para lo que me habían contratado.
-El bosque está embrujado, he visto seres -fueron las únicas palabras que, machaconamente, repetía, con los ojos cerrados, y que estaban rodeados por una resina de color rojo sangre.
Dejé a mis colegas en el sitio, ordenándoles que prosiguieran con el trabajo, y, aunque se resistía, metimos al infeliz en mi coche, con la intención de conducirlo al hospital comarcal más cercano. Yo conducía el vehículo, con cuidado de que el todoterreno no derrapase por las peligrosas pendientes, ya que los viejos caminos vecinales, como indiqué, se habían perdido en su mayor parte y las grietas del asfalto, cuando podía detectar el antiguo trayecto, eran tremendas y repentinas.
En un momento dado, mi acompañante, que iba en el asiento de atrás, echado de mala manera, doliéndose a rato con gemidos patéticos, pronunció una sola palabra: «Tejo». Lo hizo, me pareció, con gran esfuerzo. Su voz sonó a sobrehumana.
-¿Tejo? ¿Qué quiere decir? -le solicité, aunque me corregí de inmediato, consciente de su lamentable estado-. Pero, descanse, buen hombre, ya tendrá tiempo de hablar, cuando se recupere.
De pronto, el tipo abrió bruscamente la puerta del vehículo, huyendo con tanta prisa y tan notable vehemencia, que, aunque detuve de inmediato el motor y traté de seguirlo, no fui capaz de alcanzarlo.
No volví a verlo. La espesura del bosque lo hacía impenetrable; solo aquel individuo parecía disponer de la facultad de descubrir entre los huecos que dejaban los árboles y la maleza -hasta diría que era capaz de perforar los troncos, sino fuera imposible-. Yo no pude seguirlo.
Retorné, pues, con el coche a donde había dejado a mis ayudantes, y les conté lo que había pasado. No supieron qué decirme.
-Terminemos el trabajo, que es para lo que nos pagan -apremiaron.
He meditado muchas veces sobre la extraña anécdota. Aquella tarde, de vuelta para casa, habíamos preguntado por un enajenado o un excursionista perdido por los parajes de la cordillera. Pregunté a varias personas. Nada sabían.
Les pregunté, también, si sabían de algún tejo en el lugar.
Nadie había oído hablar de un tejo.
Por eso me he inventado la historia, para dar alguna coherencia a lo que he vivido, porque ahí está mi verdad.
FIN
