De entre los animales salvajes, el aspecto externo del mono lo hace el más parecido al hombre, siendo, sin embargo, el cerdo con el que tenemos la mayor compatibilidad histológica.
Muchos gestos humanos tienen gran analogía con los de los macacos, de los que hemos copiado la forma de manifestar aquello que nos apetece mostrar, ocultando otras intenciones, pero, nos debería dar que pensar que con el puerco posiblemente compartamos las facultades que hacemos residir en el corazón, es decir, los sentimientos y, en concreto, los afectos y…el amor.
Será por nuestra reconocida similitud con ellos, no son ni el cerdo ni el mono animales a los que admiremos. Las leyendas más antiguas ponen en el centro de atención humana, cuando se trata de poner de relieve sus cualidades para trasladarlas a los humanos, a bestias bastante más interesantes, a las que, sin duda, nuestros ancestros envidiaban.
De entre todos ellos, el oso ocupa el lugar preferente.
Cuando le pregunté a mi amigo coreano Hongchong cómo se representaba en la cultura ancestral de los pueblos mongoles el mito del nacimiento del primer ser humano, no me habló de un hombre y una mujer, sino del oso.
-Ese oso antiguo, pidió al Dios de todos los dioses que le hiciese más humano -me contó, mientras paseábamos.
-¿Cómo más humano? -le repliqué-. No había hombres, luego no podía hacer referencia a ellos.
-Más humano, en el sentido de mejor -contestó mi amigo, imperturbable-. El oso quería ser mejor, más inteligente, más bueno, más hermoso. Y el Dios de todos los dioses le hizo mejor, es decir, hombre.
-Vale. Podríamos discutir el efecto divino sobre el oso, pero hay una cosa que me intriga. ¿No había una hembra semejante al hombre-oso, con la que pudiera emparejarse y tener crías?
-No.-me aclaró, contundente, Hongchong, arrancando un pétalo de una flor de jara melífera-. Ese oso debería haber sido hombre y mujer a la vez.
¡Así que para esos pueblos mongoles, el origen se atribuía a un ser hermafrodita! ¡Interesante! Sería, según mi teoría de la simplicidad general, la confirmación de que, en los mitos más elementales, se prescinde de todo ramaje, yendo a la esencia de las cosas, y me encajaba perfectamente con el mito de Platón. Cierre categorial, pues.
Cuando llegué a casa, queriendo saber más sobre la leyenda del oso hermafrodita, busqué en internet. Fue decepcionante. No encontré huellas de tal personaje mitológico. Había, sí, múltiples osos, hembras o machos, sobre todo, en la tradición cultural quechúa como en las tártaras y mongólica, que raptaban a un ser humano del otro sexo, para llevárselo a su cueva -nuevamente el mito de la caverna- y aparearse con él o ella; de esa relación surgían seres híbridos, que mejoraban físicamente la especie humana, y se convertían, en su madurez, en líderes, ejecutantes de proezas y ganadores de batallas heroicas.
Me quedó, pues, la duda de si mi amigo se ha inventado sobre la marcha, presionado por el calor del día y el presunto agotamiento por el largo paseo, a ese oso que, según me repitió varias veces, es venerado en toda Corea como el primer hombre.
Sería, además, el último oso que queriendo ser mejor, se dejó convencer por el Dios de todos los dioses de que eso era equivalente a ser humano.
De madrugada, dando vueltas en la cama, sin poder dormir por culpa de un molesto mosquito, se me ocurrió que las dos leyendas -el oso que quería ser humano y el raptor/raptora del adolescente del sexo opuesto- podían perfectamente encajar. Lo que el Dios de todos los dioses le habría concedido al oso pedigüeño era, ni más ni menos, que la facultad de ser fértil con los humanos, por los que tenía admiración.
Cualquiera que fuese la secuencia, lo que me sigue intrigando es si se podría juzgar como perspicacia o como error, la apreciación del oso de que ser mejor, es ser más humano.
FIN
