No ha trascendido, por quién sabe qué razones, pero Blancanieves y Cenicienta se hicieron muy amigas. Por una parte, resultaba comprensible, ya que eran de edades parecidas y muy hermosas. Cuando sus ocupaciones en el País de las Hadas les dejaban algo de tiempo libre, abandonaban sus respectivos territorios para verse, echar unas risas juntas y contarse cómo les iban.
Se querían con locura.
Sus caracteres diferentes estaban, con seguridad, en la clave del misterio de su profundo afecto. Blancanieves era temperamental, espontánea, irreflexiva. Cenicienta era lo contrario: cerebral, calculadora, incluso algo fría; las malas lenguas del País de las Hadas (que nunca faltan en todos los sitios, porque son como el pimentón picante al chorizo) se referían a ella como «La Cenicienta», insinuando turbios manejos entre ambas y quién era la dominadora.
Ambas vivían como lo que eran, como princesas. Tal vez estaban algo hartas de comer perdices (y eso que los cocineros reales procuraban aderezarlas de las maneras más variadas: en pepitoria, al ali-oli, escabechadas, rebozadas en pan rallado, al chocolate, al chilindrón, con pipas de girasol, etc.). Tal vez recordaban, respectivamente, en sus momentos bajos de ánimo, los paseos con los pequeñitos y los descansos relajantes en la urna de cristal …pero, fuera de ellas mismas y sus íntimas confesiones, nada trascendía.
Parecían felices con sus príncipes, que, por cierto, tenían aficiones comunes: cazar, recorrer el mundo, tener aventuras -confesables e inconfesables- e ir de acá para allá saludando a las buenas gentes que ocupaban sus dominios, quienes les correspondían levantando los tridentes y las azadas en signo inequívoco de respeto.
Un día, el buhonero del País de las Hadas, que iba de un sitio a otro vendiendo casigalinas producidas en Taiwan y difundiendo chismes locales, contó que había visto a Cenicienta y a Blancanieves en una cabaña abandonada del bosque desencantado, y que, por lo que había podido atisbar, lo estaban pasando bien junto a una tercera persona.
-¿Cómo era? -le preguntaban, obviamente intrigados, varias clientes de su batiburrillo, mientras guardaban cola.
-Yo quiero unos botones que me hagan juego con esta tela de tul turquesa -decía la que estaba siendo atendida.
-No pude verla bien -reconocía el vendedor ambulante.
-¿Era hombre o mujer? ¿De alcurnia principesca o de ralea piojosa? -inquiría uno de los paisanos.
-Nada soy capaz de afirmar con certeza. Solo puedo jurar que de la cabaña salían gritos de alegría y que, atado en uno de los árboles cercanos, estaba un tercer caballo, que no era blanco ni bermejo, sino bayo. -aderezaba, con su verborrea, el vagabundo de las baratijas.
-!Vaya! -concluían todos.
El rumor de que algo raro estaba pasando en el bosque desencantado del País de las Hadas corrió como la pólvora, y llegó a los palacios de los príncipes y, más concretamente, al despacho principesco del esposo de Blancanieves y al no menos respetable escritorio del marido de Cenicienta.
-Sospecho que te la están dando con queso -bramó, con furia real, el primero en enterarse, a quien le faltó tiempo para ajustarle los cuernos a su amigo.
-Pues a ti se te ven las prominencias calcáreas hasta desde la casita de los tres cerditos -replicó el segundo, que era de talante algo más reposado.
Conviniendo que algo debían hacer y deseando, ante todo, descubrir la tostada, enjaezaron los caballos, tomaron en ristre las lanzas de vencer dragones y se fueron al galope hasta el bosque desencantado, en donde, con su perspicacia y el auxilio de los pajarillos, confiaban en descubrir la cabaña en donde el trío tenía sus reuniones.
Efectivamente, la encontraron. Estaba vacía de gentes, y casi también de mobiliario y enseres: una mesa, varias sillas, una alacena con chocolates y otras golosinas, un tapete verde, dos botellas mediadas de aguamiel y pocas cosas más. No repararon en que una de las paredes estaba recubierta de un tafetán harto andrajoso.
Como atardecía, decidieron quedarse a pasar la noche por allí cerca y, como tenían algo de hambre, se atiborraron de chocolatinas que, como es sabido, en especial si están rellenas de avellanas o almendras, cuando empiezas a comer no hay forma de parar. No les preocupaba que les echaran de menos en sus palacios, puesto que el trabajo de los príncipes, particularmente los de cuentos, no es ni intenso ni continuado.
Por otra parte, aunque los cuentos no están escritos siempre para niños, no suelen detenerse en las actividades de los mayores antes de dormir, que solo interesan en las películas. Digamos, para cerrar este apartado, que tampoco Cenicienta y Blancanieves les echaron de menos, ya que dormían en alcobas separadas de sus esposos.
A la mañana siguiente, les despertaron unas risas cantarinas. No les fue difícil reconocer en ellas a sus emisoras, las princesas Blancanieves y Cenicienta que, en efecto, aparecían acompañadas de una tercera persona, embozada. Todas ellas estaban a punto de entrar en la cabaña.
-¡Alto ahí! ¡Sois descubiertas! ¡Confesad vuestro lascivo pecado! -dijeron, casi al unísono, o algo parecido.
Las jóvenes se sintieron desoladas.
-No es lo que os imagináis -explicaron.
Pero los príncipes no se arredraron y, con decidido ademán, se abalanzaron sobre el bulto cubierto, al que hicieron rodar por el suelo.
Les extrañó su frágil contextura y, más aún, lo delicado de sus hechuras. Su rostro era bello, incluso les pareció (por efecto de la novedad) más bello que el de sus esposas.
-¿Quién sois? -quiso saber el príncipe que se había casado con la del complejo de Edipo superado.
-Soy La Bella Durmiente -murmuró la joven caída, esbozando una mueca de dolor, pues temía que le hubieran roto la muñeca.
Mientras le ayudaban a levantarse y pedían, como les parecía oportuno para la delicada situación, disculpas a las tres por un comportamiento tan poco reverencial, los príncipes no se recataron en preguntar:
-Pero, ¿se puede saber qué hacías aquí, lejos de vuestros palacios?
La respuesta aclaró muchas dudas.
-Somos ludópatas vergonzantes. Nos reuníamos para jugar al julepe, al abrigo de miradas curiosas, según creíamos, en esta cabaña que hemos alquilado a la bruja Piruli -dijo Blancanieves.
-¡Ah! -exclamaron los príncipes, a los que se les cayó la venda simbólica que llevaban puesta.
Después de las excusas, la petición de múltiples perdones y todo eso que se ofrece cuando se nos ha corrido de vergüenza propia, los jóvenes varones se volvieron a sus palacios, en donde, según sus agendas, tenían previstas un par de recepciones y dos o tres conciliábulos.
Cuando se despedían, en la encrucijada que les conduciría a sus respectivos palacios, el príncipe que estaba casado con la que había sido tratada -con éxito- por el síndrome de trastorno obsesivo convulsivo, expuso una reflexión inesperada:
-Colega, vengo dándole vueltas desde que cabalgamos, habiendo dejado a las tres princesas en la cabaña, sentadas en torno a la mesa del tapete. Para ese juego del julepe, ¿no son necesarios por lo menos cinco jugadores? ¿Viste que hubiera más sillas? Tras el tafetán piojoso, ¿no habría una habitación con camas en las que solazarse en juegos rijosos?
-Son muchas preguntas y no tengo ahora la cabeza para ocuparme de ellas -contestó el otro, clavando las espuelas en los ijares de su cabalgadura, que salió por los aires.
Como no era cosa de volver sobre las andadas, lo dejaron estar, y nunca les faltaron otras preocupaciones, por lo que, con esa mala memoria de los personajes de los cuentos, olvidaron la anécdota de los presuntos juegos peligrosos en los que la maledicencia y el buhonero habían metido a sus princesas y a la Bella Durmiente que, como simple comentario adicional, era tan bella como las otras.
FIN

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