Uno de las tareas más emocionantes que puede acometer un espeleólogo es aventurarse en la cueva de la verdad. Es una experiencia arriesgada, por lo que conviene prepararse adecuadamente, hacerlo bien pertrechado y, aunque la tentación de hacer el trayecto solo puede resultar casi irresistible, es de todo punto aconsejable ir acompañado.
Como es sabido, la cueva tiene múltiples entradas, que reciben diversos nombres, todos ellos asociados a la mentira. La más utilizada, que suele encontrarse casi siempre colapsada por curiosos y aficionados, es la entrada de la mentira piadosa.
El trayecto que puede seguirse desde esa entrada es corto, y conduce a una amplia sala, en donde hay múltiples testimonios de gentes con nombres famosos que han estado allí. El tiempo que el visitante pasa en esta dependencia es variable, y hay quien decide quedarse en ella toda su vida. Cuando se sale de vuelta al exterior, no son pocos los que experimentan una sensación de liberación, muy satisfactoria, por lo que cuentan.
Una de las entradas preferidas por los especialistas es la de la mentira a sabiendas, que, en realidad, se va reduciendo a medida que se avanza por ella, hasta llegar a un paso tan angosto que el tránsito a partir de ese momento, se hace imposible.
No se ha conseguido, hasta ahora, trazar el mapa completo de la cueva. Es más, se cree que lo que se conoce de ella es apenas un infinitésimo de su longitud. Las leyendas se superponen, como es lógico, con las realidades, y se cuentan historias terroríficas de personas que se han perdido en el laberinto de las galerías, y ya no salieron jamás. La tradición popular ha recogido esta situación, con su habitual desparpajo, apuntando que quienes no han conseguido volver sobre sus pasos para encontrar la salida que les sirvió de entrada, y han fallecido en el interior de inanición y desesperación, lo que han hecho es salir de la cueva de la verdad por la puerta de la locura.
La cueva es muy famosa y ha animado a algunos oportunistas a montar, en sus alrededores, sucedáneos de la misma, a modo de trenes de la bruja, para que los inocentes, los incautos y los confiados, tengan la impresión de haber estado en la de verdad, sin correr riesgo alguno.
Para ello, estos -diríamos- empresarios de variedades, generan situaciones ficticias, con las que crean la ilusión de verdad, apelando a la credulidad de los espectadores. Utilizan como base hechos bien conocidos, y los tergiversan con su industria, adornándolos con fantasías y oropeles, consiguiendo a menudo importantes efectos dramáticos, que los que han disfrutado del espectáculo suelen luego exagerar, contribuyendo a que se difunda el error de que es más interesante (y menos arriesgado) visitar esas seudocuevas de la verdad que atender a la visita de la cueva verdadera, que tantos peligros comporta.
Una de las entradas a la cueva de la verdad, solo reservada para los elegidos, es la de la mentira institucional. Se sabe muy poco de cómo se discurre por ella, aunque sí se han difundido sus efectos entre el público en general. Dicen los expertos que esa entrada conduce a un tramo excepcionalmente intrincado, que se vuelca sobre sí mismo como una serpiente, de forma que es muy difícil, sino imposible, saber dónde te hallas en cada momento.
Lo relevante es que, aunque la cueva se denomine de la verdad, el nombre es una fantasía, porque nadie ha encontrado la conexión entre las entradas, y no hay más forma de salir de ella que por donde se ha entrado. Al menos, esto es lo poco que se sabe, hasta ahora.
FIN

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