Francia está oficialmente en guerra contra el Daesh. Lo está, porque, interpretando como una declaración de guerra práctica el múltiple atentado en París, reconocido por el grupo de terroristas que se han adueñado de una parte de Siria e Irak, como organizado por ellos, ha respondido inmediatamente atacando varias instalaciones en Raqqa, que se considera la capital del rebelde «estado islámico».
En estos días han proliferado las manifestaciones de solidaridad con el pueblo francés, realizadas a niveles oficiales como particulares. Ha sido impresionante, en todos los sentidos de la palabra. Largos minutos de silencio, mensajes de condolencia, repulsa a los asesinos, velas, flores…Incluso se ha cantado repetidas veces, tanto dentro como fuera de Francia, el himno nacional francés.
Tal vez no se ha reparado exactamente en la letra como en lo que significa todo cántico patriótico cuando es coreado por otros pueblos, como demostración de proximidad y afecto. Para expresar sentimientos colectivos inmediatos, son necesarios los símbolos, los ritos ya establecidos: la apelación a un lugar común de inmediato acceso.
Pero, analizado en su dicción concreta, la Marsellesa es un verdadero cántico guerrero, que expresa que «ha llegado el día de gloria» y, después de enfatizar la malsana intención del enemigo con frases inequívocas, que parecerían incluso destinadas a caracterizar ataques como los sufridos («¿Oís en los campos el bramido de aquellos feroces soldados? ¡Vienen hasta vosotros a degollar a vuestros hijos y vuestras compañeras!»), repite, como estribillo: » ¡A las armas, ciudadanos! ¡Formad vuestros batallones!¡Marchemos, marchemos!¡Que una sangre impura inunde nuestros surcos! La Patria está amenazada».
Esta es la situación, pues. La decisión política está tomada por parte, al menos, tanto de los dirigentes franceses como norteamericanos: esas naciones, se aprestan al combate y atacan, con medios militares efectivos por su carácter de destructivo, los cuarteles en donde entienden que está la cabeza impulsora de las agresiones. Quieren llevar el escenario de la guerra lejos de su territorio, a pesar de que el ataque terrorista por el que se sienten directamente afectados ha tenido lugar dentro de sus fronteras.
Desde mi ignorancia del uso adecuado que cabe dar a los instrumentos bélicos, a las contraofensivas, y sin entender muy bien los intríngulis por donde discurren las estrategias militares modernas en los países llamados civilizados, atisbo, sin embargo, un doble problema.
El primer problema surge de la sencilla constatación de que «el enemigo», admitiendo incluso que su centro coordinador sea único y esté localizado en algún sitio, no emplea un ejército ni utiliza instrumentos bélicos convencionales -a pesar de la aparatosa propaganda que muestra a guerreros sacados de la guerra de las galaxias haciendo ejercicios de algo parecido a las técnicas del kung fu- sino que está utilizando comandos, cédulas guerrilleras, en número indeterminado, que se hallan dispersos por el propio territorio de quienes han aceptado asumir la declaración de guerra. Individuos sin escrúpulos para matar que, con seguridad, han venido siendo adoctrinados desde hace tiempo para hacer daño hasta su propia inmolación y a los que se ha prometido dinero a sus familias y el paraíso para su eternidad.
Existe, por lo tanto, una potencial consecuencia nefasta derivada de la obsesión por apresurarse en confirmar una guerra contra un enemigo difuso: se puede tranquilizar durante unos días a la población local asustada, pero el riesgo de sufrir más ataques terroristas en el propio territorio no disminuirá (tal vez, incluso, aumente: la locura no alcanza límites por el lado de la razón).
De esa situación de tensión, dimana un riesgo colateral y nada despreciable para las propias ciudadanías: que quienes se sienten amenazados por el terrorismo islámico, confundan, identificándolos, a mahometanos (es decir, a los fieles de una religión pacífica y respetable) con los yijadistas.
No me encuentro, por ello, entre los que se han empeñado en ridiculizar los argumentos del «general de Podemos», Julio Rodríguez, que reclama calma y sensatez antes de abordar objetivos militares no matizados en territorios ocupados por un ejército terrorista, pero en donde hay una importante población civil. Se trata de voces que provienen del trasfondo belicoso, guerrero, intransigente y frontal que subyace en quienes no quieren entrar en análisis, sino que se mueven por intuiciones primitivas: ojo por ojo, diente por diente: mato porque matas.
Es, sin embargo, la de Julio Rodríguez, ante el silencio de los militares en activo de mayor grado, que no han exteriorizado su opinión, -supongo que porque están utilizando los canales de mando establecidos o por respeto hacia la autoridad civil, que es la que toma las decisiones políticas-, la única opinión profesional, -de un experto en estrategia, de un antiguo jefe de Estado Mayor, de un prestigioso militar-, sobre la conveniencia o no de atender a la provocación, declarándose en estado de guerra y atacando un territorio ajeno.
Porque, lo que parecería más razonable y urgente sería extremar la vigilancia de movimientos de sospechosos y comandos en el propio territorio, que teníamos, por los desgraciados resultados, bastante descuidada, y analizar con mucha serenidad quiénes serán los que padecerán los efectos de una guerra en territorio ocupado por terroristas.
