La Historia mejor documentada de la Granja humana se encuentra en Europa. La versión occidental de la filosofía de la vida, es europea, y está basada en un elemento mágico, perfeccionado a lo largo de casi veinte siglos (unos diecisiete, para ser exactos), que es el cristianismo. Esa religión, que ha probado una excepcional maleabilidad, ha evolucionado desde una concepción puramente esotérica, cerrada, hasta su actual condición de teoría ética universal.
Existen teóricos que pretenden para Europa una posición relevante en la Granja, pero el tiempo de protagonismo ya no le corresponde. Como se suele decir vulgarmente, se le pasó el arroz. Lo que no quiere decir que el tiempo haya transcurrido en vano para el núcleo duro. Ahí queda la magnífica concentración de pensadores, de investigadores, eruditos, economistas, o políticos con sus peculiares, y contradictorias, visiones del mundo. Europa ha defendido una tesis y la contraria, demostrando la versatilidad de los productos del cerebro humano.
A Europa se le debe el desarrollo norteamericano, incluso el japonés, y, por supuesto, el israelí, derivado de dos guerras mundiales y, muy particularmente, de la segunda, que ha sido una perfección diabólica del esquema de la primera. ¿Se puede decir más? ¡Sí! La Granja no sería concebible sin la explotación colonial por ese núcleo duro europeo de grandes zonas de Africa y Asia… Y aunque la península ibérica ha aportado sustanciales perversidades a la apropiación de lo que pertenece a los otros, debe reconocerse, a fuer de objetivos, que la Leyenda negra que todavía algunos criollos esgrimen para criticar a los herederos de los que se quedaron aquí, es un libro de cuentos para niños comparado con lo que aún no está escrito de las actuaciones de otros Estados con vocación imperial menos sofisticada.
Incluso antes de que se firmara la paz que dio fin a la segunda guerra mundial, las tensiones entre los bloques ganadores se manifestaron con tal fuerza, que parecían presagiar una tercera contienda. Truman, en junio de 1947 apoyó el Plan Marshall, ayudas económicas que se añadirían a las militares, y que se enfocaron, sobre todo, a la rápida recuperación de la Alemania occidental. Stalin copió la idea con el Plan Molotov y bloqueó el acceso a Berlin, que, como es sabido, había sido dividido entre los países vencedores como quien reparte un bizcocho, pero quedaba en medio de países que habían pasado a tutela soviética.
A medida que la tensión crecía, y ambos bloques evitaban enfrentarse directamente, pero apoyaban a facciones diferentes en conflictos que surgían por doquier (Corea, Grecia, Vietnam, China, República Dominicana, Yugoslavia, etc.) Europa aparecía como un excelente campo de pruebas para liberar la adrenalina.
El cambio de Truman y Stalin por Eisenhower y Khrushev (1953), caracteres menos contenidos que los anteriores en sus declaraciones públicos, propició la difusión en Europa de la creencia patética -que duró hasta 1963, al menos, y que tuvo un momento cumbre con la crisis de los misiles de Cuba- de que, cualquier día, uno de los dos gallos de sus quintanas lanzaría un misil o varios sobre ella, lo que serviría de catarsis para ambos, que se abrazarían, arrepentidos, sobre unos cuantos millones de muertos europeos.
En 1951, Francia, Alemania Occidental, Italia y el Benelux acordaron eliminar las barreras arancelarias para el carbón y el acero. Se dice que allí quedó implantada la semilla de la futura Europa comunitaria, y se considera a Jean Monet, Robert Schuman, Paul Henri Spaak y Konrad Adenauer, los padres de Europa. El objetivo del acuerdo era mucho más elemental, y era facilitar la reconstrucción de las infraestructuras y dar impulso, sobre todo, a las comarcas de Francia y Alemania más devastadas por la guerra. Gran Bretaña no vio el interés de participar en esa acción puramente capitalista, que favorecía a los grandes grupos siderúrgicos: su granja isleña ya contaba con apoyo directo de Estados Unidos.
Y en lo que nos afecta a los españoles, España se convirtió, durante casi tres décadas, en un «país tercero», luchando a cara de perro por hacerse un miserable hueco en el mercado siderúrgico alemán, con aranceles, cuotas, «alineaciones» y marginaciones vergonzosas. Sin participar en ella, España había perdido la guerra.
(continuará)
