Es bien sabido que los insomnes tienen propensión al pesimismo. Según los más eruditos manuales, aquellos que duermen menos, tienen un carácter agrio, son proclives a ver las cosas por su lado más dramático y disponen de menores defensas para responder a las dificultades de la vida.
Aunque seguramente a la gente le gusta fanfarronear sobre lo poco que duerme, se sabe de algunos personajes que prácticamente no se ponían nunca el pijama, como Napoleón Bonaparte, Wiston Churchill y Margaret Thatcher, lo que justificaría su mal carácter y su inclinación al pesimismo, que tantas consecuencias acarrearía para los demás.
El protagonista de este cuento disfrutaba, en efecto, de esas dos cualidades contrapuestas: era optimista y, sin embargo, se pasaba las noches contando ovejas. Señalo este aspecto para marcar la diferencia con ser, por ejemplo, jardinero fiel o americano impasible, que no solamente no son términos contradictorios sino que puede estimarse que lo normal es que los jardineros y los americanos, si tienen que ser algo en la vida (aunque no les proporcione muchas satisfacciones), sean, respectivamente, fieles o impasibles.
Pocospero Melomerezco, el optimista insomne de esta historia, se había quedado en paro hacía un par de años. La empresa en la que trabajaba dejó de recibir subvenciones (fabricaban perolas gigantes para ranchos en las acciones tipo tormenta del desierto) y tuvo que cerrar. A pesar de que ya había agotado la percepción por el paro, y de que carecía de ahorros para aguantar algo cuando vienen mal dadas, nunca abandonó su buen humor.
Era un gozo oírle cantar, por las mañanas o por las tardes, con las ventanas abiertas de par en par, mientras limpiaba su casita, de la que, por cierto, le habían anunciado el desahucio, pues llevaba ocho meses sin pagar la renta. «Soy minero» y «La virgen del Pilar dice» eran sus canciones preferidas.
En esas estábamos, cuando llegó a sus manos, en el trozo de papel del periódico con el que el propietario del bar de la esquina le envolvía el bocadillo de tortilla de patatas que le daba, por pura lástima, de vez en cuando, un anuncio que le encajaba perfectamente.
Decía: «Necesítase optimista insomne. Presentarse en calle del Paraguas, 13».
La faltó tiempo para acudir al lugar. Se encontró la puerta del local cerrada, y las paredes de lo que podría haber sido un lugar de lenocinio, totalmente cubiertas con carteles anunciadores de espectáculos de variedades, películas de barrio, y marcas de ropa interior. Llamó al timbre, si bien pronto advirtió que la corriente debía estar desconectada. Nadie aparecía; nadie abrió.
Pocospero no por ello se amilanó ni apesadumbró. Llamó a todos los pisos del portal vecino, y preguntó por el telefonillo exterior si sabían, por casualidad o conocimiento cierto, a qué hora se abriría el local comercial.
-Hace un año que cerró -le contestó una vecina-. Desde entonces, nadie viene por aquí.
-¡Ah! -exclamó el optimista insomne- Eso lo explica todo. El periódico en el que encontré el anuncio debía ser de una edición muy atrasada, y el dueño ya habrá encontrado lo que buscaban.
Cuando estaba ya dispuesto a marcharse, observó que el candado de la puerta tenía la llave puesta. Llevado por la más absoluta curiosidad, lo abrió, empujando con discreción la puerta del local. Todo estaba muy oscuro, y cuando los ojos trataban de acostumbrarse a la profunda oscuridad, se oyeron, provenientes del fondo, unos pasos cansinos, que anunciaban que alguien avanzaba, sin prisas, hacia él.
Poco a poco se perfiló la silueta de un hombre de unos cuarenta años, que llevaba en una mano una lámpara de aceite, de luz mortecina. Recortado contra las tiniebles del fondo, su visión era casi fantasmagórica, pero no por ello Pocospero se amedrentó.
-¿Es usted el dueño del local? -preguntó Pocospero, que asimiló de inmediato la sorpresa.
-No, no. Yo trabajo aquí -aclaró el hombre.
Pocospero miró al individuo, con admiración. Estaba claro -pensó- que se me ha adelantado, y ha conseguido aquel puesto de trabajo que tanto le convenía, el de optimista insomne. Lástima, pues estaba seguro de encajar perfectamente en sus facultades.
Su curiosidad, sin embargo, le llevó a interesarse por algo que le pareció muy pertinente:
-Me puede decir, buen hombre, ¿en qué consiste su trabajo?
El interlocutor de la lámpara sonrió, con esa amplia sonrisa que solo se vislumbra en momentos de excepcional felicidad y en rostros cercanos a la estulticia, y confesó:
-Mi trabajo es recibir a los que se interesan por el anuncio. El del optimista insomne.
-¡Ah! ¡Luego el puesto está aún libre! ¿Y sabe qué se demanda para ese otro puesto, por el que, desde luego, me intereso? -formuló Pocospero, aunque se contestó a sí mismo de inmediato- Ya supongo, sin embargo. Se confía en localizar a la mayor cantidad posible de de optimistas insomnes. Para organizar con ellos alguna actividad adecuada.
-Eso es -completó el tipo del quinqué-. Cada uno debe indicar qué pretende hacer. Por ejemplo, mi idea sería transformar el mundo, contando con la ayuda y colaboración de todos sin excepción.
-¡Magnífica, magnífica idea! -exclamó Pocospero-. Algo así es absolutamente necesario. La mía sería conseguir que todos colaborásemos en hacer un mundo más justo y más feliz, en el que cada uno pusiera lo mejor de sí mismo. -y, lleno de repentino entusiasmo, inquirió- ¿Cuántos somos ya?
El otro optimista insomne le cedió la lámpara, sin esperar respuesta.
-¿Le importa sostenerla?.
Luego, prosiguió:
-De momento, por aquí solo ha aparecido usted…Bueno, en realidad, usted y yo. Le comunico, por ello, que le estoy muy agradecido, porque, de acuerdo con las reglas que se transmiten oralmente, ha venido a liberarme.
Y con un extraño movimiento de cintura, y dando un brinco, se trasladó al otro lado de la puerta, empujando a Pocospero al interior, y cerrando rauda la cancela con el candado, cuya llave quedó fuera, colgando.
-Si tienes hambre, echa los dientes al culo y come carne -fueron sus siguientes palabras, acompañadas con una feroz risotada. Pocospero le oyó correr, calle abajo, y supuso, en su profundo e inatacable optimismo, que iría dando cabriolas e improvisando volatines.
-Me alegra tanto haber sido causa de felicidad para alguien…-razonó, mientras, con el quinqué en la mano, avanzaba hacia el interior tenebroso.
-En algún sitio tiene que haber aceite para este artilugio, así que, entre unas cosas y otras, no me faltará comida -murmuró, mientras elegía si ponerse a cantar Yo soy minero o La Virgen del Pilar dice.
FIN
(PS.- Este Cuento está inspirado, en realidad, en otro del que también soy autor, que titulé La piedra, y que alcanzó gran difusión en los años 80 del pasado siglo. No tiene, sin embargo, nada que ver, como comprobará el lector interesado, con el publicado en este mismo blog, titulado el Crédulo y la pitonisa)
