No es el título de un libro de autoayuda, ni de socioeconomía política, aunque hace referencia a una historia de terror, traición y desengaño. Es solo el título de este Comentario, y debe su curiosa redacción a la pretensión de combinar las ideas centrales del posicionamiento intelectual de dos observadores cualificados, pertrechados cada uno con su particular periscopio: César Molinas y Zygmunt Bauman.
El primero acaba de publicar su noveno libro, (1) «Qué hacer con España», y el 12 de junio de 2013 hizo una presentación del mismo, en el escenario de la Fundación Rafael F. del Pino, acompañado en los flancos por Manuel Conthe y Carles Casajuana.
Sorprende que el título no esté protegido por signos de interrogación. César Molina aborda en él, por tanto, respuestas, si bien la pretensión enciclopédica se ve restringida por el espacio disponible y, sin duda, por la imposibilidad de que una persona sola -a pesar de la indiscutible capacidad mental de Molina- tenga, hoy por hoy, todas las claves del mundo en su cabeza y, menos, si se desea aplicar la poción a un pequeño país plagado de heterodoxos.
Molinas es uno de estos últimos. Conthe lo llamó «humanista heterodoxo», y extrajo del propio libro la reflexión de que en tiempos de la Inquisición no había en España ningún heterodoxo importante y los que se quemaron eran de muy segunda división; para encontrar alguno de nivel y poder quemarlo, como le sucedió a Miguel Servet, había que salir al extranjero.
El esquema del libro, a tenor de la recensión realizada ayer(2), se acoge a la apreciación de que hay que hacer reformas insoslayables e inmediatas -tenían que haber sido iniciadas en 1993, con la firma de los acuerdos de Maastricht-. Y como España no puede devaluar la moneda -descarta Molinas salirse del euro, porque, parafraseando a Andrés Ortega, «dentro está frío, pero fuera está gélido»-, el ajuste «no va por precios, sino por cantidades: tenemos cuatro millones de parados más».
Los mensajes de César Molinas son directos: «Los problemas vienen de la falta de adaptación a dos cambios»: la caída del mundo de Berlín (en donde se acaba la Historia y comenzamos un período posthistórico, en las que las antiguas certezas en las que se basaba el Estado-nación se diluyen, y ya no sabemos quienes somos «nosotros») y el ya expresado de la firma de Maastricht, cuyo mensaje era «ya no vais a poder seguir devaluando la peseta» y obligaba a flexibilizar los mercados.
Manuel Conthe -que asumió su parcela de protagonismo en la sesión, e hizo propaganda del casi-diario Expansión unas cuantas veces- atribuyó a Molinas la frase, incluída al parecer en el libro, «Hay que poner a los agentes sociales en su sitio» y la aplicó «sobre todo», a los sindicatos, que no son representantes de los ciudadanos, y habría que tratarlos igual que a una asociacion de fútbol…o a la Iglesia Católica (entiendo que en el sentido de que a esta histórica expresión del poder sería preciso equilibrarla con las asociaciones de balompié).
La clase política merece, por supuesto, un lugar especial entre las «élites extractivas», a las que se suman «mayorias extractivas» de las plusvalías generadas por el trabajo ajeno. Puso Molinas en el ejemplo de Marinaleda, en donde se ha montado una cooperativa agrícola, en la que, como no hay trabajo para todos, se trabaja por turnos de 21 días, para poder acogerse al paro de seis meses. «Con 40 días de trabajo anual se cobran 320 días de prestación por desempleo». Y se preguntó: ¿cuántas Marinaledas existen en España?.
No puedo pretender resumir un libro, que no he leído. Molinas proporciona motivos de reflexión más que suficientes, aunque para Casajuana, el otro asistente desde el púlpito al debate (y, en mi juicio personal, no siempre afortunado en lo que expresó), «Molinas es osado e inclemente, y se atreve a proponer reformas de las que algunas son imposibles, como la de la Universidad».
«No hay que mantener un Estado vigoroso, porque vamos hacia una sociedad más versátil, pero para sobrevivir hay que dar a los ciudadanos más conocimientos. Debemos, también, generar un sistema tributario compatible con la globalización, actuando sobre los hechos imponibles que no se pueden deslocalizar, como son los patrimonios inmobiliarios, que son, por esencia, impuestos de fraude cero».
En fin: «recuperar la credibilidad perdida», hacer el Plan Marshal del capital humano», «mejorar la competitividad y la exportación», (gastando dinero a fondo perdido en la formación), «bloquear las puertas giratorias para los funcionarios que se dediquen a la política», «partir de un presupuesto de base cero», ser conscientes de que «tenemos una democracia de alta calidad pero las instituciones funcionan mal» y «necesitamos un Plan a medio y largo plazo pero a corto necesitamos ayuda exterior», son algunos de los mensajes claros de Molinas.
La sociedad líquida no se ha enterado todavía. Los asistentes, como ya vengo indicando, formaban parte, me pareció otra vez, de ese grupo, que encuentro desplazado del poder fáctico y portador de experiencia e ideas muy serias, que escucha las verdades del barquero, compra libros, comenta lo mal que lo están haciendo otros, se cala el sombrero de su marginación, y luego, se van y…»no hubo nada».
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(1) César Molina resaltó que es el primero de los suyos que no contiene fórmulas matemáticas ni teorías económicas. Utiliza otra herramienta, que se configura más adecuada para la disección de la realidad: el sentido común aplicado de forma inclemente.
(2) El libro (Editorial Deusto, 2013) se vende a 17,50 euros y había un tenderete con ejemplares junto a la puerta, en donde se agolparon algunos de los asistentes al acto. No lo compré, porque soy de los que consideran la compra de libros un acto íntimo. Además, no descarto que me lo regalen.

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