Su padre, español superdotado, era diplomático de carrera y había tenido destinos en las cuatro esquinas del planeta. Su madre, irlandesa. Por ahí, desde luego, le venían los primeros aires de las lenguas. Desde la tierna infancia, tuvo siempre dos institutrices: una alemana, que siguió al matrimonio en su andadura mundial, hasta que se cansó de tanto hacer maletas.
-Perdona la señora, pero mi se va de vuelta a Deutschland -le espetó, tan fresca, a su empleadora, una tarde que se le cruzaron por la cabeza los aires del Palatinado.
Pidió la cuenta, caló el sombrero hasta las cejas, y se fue en el primer tren que le llevara más al Norte. Estaban, a la sazón en Adis Abeba, de cónsules plenipotenciarios.
La otra institutriz era variante, pues siempre resultaba contratada entre las lugareñas. Cuando sucedió lo de Adis Abeba, la institutriz era una abisinia de ojos bellísimos, esbelta y ebúrnea como una escultura hecha por los dioses. Se llamaba Aznal-ló, que quiere decir «Lo siento», aunque nunca explicó el porqué de ese nombre singular. Cuando entró al servicio de la casa, debía tener unos doce años; manifestó ser de religión cristiana ortodoxa, aunque pronto la sagacidad de la señora descubrió que era musulmana, porque solo comía pescado, que traían al mercado desde las costas de Eritrea. Estuvo los dos años del servicio consular con la familia, y tuvo tiempo de enseñarle al pequeño, amárico.
Con seis años, Tomás (también llamado Thomas), conocía a la perfección el español, el inglés, el irlandés, el ruso, el amárico, el árabe egipcio y el alemán (este último, con acento y expresiones hoch-deutsch). Cuando a su padre lo trasladaron a Canton, como paso previo a hacerlo, por fin, embajador en Corea del Sur, la alegría que sintió fue inmensa:
-Así el pequeño Thomas aprenderá chino cantonés, lo que habrá de servirle en la vida de maravilla.
Lo aprendió, en efecto. Y también, el coreano, que no llegó, sin embargo, a dominar del todo, porque se le produjo una interferencia inexcusable con algunas vocales del mandarín. Pero se defendía perfectamente, en una conversación normal.
Su papá estaba orgulloso de la habilidad de su subproducto, para entonces, un muchachote regordete de trece años, aficionado en demasía a los dulces.
-Dí algo en amárico, Thomas -le sugería, por ejemplo, el ilusionado prócer, ante unos visitantes ilustres cualesquiera.
Y el jovencito, decía, obediente, Buenos días, Buenas tardes, Cómo está usted, o, si el respetable público sugería una frase compleja, la traducía sin tapujos, entre las sonrisas y aplausos, complacientes, -los de su padre-, y variables, -aunque casi nunca expresados con total sinceridad, los de los estupefactos asistentes a tal exhibición de logorrea-.
Siguió así la cosa y, ya imparable, a lo sabido se añadieron el italiano, el portugués, el francés y algo de griego. Cuando Thomas cumplió los diecinueve, era un diccionario viviente. Tenía la cabeza atiborrada con tantos vocablos, interconectados como las entradas de un glosario con múltiples entradas, que daba gusto verlo lanzarse por las equivalencias, como un campeón, salta que salta de la shi a la tsi, de la hache a la zseta.
-Que me pregunten, papá. Diles que me pregunten lo que quieran, porfa -apremiaba, como los équidos piafantes antes de la batalla, deslumbrados por el fulgor de lanzas y parapetos.
Entre tantas virtuosidades idiomáticas, tenía Thomas un problema. Al haber empleado inmenso tiempo en aprender cómo decir las cosas en más lenguas que las que pudieron coexistir entre los artesanos frustrados que huyeron de Babel, no tuvo instantes suficientes para dotar a la máquina de pensar con ideas que le sirvieran para expresarse de forma autónoma.
Era excelente para traducir, pero no se le ocurría nada de valor. Estaba, por así decirlo, hueco. Mondo y lirondo por dentro, aunque piloso por fuera. (Había adelgazado, sin embargo, físicamente, pues la mamá irlandesa lo había puesto a dieta rigurosa).
Si le faltaba quién le alimentara la tolva del magín con las frases que se le encargara verter a algún idioma, se atoraba. Hacía, puf, decía chorradas. Era, es obvio, un intérprete perfecto. Solo que su cerebro carecía de todo mobiliario interior, salvo las estanterías en donde se le almacenaban los diccionarios de las once lenguas que dominaba como los ángeles custodios.
Sí, ya se que el lector socarrón va a sugerirme que oriente a Thomas a la política, en donde no tendrá problemas. Pero esto es un cuento, no una historia veraz. Todo habría acabado mal, en éste, si no fuera porque encontró, casi al comienzo de la madurez física, su media naranja ideal.
Una joven ingeniosa, ilustrada en las cosas del hoy, ágil en la mente como una ardilla en sus árboles, que, por la gracia de Dios y el empeño de sus padres, había nacido en Aluche y estudiado periodismo; no sabía -aparte de cuatro cosas en inglés, mal pronunciadas- más que un magnífico español, no exento, eso sí, de giros burlescos, tonos coloquiales y modismos de calleja.
Formaron una pareja tan exquisita, estaban tan enamorados, que daba gusto verlos. Eran cosa de circo. Ella, que se llamaba Rosa, le aportaba pensamientos sutiles, le espetaba al oído retruécanos sugerentes como fontanas de Trevi o procesiones de encapuchados de Toledo, ideas aupadas sobre lo divino y lo humano, historias inventadas o pútridas alegorías urbanas, y el Thomas, obediente, los traducía de inmediato al italiano, al rumano, al chino mandarín, o al eritreo.
FIN

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