Antes incluso de que Esopo entendiera que el mundo es una fábula, los ejemplos de defectos y virtudes tomados de los animales y aplicados a la especie humana, eran ya numerosos.
Recientemente, la divulgación de los episodios del National Geographic ha puesto al alcance de todo el mundo imágenes que resultan excelentes para explicar algunos comportamientos colectivos.
El de los ñus esperando para cruzar el río Mara, plagado de cocodrilos, a que alguno se animase, fue empleado hace nada por el ex-presidente extremeño, Rodríguez Ibarra, para poner de manifiesto que, en el tránsito por el desierto del partido socialista, -en busca de mejores pastos-, se estaba esperando a que alguien diese el salto -«a riesgo» (dijo) «de perecer en el intento»-, postulándose para la faena de encontrar una vía por la que salir del atolladero ideológico.
Parecido ejemplo, aunque algo peor contado, fue utilizado por el periodista Alfonso Rojo en la Sexta cuando habló de la estampida de los señores diputados del Congreso hacia sus cavernas y guaridas de fin de semana, en el deseo de aprovechar al máximo el puente de Todos los Santos, poniendo en valor sus carnales devociones.
El mito del cementerio de elefantes (que tanto me impresionaba cuando fui niño), se ha quedado muy desmadejado al reconocerse, en esa obsesión por levantar los velos, que las acumulaciones de osamentas eran debidas, por mitades a las masacres de los cazadores de colmillos para la reventa en las vitrinas de los coleccionistas occidentales y a la muerte sobrenatural por deshidratación proboscídeos junto a los lechos secos del río en el que se habían juntado para abrevar, guiados (mal) por su instinto.
Sin embargo, la expresión «cementerio de elefantes» sigue siendo atractiva para designar lugares de reposo final, como el Parlamento Europeo, en donde políticos de variadas cataduras, que son ya inservibles para el mercado nacional, reciben sus últimas inyecciones para incrementar su patrimonio y de lo que, los demás, curados de espantos, ni nos inmutamos; así lo quiso ver, sacudiéndose de encima cualquier tentación para sí mismo, Juan Alberto Belloch, en otra entrevista -por cierto, muy jugosa, aunque nada tierna- que le hicieron en la cadena de los rojos de salón (la Sexta).
Como adicionado a las fábulas, me gusta ahora mucho la que han extraído de la China algunos estudiosos, para ponerla en circulación entre los nuestros:
Un mono observaba, desde lo alto de un árbol, un pez que sesteaba en la orilla. «Pobre animal -razonó- se está ahogando. Lo salvaré». Utilizando su pericia, lo extrajo del agua, y, cuando el de las aletas se debatía, ahogándose, se animó del resultado: «Vaya, parece que reacciona». Muerto el pez entre las manos del primate, éste sacó sus conclusiones: «Lástima no haber llegado antes, porque se hubiera salvado».
Lo he contado ya un par de veces, y le encuentro múltiples aplicaciones. Puede que incluso sirva para que le saquen partido quienes buscan nuevos caminos a la izquierda. Pero como soy proclive a parecer de casi todo, menos partidario, no seré yo quien, tal como están las cosas en la jungla, arriesgue a acomodar esta fábula a la historia de este animalario.

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