Majestad,
Aunque pretendía que las cartas que le estoy dirigiendo no se vieran afectadas por la realidad próxima, los atentados perpetrados en París en la sede del semanario satírico Charlie Hebdo por terroristas que han reconocido, con ese acto deplorable, estar castigando unas caricaturas del profeta del Islam, Mahoma, entiendo que es pertinente, en el contexto de las posiciones que se están reflejando en estos días, analizar la importancia de las ideologías, y, en especial, de las religiosas, en este momento histórico.
Como le supongo a Vd, lector de periódicos, -al menos, de la selección de noticias que le prepararán a diario sus colaboradores-, habrá advertido que, en realidad, los actos terroristas han sido dos: uno, dirigido contra quienes trabajaban en el semanario Charlie Hebdo y con pretendido fundamento en unos dibujos que ridiculizaban al fundador del islamismo y otro, realizado al parecer en coordinación con los asesinos que llevaron a cabo el primero, supuso el secuestro de clientes de un establecimiento especializado en comida judía, algunos de los cuales fallecieron en el asalto.
Es decir, se atentó, invocando venganza en nombre del Islam, contra quienes eran el autor y colegas de un dibujo que hacía burla de un personaje del siglo VII y contra quienes, por el lugar en donde se encontraban, seguramente eran miembros de la colectividad judía. Los medios empleados, la violencia de la actuación, el resultado mortífero, las mismas declaraciones de los terroristas (en cuanto se conocen), prueban que se trata de una actuación en la que participaron varios personas, y que ha sido organizada con premeditación, y con el claro objetivo de causar conmoción a la sociedad.
Majestad, el lugar y la capacidad de magnificación que tienen Francia y los franceses no deberían hacernos olvidar que Madrid ha sufrido en fecha reciente un atentado de efectos extraordinariamente más crueles y devastadores, dirigido contra trabajadores que iban a sus labores, y que, aunque no ha sido reivindicado por nadie, las investigaciones policiales y judiciales han venido a atribuir a fanáticos islamistas. Estados Unidos y el Reino Unido han sufrido atentados recientes e igualmente indiscriminados y, como han puesto de manifiesto acertadamente varios intelectuales seguidores del Islam o conocedores de la doctrina de Mahoma, cientos de atentados con miles de muertos se están produciendo casi diariamente en los propios países en donde la población profesa mayoritariamente la religión mahometana.
Parece pues que la cuestión no está en la religión, sino en el fanatismo con el que algunos la interpretan, impulsados por intereses peculiares que convendría detectar muy bien. En España, sabemos bien, por desgracia, de las consecuencias de los fanatismos. Han sido muchos los muertos que ETA dejó tras sí, invocando una inasumible legitimidad para actuar contra el Estado central y sus funcionarios y representantes, y en ese camino de desvergüenza y barbarie, han sido asesinados o mutilados decenas de civiles, igualmente inocentes. Somos bastantes los que creemos que ese terrorismo tuvo beneficiarios que se mantuvieron ocultos tras los hilos que se esforzaron en mover para convencer a las marionetas sin cerebro ni corazón para que ejecutaran sus macabras órdenes.
Majestad, entre las prioridades de Europa ha de encontrarse mantenerse firme contra cualquier fanatismo. No se trata de ridiculizar creencias, sino respetar opiniones, cuando se exponen y defienden con lealtad y, por tanto, con argumentos. Por eso, Europa tiene que recuperar las raíces que le sirven de unidad, y reforzarlas, y que se remontan a la Edad Media. No es, en mi opinión, el cristianismo la base cultural que une hoy a Europa, sino el proceso que llevó a sus naciones desde posiciones fanáticas, cerradas, negativas de las identidades del otro si era contrario, a evolucionar con él.
La religión cristiana no es hoy la misma que en el siglo XI (por ejemplo), ni mucho menos, porque evolucionó en el sentido de una comprensión de la unidad ética, universal, del ser humano. El corazón de Europa ha evolucionado con ella, y gracias a esa evolución, una mayoría de europeos pueden seguramente sentirse agnósticos, siendo católicos o protestantes de raíz.
Esta es mi carta de hoy, en Madrid, a trece de enero de 2015
