Me gusta utilizar la ironía, arma de fogueo que solo debe emplearse entre gente inteligente y distendida, y siempre bajo la condición no escrita de que te pueden devolver el disparo. Como en todo deporte con armas, se corre el riesgo de que, si no calibras bien, el tiro te salga por la culata. La ironía tiene un pariente lejano muy desagradable, que es el escarnio, que no es deporte de salón, sino de taberna inmunda.
No comprendo al chistoso, y aún menos entiendo la supuesta relación del chiste con el subconsciente, por mucho que haya teorizado Freud sobre el asunto (salvo como guía para detectar algún posible desvío mental en quien se cree gracioso). En las sobremesas con grupo, siempre hay alguien que aprovecha los instantes de sopor que siguen a las libaciones para lanzar una retahila de chistes verdes -no solamente groseros, sino, por lo general, machistas, racistas o, por agruparlos en una categoría única, infumables-.
Un momento especialmente peligroso, que yo suelo aprovechar (si tengo esa libertad) para marcharme, aduciendo que voy al baño, es cuando otros de la cofradía se animan al reto de contar los suyos.
Nunca comprenderé porqué la mayoría se ríe tanto más si el chascarrillo es archiconocido y tampoco, qué mueve a los chistosos a contar variantes, tan pronto el primero del club de la comedia acabó con lo suyo.
Con estos antecedentes de seriedad más bien palurda, se comprenderá que pocas ocasiones han atravesado mi vida por las que pueda, con sinceridad, afirmar que me sucedió algo digno de ser calificado de gracioso.
Mi padre me recordaba de vez en cuando que, al poco de nacer, puesto encima de la mesa del comedor de la abuela, oriné. «Fue muy gracioso», apostillaba. Ninguna gracia me hizo, por supuesto, que el primer día en que me incorporé como gerente de aguas de Vigo, después de llevar a mis jefes al aeropuerto de Peinador, tuve que empujar el vehículo que andaba flojo de batería y me rompí los gemelos cruzados. Al día siguiente, aparecí con una pierna escayolada y muletas y, al pasar entre las limpiadoras de la entrada, resbalé y dí con las posaderas en el suelo húmedo y brillante. «Fue muy divertido», me dijeron más tarde.
El ridículo sí que soy consciente de haberlo hecho muchas veces. Recuerdo, con bastante sonrojo, mi introducción al exquisito Comité de Laminoirs a Froid, en el París de la Francia, a la que Javier Millán (q.e.p.d.) que era Jefe de Laminación en frío de Ensidesa había sido gentilmente invitado. Le acompañaba yo, como más experto en el idioma de Molière. Llegamos cuando ya estaba muy avanzada una de sus reuniones ordinarias. La puerta no se abría, y tuve que darle un golpecito (quizá una leve patada).
Se produjo un silencio y las miradas se concentraron en los intrusos. Sentí la necesidad de presentarnos: «Nous sommes ici par première fois. Je suis Angel Arias d´Espagne, acompagnant au chief de Laminoirs à Froid d´Ensidesa, Javier Millán»
El que parecía jefe de la erudita reunión se levantó y, en perfecto español, mientras nos ofrecía sendos asientos a su lado, y antes de hacer la presentación oficial, me aclaró: «Sr. Arias, es usted el primero de España, pero habría sido el quinto de Alemania.»
Los idiomas siempre han estado revoloteando sobre mis anécdotas. En casa de los Acuña, con los que me unía una buena amistad, después de una exhibición de ballet del profesor con la hermana pequeña de las hijas de la familia, realizada con riesgo indudable en el salón, y en la que a cada evolución temíamos que la lámpara se nos cayera encima de la cabeza, el danzarín, que era francés y dominaba el español, nos contaba que, recién llegado a nuestro país y estando aquejado de gripe, entró una farmacia para solicitar remedio.
No estaba seguro de cómo decir pastilla, aunque, dada la proximidad entre ambas lenguas, imaginó que debía ser parecido a pilule. Como era alérgico a la aspirina, precisó a la joven dependienta, señalando su destacable nariz: «Quiero una pirula, pero no vale la normal, tiene que ser especial. La otra me hace daño».
(continuará)
El jilguero es un fringílido, como el pinzón vulgar. Era un ave preferida para jaula, puesto que, los machos, tienen un trino bastante variado y melodioso, que sacan a relucir, de forma agradecida, a poco que les de el sol de la mañana. Tiene más variaciones su voz que la del pinzón, aunque éste suele terminar su canto de pocas notas con un floreo muy vistoso.
Su pasado de esclavitud, debió forzar a los jilgueros a ser muy cautos con la especie depredadora máxima, aunque a finales de otoño se les ve agrupados en bandadas, donde se mezclan los nacidos en el año con los más avezados, que son quienes les guiarán a tierras más cálidas, atravesando el estrecho de Gibraltar.
Durante bastante tiempo creí que a los machos se les distinguía por tener el rostro de un conspicuo rojo sangre, en tanto que las hembras y los juveniles tenían la cara limpia. No es así, sin embargo, y los adultos tienen casi idénticos colores, incluso, por supuesto, las alas de plumas negras y amarillas que les dan un porte muy vistoso.
En mi época de adolescente, tuve un jilguero al que llamé Sirjós -no recuerdo por qué-. Era muy cantarín y vivaz. Parecía casi domesticado: cuando ponía un grano en el dedo, y lo acercaba a los barrotes, me lo arrebataba con delicadeza y parecía agradecido. Un buen día, cuando estaba limpiando su jaula, se escapó.
Me dijeron en el pueblo que, si mantenía abierta la puerta de la jaula, seguro que volvía, pues estaba acostumbrado a encontrar allí el grano que le servía de fácil alimento.
Pero nanay del Paraguay. Nunca volvió. Consulté con mi madre sobre la conveniencia de poner un cartel con la foto del pájaro y la leyenda: «Se extravió. Agradezco a quien pueda informar de su paradero». Me hizo desistir. Fue hace casi sesenta años.

