Quizá, por falta de información, algunos imaginen que si una historia comienza con las palabras «Había una vez, en un país remoto», se está refiriendo a algo que sucedió en el Lejano Oriente o en el África profunda. Eso no es así, pues con los avances de las telecomunicaciones, la lejanía o proximidad en el espacio no sirve ya como referencia para nada.
Lo importante es el tiempo. Cuando un acontecimiento en una región con frontera, gentes que mandan y obedecen, y un objetivo común, tuvo lugar hace mucho tiempo, se puede perfectamente decir que sucedió en un país remoto.
En este relato, el país del que hablamos tenía casi de todo. Había unas líneas trazadas sobre el terreno, que lo delimitaban de los países vecinos. Había, por supuesto, un grupo pequeño de hombres y mujeres (sobre todo de los primeros) que ordenaban lo que había que hacer y mangoneaban el resto de lo que no había que hacer, y un grupo muy grande de personas que hacían lo posible para pasar desapercibidos de los anteriores, por aquello de que «del que manda, cuanto más lejos, mejor».
Pero a ese conjunto de territorio y personas le faltaba algo muy importante: tener un objetivo, algo que ilusionara a todos.
Se habían hecho muchas investigaciones y propuestas, por parte de eruditos, profesores y artistas. Todas habían sido rechazadas o, apenas iniciada la búsqueda o plasmación del objetivo, abandonadas por imposibles o inútiles.
Cuando ya se daba por perdido que pudieran convencerse, colectivamente, de admitir un objetivo común, surgió la idea de transformarse en una Ciudad Encantada. La trajeron unos observadores que, por casualidad, habían estado en otras Ciudades que habían tenido el mismo problema y que lo habían superado, según parecía.
-Lo que tenemos que hacer -dijeron a los capitostes y a la Junta de Principales y Secundarios- es iniciar cuanto antes el tránsito a la Ciudad Encantada.
Presentaron también muchos dibujos que pretendían reflejar las cualidades de las Ciudades Encantadas.
-¿Pero qué es una Ciudad Encantada? -preguntó el inquisidor general. -Suena a cuento chino.
-Pues no es así, -le contestó Avezado, un observador que había perdido un ojo en una refriega -. Las ciudades normales en los que los elfos y las hadas organizan sus juegos florales cada cuatro años, se convierten, por una temporada larguísima posterior, en Ciudades Encantadas, en las que los ríos manan leche y miel y se generan miles de puestos de trabajo para recoger esos productos deliciosos y venderlos en los mercados de las ilusiones.
-¿Y cómo se consigue ese tránsito? -les preguntaron.
-Exactamente, no lo sabemos. Habrá que contratar a especialistas de alguna Ciudad Encantada para que nos ilustren. Sin embargo, algo ya nos han dicho: Debemos prepararnos con las infraestructuras adecuadas para vencer todos los obstáculos y conseguir que los guardianes de las Ciudades Encantadas nos seleccionen como el escenario idóneo para acoger su espectáculo de variedades.
-Y lo más importante -añadió, a lo que había dicho Avezado, Escarmentado, otro de los observadores- es que hay que convencer a una Comisión heterogénea de individuos de que podemos ser una Ciudad Encantada, haciendo como que lo somos.
-Eso está chupado, -expresó la Alguacil Dilecta del país, que tendía a subestimar todas las cosas, por una deformación que tenía, de nacimiento-. Fingir lo que no somos es mi especialidad.
Tomada la decisión de realizar el tránsito, los ciudadanos y ciudadanas del país remoto, se aplicaron al objetivo de conseguir superar las dificultades que, imaginaban de lo que iban deduciendo, les propondrían la Comisión Heterogénea.
-Seguro que nos preguntarán cómo superaremos las añagazas de la Engañifla y del Truco del Almendruco -especulaba, el Presidente del Comité del Objetivo Ciudad Encantada Novísima Acción (COCINA), constituído al efecto.
-Chupado -decía Enchufado Perenne-. Les convenceremos de que tenemos un especialista en analizar todos los puntos flacos.
-P…pero eso es mentira – replicaba Honradete, un muchacho no muy largo de luces que había sido incorporado al COCINA por Pasado de Listillo, tipo de confianza de la Alguacil Dilecta.
-¿Y quién se va a enterar si iremos de farol o con la verdad por delante? -zanjó el Presidente-. Ahogaremos en simpatía a los miembros de la Comisión Heterogénea y no podrán resistirse a considerarnos la más encantada de las Ciudades.
Los siguientes meses fueron, en verdad, magníficos. Prácticamente toda la población se empeñó en conseguir el objetivo, lo que resultó muy esperanzador y estimulante. El país, que estaba ya muy endeudado, se endeudó aún más, porque las autoridades convencían, con su labia, a las entidades financieras locales de que devolverían el dinero con creces, ya que tenían asegurado el diploma de los encantos.
Algunos se especializaron en juegos malabares, otros en generar fantasías, aquellos idearon infraestructuras que podían llegar muy cerca de la luna y otras que pretendían alcanzar (sin lograrlo, pero casi), el centro de la Tierra. Toda esa actividad, inversión y esfuerzo, tendría su fruto cuando se realizara la confirmación del título de Ciudad Encantada.
Estaban convencidos, cuando llegó el momento de iniciar el tránsito definitivo por el Pasadizo de las dificultades, de que les darían ese título. Incluso empezaron a utilizar el nombre de Ciudad Encantada, sin serlo, porque daban por seguro que la Comisión Heterogénea apreciaría las excepcionales cualidades del tinglado real que habían montado para poder llevar a cabo, la farsa que les convertiría en una Ciudad Encantada de verdad.
Hubo un pequeño detalle que les faltó controlar, y que resultó definitivo. Cuando, a la hora de la verdad, tuvieron que explicar con sus mejores palabras, que era lo que habían hecho para pretender ser la Ciudad Encantada, los que tenían la responsabilidad del país remoto, se dieron cuenta de pronto de que hablaban diferentes lenguas.
-No se entiende -murmuraban los miembros de la Comisión Heterogénea, tanto los que venían de Trigo Limpio como los trapaceros que procedían de Zancadilla de la Ribera.
Aunque lo que seguramente dio la peor imagen, fue que la Alguacil Dilecta, que tenía que responder a los pormenores más importantes, enmudeció. Se puso muy nerviosa, porque recordó que había dejado la sartén al fuego con las salchichas para la cena.
-¿Alguien puede enterarse si he dejado el gas encendido? -fue lo único que acertó a expresar, cuando le urgieron a que dijese algo; cualquier cosa.
Así que volvieron al país remoto del que procedían, desazonados después de conocer que el título de Ciudad Encantada se la llevaron otros. El gran espectáculo que tenían preparado para la celebración del otorgamiento que habían dado por chupado, no tuvo lugar, convirtiéndose en algo similar al Entierro de la Sardina.
Pero también es cierto que se consolaron pronto, admitiendo la versión oficial de que esa distinción no hubiera servido para nada y que, además, les hubiera costado dineros.
-Lo importante -dijo el Capitoste Máximo del pueblo remoto- es habernos creído que éramos una Ciudad Encantada y que los demás estuvieron a punto de creérselo.
Y volvieron a andar por donde solían, desorientados.
FIN

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