Fortunato Feliciano se consideró siempre un privilegiado. Nacido en un barrio pobre de las afueras de una población industrial, no acudió a la escuela hasta los once años, en el que, al quedarse huérfano por una grave circunstancia no bien aclarada, los servicios sociales de la ciudad le acogieron.
En el centro de formación profesional destacó pronto por su gran suerte para ganar al parchís y al dominó. No tenía rival a su altura, siendo siempre el primero en meter todas sus fichas a buen recaudo en la casilla central, o en cerrar con el pito doble y hacerse con la partida.
Ciertamente, esa afición a los deportes de mesa no le facilitó el aprobar, pero, gracias a circunstancias afortunadas, hubo un cambio de plan de estudios que le afectó positivamente y consiguió varios aprobados generales y copiar en el resto de las asignaturas.
Cuando salió del instituto, a pesar de la crisis que abotargaba el país, el consiguió un empleo como descargador de mercancías en el muelle, y gracias a su trabajo a destajo pudo alquilar un espacio en una habitación con cama caliente (en la que solo era necesario ponerse de acuerdo con el otro inquilino durmiente en el mismo catre, para no coincidir ambos como yacentes) y vivir con holguras.
-Bendita sea la estrella que me cobija -le confesó a un amigo, mientras tomaban unos vasos de aguardiente en un bar de citas de la zona portuaria-. Todo me sale bien. Solo me hace falta casarme para ser inmensamente feliz.
No resultaría fácil para cualquier otra persona, encontrar una media naranja en un ambiente tan poco propicio, pero para Fortunato el asunto se convirtió en pan comido. Pronto entabló una relación duradera con una de las chicas que trabajaban en el bar que más frecuentaba, de la que nació el amor, y, con él, un primer embarazo no exactamente deseado.
-Alabados sean los pechos que han de amamantar a ese niño -fue lo primero que se le ocurrió cuando su pareja, que se llamaba Perfecta, le indicó que sus relaciones habían fructificado.
-No habrá tal. Pienso abortar mañana mismo -le contestó, sin más preámbulos, la chica.
No se sabe muy bien si por resultas del método seguido para liberarse del embarazo no deseado, o, con mayor posibilidad, que Perfecta se decidió a poner tierra de por medio para no dar más explicaciones, Fortunato se encontró compuesto y sin compañera sentimental.
-La suerte que tengo en todo me ha lanzado su mensaje, una vez más. Esa mujer no me convenía, y aún no debo estar maduro para tener la responsabilidad de sostener una familia -fue su estricto razonamiento.
Fuera el caso así o de otra manera, esa suerte a la que Fortunato continuamente apelaba, quiso que, por no mirar donde pisaba, se torciera un pie en una boca abierta de sumidero, a la que no dio importancia en su momento.
La herida se le infectó, y, aunque no tuvieron que cortarle la pierna (como se temía en un primer momento, pues la herida devino gangrenosa), Fortunato quedó baldado de por vida. El Ayuntamiento, puesto que el accidente adquirió cierto eco en la prensa local, para acallar las quejas de la población que protestaban por el número insoportable de alcantarillas sin tapa, marquesinas interceptando el paso de peatones, y grafitis ocultando o tergiversando las señales, le concedió una compensación de unos dineros, con los que Fortunato Feliciano pudo comprarse un motociclo adaptado a minusválidos.
-Siento el soplo de la diosa de la Fortuna permanentemente en el cogote. Con este vehículo a motor podré desplazarme de aquí para allá, con libertad inusitada -le contó al mismo amigo al que me he referido en uno de los párrafos anteriores. Pues Fortunato se veía con tanto premio en su vida, que solo tenía un amigo, con lo que evitaba disgustos de perderlos.
La fortuna a la que Fortunato Feliciano veneraba le concedió un premio descomunal. Sucedió que, hallándose sin trabajo, renqueante con la pierna chula, después de haber dejado apartado el motociclo en un sitio exprofeso para discapacitados, y mientras buscaba un lugar en la acera en el que asentar su caja petitoria con el cartel que se había preparado, se paró un coche de alta gama y de él bajó, raudo, un para él desconocido, quien lo saludó por su nombre de pila:
-¡Fortunato!
El interpelado no reconoció, así de pronto, el rostro del propietario del automóvil que quedó, mal aparcado, sobre la acera.
-¡Me diga! -fue lo que se le ocurrió decir, respetuoso, por si se trataba de algún representante de los siempre benévolos Siervos de Todos los Desamparados, que acostumbraban a darle un bocata y traerle sopa caliente al bajopuente en el que dormía con otros desgraciados.
-¿No te acuerdas de mí? -preguntó el otro, acercando un poco más su rostro al de Fortunato Feliciano, que sintió el olor a ron viejo que despedía su boca cuidada.- Soy Pascasio Tebano, tu compañero de parchís en el bar de la Formación Profesional.
-Ah, sí. -musitó Fortunato- Ya me ves, tengo prisa porque voy al trabajo.
-Te llevo buscando desde hace años. ¿Recuerdas que un día me pagaste el café con churros porque yo no llevaba dinero y prometí devolverte el préstamo algún día?
Así preguntó el tipo, y Fortunato Feliciano no recordaba nada.
-Pues aquí estoy para devolvértelo. He calculado los intereses que corresponderían a aquellos dineros, y aquí tienes lo que salda mi deuda, con un pequeño complemento.
Y diciendo esto, le entregó unos billetes.
Fortunato pensaba en agradecérselo, pero Pascasio Tebano, se apercibió entonces de que la grúa le estaba llevando el coche, y se fue corriendo tras ella, dando gritos.
Fortunato miró los billetes, y como encontró en su camino hacia la esquina de la ceremonia petitoria un kiosko de la Oncv, cambió los que llevaba en la mano por un número correspondiente de cupones.
-Con la suerte que tengo, me tocará algo, seguro.
Y, efectivamente, le tocó uno de los premios mayores. No pudo cobrarlo, sin embargo, porque, por una mala suerte, cuando estaba comprobando si le habían entregado el número justo de cupones, le cayó encima un trozo de cornisa desprendido del tejado de una casa que estaban rehabilitando y el impacto le resquebrajó las entendederas.
Por culpa del golpe se olvidó de todo, hasta de quién era o había sido. Por eso, nunca se acercó a comprobar si le había tocado, porque no podía recordar ni que había comprado unos billetes ni dónde los había dejado ni por qué motivo había empleado el poco dinero que pudiera tener en lotería.
La enfermera que le atendía, con exquisita profesionalidad, mientras le cambiaba los apósitos por otros nuevos, le hablaba como quien habla a un niño, repitiéndole una y otra vez, sin importarle que el paciente guardara silencio.
-Vaya suerte que ha tenido Vd. La cornisa pudo haberle matado.
Aunque Fortunato Feliciano no estaba para bromas, en su fuero interno reconoció que sí, que era un tipo con suerte.
FIN

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