
Uno de mis penosos ridículos lo protagonicé, aunque por fortuna para mi ego, de forma anónima, con ocasión de los exámenes médicos que debíamos sufrir los varones cuando nos llamaban a filas, es decir, para confirmar nuestra aptitud para el servicio militar.
Muchos de los aspirantes se hacían acompañar por novias y familiares, que aguardaban en la antesala de los servicios médicos del Cuartel de Rubín, en Oviedo. Los jóvenes, en certera premonición de la disciplina que nos aguardaba, éramos mantenidos en fila, en calzoncillos, con la ropa de calle en la mano, y desfilábamos por la secuencia de tallaje, auscultación, y una operación cuyo alcance no estaba tan clara para muchos, por la que se nos pedía que enseñáramos los genitales, y un oficial médico nos tocaba ambos testículos.
Después de la auscultación, recibí la orden liberatoria: «Vale, vístase». Aliviado, pero confuso, salía ya por la puerta de la calle, de aquella guisa, hasta que la voz del comandante me paralizó: «¡Pero dónde va, hombre!¿Se cree Vd. que estamos en un programa de varietés?»
Una de las anécdotas más graciosas me la proporcionó mi sustituto en Dusseldorf, que había tenido una institutriz alemana y se jactaba de amplios conocimientos de alemán. Cuando paseábamos con las familias por la orilla del Rin -el selecto linken Seite- dio, tajante, una instrucción a sus revoltosos hijos. «No se os ocurra jugar al balón aquí, y menos aún dar balonazos». Cuando le pregunté por qué les limitaba de esa forma, me dijo, señalando un letrero: «¿No lo ves? ¡Está prohibido chutar!».
Miré y le aclaré: «Dice Schutten abladen verboten, que significa Prohibido tirar basuras». No replicó, pero los niños no recibieron (al menos, en aquel momento) contraorden, y siguieron dando pataditas y pasitos cortos por la amplia explanada ribereña.
La enseñanza que recibimos en el Auseva, regido por los Hermanos Maristas, tenía calidad, aunque no estaba exenta de inefables curiosidades. En quinto curso, con alumnos de catorce y más años, el fraile que nos daba francés, y a quien apodábamos El Capotas, por la forma de su calvicie, se tomó la molestia de recortar, del Selecciones del Reader Digest en ese idioma, que utilizaba como texto de apoyo, absolutamente todas las fotos en donde aparecían mujeres. Puede imaginarse sin problemas que la lectura de los artículos tenía, a veces, tales claros, que resultaban absolutamente ininteligibles.
Era, eso sí, divertido, cuando algunos hacíamos esfuerzos por imaginar lo que se nos había hurtado, y utilizábamos, para ello, la sorna que nos parecía adecuada. Para castigar esa malicia, recibí una vez un deficiente en Conducta.
Se que a los adolescentes de hoy, ilustrados desde edad temprana en los misterios del sexo (ahora llamado género), cualquier referencia a la forma en que se cuidaba nuestra pureza, resulta extravagante. Yo era (y sigo siéndolo) aficionado al cine, y los domingos por la tarde, no me perdía ninguna de las películas que proyectaban en el Auseva en su Salón de Actos. Una vez, con ocasión de no sé qué festividad, se invitó a las niñas de las teresianas (que eran vecinas) a ver una película con nosotros. Recuerdo que era Mon oncle, de Jacques Tati. No pude entender nada, porque cada cinco minutos, más o menos, se encendían las luces y un encargado de inspeccionar el recato se paseaba por la sala, entre jolgorio y carraspeos.
La pareja de patos azulones que ilustra mi Comentario (o lo desvirtúa) refleja el contraste entre el vigilante macho y la hembra, que sumerge su cabeza para pastar las hierbas acuáticas del estanque en donde tienen su morada.
No se crea, sin embargo, que lo que preocupa al diligente machito es la protección de su pareja de depredadores. No. La atención del ave está puesta en otros machos que rondan al acecho y, al menor descuido, se aproximan a su pareja, para cubrirla.

