Cuando la gallina de los huevos de oro respondió a aquel anuncio -radiado por Maese Cuervo en la emisión matutina-, que expresaba, de forma un tanto enigmática, » Asno con facultades especiales busca pareja para amistad o lo que resulte», no podía imaginar que la virtud de aquel asno era convertir en pepitas de oro el producto de su digestión.
La gallina que ponía huevos de oro había llevado, hasta entonces, una existencia miserable. Explotada por un granjero que, cuando descubrió su habilidad, la presionaba para obtener de ella el máximo de rentabilidad, no recibía la menor recompensa por su dedicación. Al contrario, mediante un artilugio, su ambicioso propietario había modificado la duración aparente de los días para el animal que, engañado por falsas albas y atardeceres, ponía el doble de huevos de lo que correspondería al ritmo natural.
La carta que le había hecho llegar el Mirlo del Boj, contenía una oferta irresistible del asno de los cagallones de oro, que vivía una existencia también muy desgraciada, a pocas cuadras de allí. Estaba redactada en un estilo que evidenciaba su espléndido nivel cultural: «Escapémonos de nuestros cochinos explotadores y, juntando nuestras habilidades, seguro que encontraremos un lugar en el que podamos vivir felices, a pesar de nuestra desigual apariencia externa».
La gallina de los huevos de oro y el asno de oro (permítaseme la abreviatura) consiguieron, milagrosamente, reunirse en una tarde inolvidable. El burro estaba comiendo la ración de cebada y trigo candeal que su avieso cuidador le proporcionaba, a la espera de la producción áurea, cuando advirtió que el ronzal estaba mal ajustado a la argolla, por lo que pudo escaparse.
Cuando llegó a la granja de la gallina que poseía la habilidad reseñada, se encontró con que la puerta del gallinero estaba cerrada, aunque tenía la llave puesta.
Ambas circunstancias eran debidas a que era la fiesta del Bocholé Primér, y todo el pueblo había bebido en demasía, invitados por los respectivos propietarios del asno y la gallina, quienes eran, por aquello de que el ojo del amo engorda el caballo, lo que más habían gustado de las delicias de aquel brebaje embriagador.
-¡Gallina! -gritó, pues no sabía el nombre del ave de corral-Voy a abrir la puerta del gallinero de una coz y así quedarás libre para viajar conmigo.
Dicho y hecho, el asno lanzó una terrible patada sobre el portón, y lo rompió en mil pedazos; la llave quedó, colgando, de uno de los maderos, aunque aún incrustada en la cerradura. La gallina quedó libre y, consciente de que era posible una gran aventura, se subió a lomos del asno, que, a todo el galopar de sus ágiles piernas, se lanzó a recorrer el mundo, seguros ambos de que no iba a faltarles nada.
-Pon uno de tus huevos -solicitó el asno, cuando creyeron estar suficientemente alejados del pueblo del que provenían- y lo cambiaremos en la plaza de este lugar por comida para ambos y un establo en el que pasar la noche.
-¿Por qué no haces tú de lo tuyo, si no te importa? -replicó la gallina, que había sacado adelante su ánimo contestatario.
-Desgraciadamente, mi habilidad no es, como la tuya, infalible. En realidad, solo una de cada trescientas veces alcanzo a producir oro de lo que como, aunque, eso sí, lo hago en tal caso de forma abundantísima -se justificó el asno.
-Vale por esta vez -dijo la gallina, en tono condescendiente-. Pero no esperes que yo ponga trescientos huevos, con el esfuerzo y dolor que me causa, para que tú, de una sola vez, y por conducto mucho más natural, cumplas tu parte.
El asno la miró con preocupación:
-¿Qué esperas, pues qué hagamos? Yo no puedo acelerar mi proceso ni aumentar mi ritmo, a diferencia de lo que en ti sucede. Y, por cierto, tampoco creo necesario que todos los días vayamos al mercado a vender tu huevo de oro, pues, si el precio que alcanza es el que me imagino, con un par de ellos al mes tendremos bastante, y el resto, lo guardaremos por si vienen tiempos peores.
Así fue que ambos animales con tan portentosas cualidades, se dirigieron al mercado, con el huevo de oro, que habían envuelto primorosamente con papel de celofán que encontraron abandonado en un estercolero junto al que pasaron.
Resultó que era Domingo de Pascua y un padrino que estaba buscando algo original para regalárselo, en tan señalado día, a su ahijada, se sintió muy interesado en conocer el precio de aquél huevo que brillaba de manera especial.
Fue entonces cuando cayeron en la cuenta de que no tenían idea de lo que podían pedir por un huevo de oro.
-Dános la voluntad -dijo el asno de los cagallones áureos.
Y el padrino, encantado, les dio la mano y se llevó el huevo envuelto en el celofán. La niña lo recibió ilusionada, pero, cuando vio que no era de chocolate ni de otra materia comestible, lo olvidó pronto y, a los pocos días, no encontrándole utilidad, su madre o su padre lo tiraron a la basura.
En cuanto al asno y la gallina, escarmentados con el fracaso de su primera operación comercial, cuenta la leyenda que aquella noche durmieron al raso, pero nunca más volverían a pedir la voluntad, sino que se orientaron por las cotizaciones de la Bolsa de Metales de Londres, que el asno -que tenía buena vista- se acostumbró a consultar en las páginas salmón con la que les envolvían las vitaminas de base hierro en la farmacia.
Y vivieron con bastante holgura, hasta que las autoridades monetarias cambiaron el patrón oro por papel moneda.
Gran decepción supuso para la gallina que, al preguntarle al asno por el destino de lo que tenían ahorrado, creyendo que, como habían convenido, habría invertido los sobrantes con cabeza, se encontró con que el muy burro había guardado los huevos y cagallones amontonados bajo un olmo y, descubierto que había sido el lugar por una urraca, se los había birlado de allí, tomándolos por puros abalorios.
Presa de repentina frustración, el ave se quedó clueca de pronto, y, falta de razón, se empeñó en incubar su puesta de varios días, pero por mucho que calentó el oro, no obtuvo descendencia, al no estar los huevos fecundados.
De lo que le pasó al asno, se sabe que buscó consuelo en su desánimo dedicándose a rebuznar por las esquinas lo mal organizado que estaba el mundo, en tanto la capacidad de decisión permaneciese en manos de los humanos, lo que causaba gran hilaridad a cuantos le escuchaban. Por fin, un cómico que tenía un circo con elefantes, saltimbanquis y enanos, se lo llevó con él como animal de carga, acabando sus días bastante desquiciado.
FIN
