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Amenaza concreta, estrategia improvisada, terrorismo endémico

15 julio, 2016 By amarias Deja un comentario

Cuando terminaba el día 14 de julio de 2016, un francés «de origen tunecino», se lanzó, conduciendo un camión que había alquilado dos días antes, haciendo zig-zags, contra la multitud que veía los fuegos artificiales con los que se conmemoraba la toma de la fortaleza de la Bastilla, declarada el día nacional francés. Hasta el momento se han contabilizado 84 personas asesinadas, y hay varios heridos muy graves.

Mi solidaridad sin resquicios, con las familias de las víctimas, con el pueblo francés y mi repulsa con corazón compungido contra esta nueva barbarie. Je suis très touché, me trouve proche et tout à fait solidaire.

Con ocasión de tan dramático suceso, dirigentes, autoridades y comentaristas noticieros de todas partes, han emitido manifestaciones en las que, con monótona regularidad, combinan las palabras: amenaza global, terrorismo islámico, estrategia global. En orden: Ante la amenaza global del terrorismo islámico, es necesario ofrecer una estrategia global.

Son varios los elementos que concurren en el perfil de este atentado, en coincidencia con otros, que no se puede decir sean pocos (desgraciadamente) que se han producido tanto en zonas de cristiandad como de devoción musulmana.

Las organizaciones de persuasión, extremadamente crueles, de quienes son animados a cometer estas acciones, se confiesan empeñadas en una guerra santa (yihad), siguiendo designios de Alá, para lograr que los seguidores musulmanes se reconviertan a lo que consideran doctrina ortodoxa y el mundo entero acabe sometido, por las buenas o por las malas, a sus arcaicas normas sociales.

Para hacer efectivos tan elucubrantes propósitos, han elegido realizar llamadas de atención brutales. Atentados, incluso con autoinmolación de sus autores, con los que buscan conseguir el mayor número de víctimas: mercados, fiestas populares, medios de transporte, son los espacios preferidos. La difusión mediática de sus actos, en especial si se realizan en territorio occidental y han conseguido algunas decenas de muertos, está así garantizada.

De los ejecutores de los atentados que se producen en ciudades de mayoría musulmana, no sabemos mucho: que pertenecen a una etnia o rama doctrinal diferente de la dominante en el país, o que han actuado contra una asamblea de fieles judíos o cristianos, o contra embajadas o centros en donde se concentran mayoritariamente extranjeros. También, en algún caso, pretendiendo conseguir altos rescates, han apresado miembros de ONGs o periodistas, a los que no dudaron en ejecutar, difundiendo imágenes impactantes en las redes sociales.

Cuando los atentados se producen en territorios occidentales, las investigaciones posteriores -mucho más activas- acaban poniendo de manifiesto, ya de forma recurrente, muy parecidos elementos, que no dejan de producirme perplejidad porque, en su fondo, reflejan la descoordinación o la falta de profundidad con la que se ejecutan los protocolos de «máximo riesgo terrorista» : tipos jóvenes, mayoritariamente varones, de la llamada segunda generación, habitantes en zonas específicas de la ciudad en donde se concentran musulmanes, radicalizados personalmente al Islam en fecha reciente, fichados por la Policía por algún incidente anterior, y cuyas familias y entorno eran ignorantes de sus últimas andanzas, que involucraban entradas y salidas del país o asistencia a centros de adoctrinamiento (léase, «lavado de cerebros»). (1)

Como todos los creyentes/devotos en el ser humano y en el máximo valor de la libertad y el respeto al otro que actúa sin voluntad de herir, como cualquiera respetuoso con la vida humana, abomino de estos guerrilleros, de sus ideales y de su estrategia. Son miserables.

Pero no considero que respondan a una amenaza global, porque su objetivo es irrealizable, sino que forman parte de amenazas concretas, detectables y, por tanto, que se pueden abortar con la adecuada investigación, control, seguimiento; sin ridículas ni ingenuas confianzas.

Tampoco creo que sus actuaciones forman parte de una estrategia global, sino que está, en su misma esencia, improvisada. Esta característica, justamente, le dota de su peculiar fortaleza aparente: cualquiera con un instrumento de matar (un vehículo cualquiera, lo es) y la voluntad de sacrificarse él mismo, puede provocar un atentado.

Esta cuestión tiene, para mí, su importancia, pues desliga los atentados de la necesidad de ayudar a los países menos desarrollados a que salgan de su pobreza (también la intelectual), con ayudas en destino. Ese asunto no tiene ya nada que ver con el yihadismo: ahí los países occidentales han perdido, sí, la batalla. Los fanáticos que han encontrado en una sinrazón de imaginaria base islámica su punto de apoyo,  no piensan ni actúan en términos de desarrollo, cultura, bienestar. En su caso, esos términos solo son de interés para sus dirigentes, para los que se ocultan detrás de las negras bambalinas del terror.

Finalmente, no me parce que se trate de un terrorismo islámico, en el sentido de exterior a las naciones occidentales. No lo es, desde luego, porque, como se encargan de poner de manifiesto los dirigentes de las comunidades musulmanas, ellas también sufren los efectos de los atentados y, por supuesto, su doctrina defiende la paz  y el respeto al otro como corresponde a una religión evolucionada.

Los terroristas que actúan en nuestro territorio son nuestro problema, son nuestros fanáticos, son producto de la podredumbre que se ha incrustado en nuestra manera de segregar a los otros, a los que piensan distinto, a los que no disfrutan de las mismas opciones de bienestar, conocimiento y búsqueda de placeres que nosotros.

No son terroristas islámicos, aunque les demos ese nombre, para tranquilizarnos. Son terroristas producto de nuestra sociedad, de nuestro credo. Y los tenemos, por tanto, que combatir en nuestro territorio. Sin ir más lejos.


(1) Quiero destacar un cierto parecido con el perfil de esos jóvenes enajenados que, armas en ristre, se lanzan a disparar contra sus antiguos compañeros de escuela, maestros o quienes paseen por delante de sus ventanas, en la muy civilizada nación norteamericana.

Publicado en: Actualidad Etiquetado como: apoyo, atentado, Bastilla, declaraciones, musulmán, Niza, occidental, París, terrorista, yihadismo

Tambores de guerra, proclamas patrióticas, confusiones estructurales

17 noviembre, 2015 By amarias 3 comentarios

Francia está oficialmente en guerra contra el Daesh.  Lo está, porque, interpretando como una declaración de guerra práctica el múltiple atentado en París, reconocido por el grupo de terroristas que se han adueñado de una parte de Siria e Irak, como organizado por ellos, ha respondido inmediatamente atacando varias instalaciones en Raqqa, que se considera la capital del rebelde «estado islámico».

En estos días han proliferado las manifestaciones de solidaridad con el pueblo francés, realizadas a niveles oficiales como particulares. Ha sido impresionante, en todos los sentidos de la palabra. Largos minutos de silencio, mensajes de condolencia, repulsa a los asesinos, velas, flores…Incluso se ha cantado repetidas veces, tanto dentro como fuera de Francia, el himno nacional francés.

Tal vez no se ha reparado exactamente en la letra como en lo que significa todo cántico patriótico cuando es coreado por otros pueblos, como demostración de proximidad y afecto. Para expresar sentimientos colectivos inmediatos, son necesarios los símbolos, los ritos ya establecidos: la apelación a un lugar común de inmediato acceso.

Pero, analizado en su dicción concreta, la Marsellesa es  un verdadero cántico guerrero, que expresa que «ha llegado el día de gloria» y, después de enfatizar la malsana intención del enemigo con frases inequívocas, que parecerían incluso destinadas a caracterizar ataques como los sufridos («¿Oís en los campos el bramido de aquellos feroces soldados? ¡Vienen hasta vosotros a degollar a vuestros hijos y vuestras compañeras!»), repite, como estribillo: » ¡A las armas, ciudadanos! ¡Formad vuestros batallones!¡Marchemos, marchemos!¡Que una sangre impura inunde nuestros surcos! La Patria está amenazada».

Esta es la situación, pues. La decisión política está tomada por parte, al menos, tanto de los dirigentes franceses como norteamericanos: esas naciones, se aprestan al combate y atacan, con medios militares efectivos por su carácter de destructivo, los cuarteles en donde entienden que está la cabeza impulsora de las agresiones. Quieren llevar el escenario de la guerra lejos de su territorio, a pesar de que el ataque terrorista por el que se sienten directamente afectados ha tenido lugar dentro de sus fronteras.

Desde mi ignorancia del uso adecuado que cabe dar a  los instrumentos bélicos, a las contraofensivas, y sin entender muy bien los intríngulis por donde discurren las estrategias militares modernas en los países llamados civilizados, atisbo, sin embargo, un doble problema.

El primer problema surge de la sencilla constatación de que «el enemigo», admitiendo incluso que su centro coordinador sea único y esté localizado en algún sitio, no emplea un ejército ni utiliza instrumentos bélicos convencionales -a pesar de la aparatosa propaganda que muestra a guerreros sacados de la guerra de las galaxias haciendo ejercicios de algo parecido a las técnicas del kung fu- sino que está utilizando comandos, cédulas guerrilleras, en número indeterminado, que se hallan dispersos por el propio territorio de quienes han aceptado asumir la declaración de guerra. Individuos sin escrúpulos para matar que, con seguridad, han venido siendo adoctrinados desde hace tiempo para hacer daño hasta su propia inmolación y a los que se ha prometido dinero a sus familias y el paraíso para su eternidad.

Existe, por lo tanto, una potencial consecuencia nefasta derivada de la obsesión por apresurarse en confirmar una guerra contra un enemigo difuso: se puede tranquilizar durante unos días a la población local asustada, pero el riesgo de sufrir más ataques terroristas en el propio territorio no disminuirá (tal vez, incluso, aumente: la locura no alcanza límites por el lado de la razón).

De esa situación de tensión, dimana un  riesgo colateral y nada despreciable para las propias ciudadanías: que quienes se sienten amenazados por el terrorismo islámico, confundan, identificándolos, a mahometanos (es decir, a los fieles de una religión pacífica y respetable) con los yijadistas.

No me encuentro, por ello, entre los que se han empeñado en ridiculizar los argumentos del «general de Podemos», Julio Rodríguez, que reclama calma y sensatez antes de abordar objetivos militares no matizados en territorios ocupados por un ejército terrorista, pero en donde hay una importante población civil. Se trata de voces que provienen del trasfondo belicoso, guerrero, intransigente y frontal que subyace en quienes no quieren entrar en análisis, sino que se mueven por intuiciones primitivas: ojo por ojo, diente por diente: mato porque matas.

Es, sin embargo, la de Julio Rodríguez, ante el silencio de los militares en activo de mayor grado, que no han exteriorizado su opinión, -supongo que porque están utilizando los canales de mando establecidos o por respeto hacia la autoridad civil, que es la que toma las decisiones políticas-, la única opinión profesional, -de un experto en estrategia, de un antiguo jefe de Estado Mayor, de un prestigioso militar-, sobre la conveniencia o no de atender a la provocación, declarándose en estado de guerra y atacando un territorio ajeno.

Porque, lo que parecería más razonable y urgente sería extremar la vigilancia de movimientos de sospechosos y comandos en el propio territorio, que teníamos, por los desgraciados resultados, bastante descuidada, y analizar con mucha serenidad quiénes serán los que padecerán los efectos de una guerra en territorio ocupado por terroristas.

 

Publicado en: Actualidad Etiquetado como: atentado, Francia, general, guerra, musulmán, Podemos, yijadista

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